Abrazando nuestra condición humana

XXVI domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

La segunda lectura de este domingo, tomada de la carta a los Filipenses, incluye un himno cristológico muy famoso que aparece seguido en la oración oficial de la Iglesia, la Liturgia de las horas, y también se proclama en Semana Santa. Algunos estudiosos de la carta a los Filipenses piensan que esté himno no fue compuesto por san Pablo, sino que se trata de un himno cristológico muy popular en aquella época que el Apóstol simplemente insertó en su carta a los Filipenses. Incluye una de las más antiguas confesiones de la divinidad de Cristo, ¡Jesucristo es el Señor! Solo basta recordar que hasta el día de hoy cuando un judío piadoso encuentra el nombre divino, no se atreve a pronunciarlo, sino que lo remplaza por la palabra “Señor”.

Este hermoso himno nos recuerda que Jesús, que es Dios, no se aferró a su divinidad, no hizo alarde de su condición de Dios, sino que se anonadó, tomando la forma de un esclavo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz.

Así es, nuestra redención es posible porque la segunda persona de la Santísima Trinidad, Dios Hijo, abraza nuestra naturaleza humana sin dejar de ser Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Su solidaridad con nosotros es absolutamente real. Es solidaridad hasta la muerte. Su participación en nuestra humanidad hace posible nuestra participación en su victoria sobre el pecado y la muerte.

El himno destaca un punto muy importante que debemos considerar. Jesús no se avergüenza de llamarnos sus hermanos, no tiene miedo de abrazar nuestra naturaleza humana débil, frágil, vulnerable y mortal. Se hace lo que no es porque nos ama y desea fortalecernos con su poder, darnos su vida, nutrirnos con su carne, enriquecernos con su riqueza.

Su humanidad es tan real como nuestra humanidad. Su abrazo de nuestra naturaleza humana es irrevocable y es la fuente de nuestra redención. En él, nuestra común naturaleza humana ha sido sanada en la raíz. A causa de su sometimiento al poder de la muerte, su humanidad, que es también la nuestra, emerge victoriosa sobre el pecado y la muerte.

Desde la llegada del huracán Irma he estado compartiendo con Uds. algunos pensamientos sobre nuestra vulnerabilidad y la fragilidad de nuestra naturaleza humana. Estoy convencido que hoy más que nunca tenemos que redescubrir y abrazar en plenitud nuestra naturaleza humana porque los logros individuales y colectivos de la humanidad son tan impresionantes, tan grandes, tan sobrecogedores que tenemos la tendencia a olvidar que en el fondo, a pesar de la tecnología que nos rodea, somos seres humanos muy frágiles y vulnerables necesitados de redención. Compartimos nuestra común condición humana con Cristo y con todo otro ser humano que ha existido, existe o existirá.

Muchas de las tragedias que han sobrevenido al mundo contemporáneo nacen de una “amnesia existencial”. Pareciera ser que hemos olvidado quienes somos. Pareciera que no entendemos que nuestra dignidad es intrínseca a nuestra naturaleza. No es algo que nos otorgan, no está determinada por nuestro lugar en la sociedad, nuestro estadio de desarrollo, nuestra nacionalidad o cualquier otra consideración. Tenemos una dignidad infinita porque somos seres humanos, por nuestra naturaleza humana.

Los logros asombrosos de la ciencia moderna, aparentemente ilimitados, llevan a muchos a pensar que la naturaleza humana puede ser “superada” que cada cual puede auto-definirse radicalmente sin referencia a criterios objetivos de verdad, bondad o belleza, ni que hablar una naturaleza que se nos da como don y también como restricción.

Muchos de nuestros contemporáneos olvidan que la naturaleza humana es trascendente, tiene una vocación excelsa y eterna, sin embargo, están muy apurados por trascenderla, hacerla a un costado, eliminar la naturaleza. Algunos llegan incluso a pensar que debemos ser “liberados” de los límites que nos impone nuestra condición humana.

Se trata de una tentación antiquísima que los seres humanos experimentamos desde los orígenes del mundo. Si recordamos los primeros pasajes de la Biblia, específicamente el capítulo 3 del libro del Génesis que narra la caída, solo cuando la serpiente falsamente declara que el hombre puede ser como Dios, el varón y la mujer vuelven a mirar el fruto y al encontrarlo placentero y bueno para comer, caen en la trampa. Desobedecen el mandato de Dios con la expectativa de poder remplazar a Dios. Desde entonces, el mundo ha sido testigo una y otra vez de la manera en que el rechazo de nuestra condición de criaturas a nivel individual y colectivo ha llevado a tragedias y desventuras cada vez mayores.

Las ideologías del siglo XX prometían crear un hombre nuevo, libre de los límites del pasado, pero solo sembraron muerte, miseria y guerra.

La ideología de género que domina en nuestros tiempos y el Papa Francisco denuncia constantemente busca “liberar” a los hombres de los límites impuestos por la condición humana a la que se considera un mero producto de fuerzas culturales y atavismos. Sus consecuencias se ven por todas partes y son dolorosas. Solo un rechazo de la naturaleza humana puede llevar a alguien a pensar que el aborto legal o la eutanasia constituyen un progreso. Claramente, tomar la vida de un niño inocente no es un ejercicio de la libertad. Ciertamente atropella el más fundamental de los derechos del niño y constituye la peor forma de explotación de las mujeres. Causar intencionalmente la muerte de un paciente terminal o una persona discapacitada, lejos de ser una afirmación de la libertad humana, revela desprecio por la humanidad de esas personas, que son tratadas como objetos, engranajes de una maquinaria que pueden ser descartados cuando no funcionan.

En vez de huir de nuestra humanidad, debemos aprender de Cristo que abraza la naturaleza humana en plenitud y rechaza el pecado que nos deshumaniza. Afirmar la bondad y la belleza de nuestra naturaleza humana a pesar de sus heridas, abrir el corazón a la gracia de Dios que la sana radicalmente, dando testimonio coherente y constante de la dignidad incomparable de toda persona humana desde la concepción hasta la muerte natural nos permite desarrollar el potencial más grande que tiene todo ser humano: la capacidad para la comunión con Dios. ¡Verdaderamente podemos ser como Dios si nos esforzamos por imitar el ejemplo de obediencia de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que se abajó para elevarnos a las alturas de su gloria!

P. Roberto M. Cid