V domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

Este domingo continuamos nuestra lectura secuencial del Sermón de la montaña, la Carta magna de la vida cristiana, las instrucciones que el Señor nos da para vivir nuestras vidas según el plan de Dios para nosotros y así encontrar la felicidad que buscamos, la hoja de ruta que nos lleva a la comunión con Aquel que nos creó por amor.

Después de haber presentado el tema del Sermón en las Bienaventuranzas que escuchamos la semana pasada, el Señor recurre inmediatamente a dos metáforas que describen el papel que sus discípulos deben desempeñar en el mundo. Estas metáforas no podrían ser más elocuentes de lo que son. Sus discípulos, aquellos que están escuchando su enseñanza autorizada, son la sal de la tierra y la luz del mundo. Por lo tanto, tienen una misión que cumplir, a saber, dar gloria a Dios con sus buenas obras y dar un ejemplo que lleve a otros hacia Dios.

El papa Benedicto explicó que “la sal, en la cultura de Oriente Medio, evoca varios valores como la alianza, la solidaridad, la vida y la sabiduría. La luz es la primera obra de Dios creador y es fuente de la vida; la misma Palabra de Dios es comparada con la luz, como proclama el salmista: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero»”

En efecto, la sal también añade sabor, sazona, desinfecta, sana. La luz disipa las tinieblas, da calor, calma, es necesaria para que florezca la vida. Eso es lo que nosotros, los cristianos, aquellos a quienes va dirigida la última bienaventuranza, debemos ser.

El Sermón de la montaña se aplica a todos los hombres a quienes la lógica de las Bienaventuranzas presenta un camino seguro hacia la felicidad duradera. Estas exhortaciones, en cambio, van dirigidas directamente a sus seguidores.

Por un lado, estas metáforas nos recuerdan que no somos espectadores en el mundo. Tenemos que desempeñar un papel activo en el avance del Reino de Dios en la historia humana. El progreso de los asuntos humanos no es indiferente para el Reino de Dios. Las cuestiones temporales son importantes. Nuestra salvación trasciende la historia, sin embargo, se gesta en el tiempo. Por lo tanto, lo que hacemos es relevante. Los eventos de nuestra historia personal y colectiva son parte integral de la historia de salvación.

Por otra parte, estas metáforas señalan el objetivo final de nuestra existencia que no es otro que participar de la gloria eterna de Dios y destacan el hecho que somos seres trascendentes. La historia humana no está cerrada en sí misma sino ordenada hacia algo más grande que ella, o, mejor dicho, alguien más grande que ella, de ahí la importancia del Sermón de la montaña que nos presenta un camino hacia la comunión con Dios, el origen y la meta de nuestra existencia, el Creador del universo hacia quien se orienta toda la creación.

No somos del mundo, pero estamos en el mundo y tenemos la obligación de hacer del mundo no solamente un lugar mejor, sino un lugar más santo que refleje la gloria de Dios. Nuestro bautismo nos ha configurado a Cristo y nos hecho partícipes de su misión de santificar el mundo.

Debemos vivir vidas coherentes con nuestra vocación bautismal. Seguramente vamos a encontrar resistencia dentro y fuera de nosotros. Cargamos con las heridas del pecado y, a veces, nos resulta difícil discernir lo que es bueno y obrar en consecuencia. También es cierto que, como reconoce san Pablo, a veces no actuamos como debemos y hacemos aquello que sabemos es contrario al orden natural. Por eso la necesidad de los mandamientos y el Sermón de la montaña. En cuanto a la resistencia exterior, el Señor nos advierte reiteradamente, específicamente en la última Bienaventuranza. El discípulo no puede ser más que el Maestro y quienes tratan de vivir la lógica de las Bienaventuranzas encontrarla burlas, ira y persecución a causa de Él.

No debemos desanimarnos por las dificultades externas o internas que encontremos sino acercarnos al Señor y buscar activamente un aumento de gracia, comprometiéndonos a vivir el Sermón de la montaña. Hemos recibido el don de la fe en el Bautismo y el Señor nos ofrece constantemente toda la asistencia que necesitamos para ser santos, para crecer en comunión con El.

La manera en que vivimos nuestras vidas es importante para nuestra comunión con Dios. Nuestra fe cristiana es existencial. Tiene consecuencias prácticas para la vida. Debe informar y transformar todas y cada una de las dimensiones de nuestra existencia. Se aplica a todos nuestros roles en la sociedad, a todos los aspectos de nuestra humanidad, desde los asuntos más públicos hasta el comportamiento más íntimo.

Cada uno de nosotros, según su situación particular en la vida debe trabajar diligentemente para dar testimonio en el mundo de la lógica de las Bienaventuranzas, lo que significa antes que nada esforzarnos por vivir el Sermón de la montaña siempre y en todo lugar. Ya sea en el trabajo, en la política, en nuestra labor académica o en la vida familiar, debemos vivir vidas coherentes con nuestra vocación bautismal. Hemos de vivir fielmente los valores del Evangelio, aún si ello acarrea un sacrificio personal y la oposición del mundo.

Si nuestra fe no se hace carne en nuestra vida, entonces, como dice el Señor, somos como la sal que no sala. Seríamos una luz escondida que no ilumina como debe hacerlo. El papa Francisco ha señalado que es muy interesante que la sal y la luz siempre son para los otros. La sal no se sazona a sí misma ni la luz se ilumina a sí misma. Lo mismo ocurre con nosotros. El don de la fe que hemos recibido no es solamente para nosotros, debe dar frutos de santidad para el mundo entero.

Vivir la lógica de las Bienaventuranzas, observar la constitución de la vida cristiana, el Sermón de la montaña, es actuar de manera coherente con la vocación bautismal, encontrar la felicidad verdadera y duradera, dar gloria a Dios participando de la misión de Cristo, transformando el mundo para que exhiba la belleza, verdad y bondad del Creador.

 

Fr. Roberto M. Cid