Aprendió a obedecer

V domingo de Cuaresma.

Queridos hermanos en Cristo:

En la segunda lectura de este domingo tomada de la Carta a los hebreos se señala que Cristo aprendió sufriendo a obedecer.

En efecto, la obediencia de Cristo, que como nos dirá san Pablo en la Carta a los filipenses es obediencia perfecta hasta la muerte y muerte de cruz, nos redime. Si la desobediencia de los hombres hizo que entrara el pecado en el mundo y por el pecado la muerte. Cristo, en cambio, nos libera del pecado y de la muerte por su obediencia al Padre.

La obediencia de Cristo no es servil, no se funda en el miedo, sino en el amor. Su sufrimiento no es buscado sino aceptado por amor al Padre y a nosotros. Así también nuestra obediencia a Dios no se funda en el miedo, sino en el amor.

En el año 1984, san Juan Pablo II publicó una carta apostólica sobre el sentido del sufrimiento humano en la que explica la relación entre la aceptación del sufrimiento por Cristo y la redención que nos trae.

“Como resultado de la obra salvífica de Cristo, el hombre existe sobre la tierra con la esperanza de la vida y de la santidad eternas. Y aunque la victoria sobre el pecado y la muerte, conseguida por Cristo con su cruz y resurrección no suprime los sufrimientos temporales de la vida humana, ni libera del sufrimiento toda la dimensión histórica de la existencia humana, sin embargo, sobre toda esa dimensión y sobre cada sufrimiento esta victoria proyecta una luz nueva, que es la luz de la salvación. Es la luz del Evangelio, es decir, de la Buena Nueva. En el centro de esta luz se encuentra la verdad propuesta en el coloquio con Nicodemo: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo». Esta verdad cambia radicalmente el cuadro de la historia del hombre y su situación terrena. A pesar del pecado que se ha enraizado en esta historia como herencia original, como «pecado del mundo» y como suma de los pecados personales, Dios Padre ha amado a su Hijo unigénito, es decir, lo ama de manera duradera; y luego, precisamente por este amor que supera todo, Él «entrega» este Hijo, a fin de que toque las raíces mismas del mal humano y así se aproxime de manera salvífica al mundo entero del sufrimiento, del que el hombre es partícipe.

En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. «Pasó haciendo bien», y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto al del cuerpo como al del alma. Al mismo tiempo instruía, poniendo en el centro de su enseñanza las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal. Estos son los «pobres de espíritu», «los que lloran», «los que tienen hambre y sed de justicia», «los que padecen persecución por la justicia», cuando los insultan, los persiguen y, con mentira, dicen contra ellos todo género de mal por Cristo… Así según Mateo. Lucas menciona explícitamente a los que ahora padecen hambre.

De todos modos, Cristo se acercó sobre todo al mundo del sufrimiento humano por el hecho de haber asumido este sufrimiento en sí mismo. Durante su actividad pública probó no sólo la fatiga, la falta de una casa, la incomprensión incluso por parte de los más cercanos; pero sobre todo fue rodeado cada vez más herméticamente por un círculo de hostilidad y se hicieron cada vez más palpables los preparativos para quitarlo de entre los vivos. Cristo era consciente de esto y muchas veces hablaba a sus discípulos de los sufrimientos y de la muerte que le esperaban: «Subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él y le escupirán, y le azotarán y le darán muerte, pero a los tres días resucitará». Cristo va hacia su pasión y muerte con toda la conciencia de la misión que ha de realizar de este modo. Precisamente por medio de este sufrimiento suyo hace posible «que eI hombre no muera, sino que tenga la vida eterna». Precisamente por medio de su cruz debe tocar las raíces del mal, plantadas en la historia del hombre y en las almas humanas. Precisamente por medio de su cruz debe cumplir la obra de la salvación. Esta obra, en el designio del amor eterno, tiene un carácter redentor.”

P. Roberto M. Cid