Cuerpo y alma

XIV semana del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

En la segunda lectura que se proclama este domingo, san Pablo nos exhorta a no vivir según la carne, sino más bien hacer morir las obras de la carne y vivir según la ley del espíritu. Se trata de un pasaje de la carta a los Romanos que hemos estado leyendo secuencialmente durante las últimas semanas y continuaremos leyendo hasta fin de julio.

San Pablo no está devaluando la dignidad de nuestro cuerpo u oponiéndola al espíritu al estilo de las espiritualidades “new age.” Este pasaje no significa que debamos despreciar nuestros cuerpos o rechazar nuestra corporalidad, nuestra condición de espíritus encarnados. No somos gnósticos ni maniqueos, somos cristianos. La realidad creada es buena. Todo lo que existe ha recibido su ser de Dios que es bueno y, por lo tanto, su esencia y su acto de existir son buenos. La naturaleza humana es buena en tal grado que ha sido asumida por Dios mismo. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.

Nosotros, los cristianos, afirmamos la bondad de todo lo que existe. No obstante sabemos, como san Pablo también lo afirma en la misma carta a los romanos, que la creación entera gime con dolores de parto, esperando la manifestación de la libertad de los hijos de Dios. El día despunta, la noche está avanzada. El Reino de Dios está presente entre nosotros pero no se manifiesta aún en plenitud.

Nosotros, los cristianos, afirmamos la bondad del cuerpo. La materia no es mala, es buena porque ha sido creada por Dios que no solamente es bueno, sino la bondad misma. Aunque es cierto que la naturaleza humana encarnada en nosotros está herida, nuestra naturaleza herida es esencialmente buena. Cristo es hombre en plenitud. En El, la naturaleza humana brilla en todo su esplendor. El abrazó total e irrevocablemente nuestra naturaleza humana, haciéndose igual a nosotros en todo menos en el pecado.

Luchamos contra el pecado precisamente a causa de nuestras heridas. Nuestra humanidad de la que el cuerpo es parte, aunque buena está sujeta a pasiones y apetitos desordenados que si no los controlamos se vuelven contra nosotros y nos separan de la gracia que sana que Cristo derrama abundantemente sobre nosotros por su misericordia.

Es importante que reconozcamos y vivamos la visión de la persona humana que se sigue de la Encarnación de la Palabra Eterna de Dios en la persona de Jesucristo.

El Concilio Vaticano II hizo una exposición extraordinaria sobre la naturaleza humana, su dignidad y vocación en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes.

“Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos.

La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado “a imagen de Dios”, con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios. ¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que te cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al coronarlo de gloria y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo fue puesto por ti debajo de sus pies.

Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer. Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas. El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás.

Dios, pues, nos dice también la Biblia, miró cuanto había hecho, y lo juzgó muy bueno.

Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios…

Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo, que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud.

A la luz de esta Revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el hombre experimenta hallan simultáneamente su última explicación.

En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador. No debe, por tanto, despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día. Herido por el pecado, experimenta, sin embargo, la rebelión del cuerpo. La propia dignidad humana pide, pues, que glorifique a Dios en su cuerpo y no permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón.”

Ese es exactamente el punto que san Pablo desarrolla en la segunda lectura. Tenemos que dominar nuestras pasiones desordenadas, nuestras inclinaciones desordenadas y miserias para poder vivir la vida en plenitud. Paradójicamente, nuestra cultura contemporánea idolatra al cuerpo mientras promueve una visión de la persona humana que alienta su abuso. Nosotros, los cristianos, en cambio, no idolatramos el cuerpo, pero reconocemos que tiene una dignidad incomparable y lo tratamos con la reverencia que le es debida. Hacer morir las obras de la carne significa reconocer nuestras heridas, nuestra fragilidad y nuestra necesidad de la gracia de Dios que sana, abandonar el pecado, recurrir a la misericordia y cultivar activamente la virtud de la castidad entre otras para glorificar a Dios con nuestros cuerpos.

P. Roberto M. Cid