El Señor reza y nosotros también

XIX domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

Los primeros versículos del Evangelio que se proclama este domingo nos presentan a Jesús en oración.

El Señor, que es Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad dedica tiempo a la oración. Hace una pausa en su ministerio público, deja por un momento a los discípulos y se va a un lugar en una montaña adonde se queda solo en oración.

A través de los Evangelios encontramos muchas instancias en las que encontramos a Jesús en oración, especialmente en los momentos críticos de su ministerio público y su misión. En el momento supremo, antes de su Pasión, Muerte y Resurrección, lo encontramos rezando en el Monte de los Olivos.

Como Jesús es Dios verdadero, esos momentos de oración nos ofrecen una ventana a la vida interior de la Trinidad, el vínculo profundo de amor y comunión que existe entre las tres personas divinas.

Como Jesús es hombre verdadero, su oración constante nos enseña una lección para nuestra vida.

La oración debe ser para nosotros un momento que dedicamos especialmente a nutrir el vínculo profundo de amor y comunión que existe entre Dios y nosotros.

Sabemos con certeza que somos hijos amados de Dios. Nuestra misma existencia es prueba de ello. También sabemos que Dios desea entrar en comunión con nosotros. La Encarnación de la Palabra Eterna de Dios en la persona de Jesús, su solidaridad con nosotros hasta la muerte y su resurrección lo ponen de manifiesto. Tenemos que responder a ese amor y a la invitación a la comunión. Por supuesto que lo hacemos por la forma en que vivimos nuestra vida, especialmente buscando momentos de intimidad con el Señor.

La oración no consiste solamente en presentarle a Dios una lista de nuestras necesidades. No hay nada de malo en ello. No hay nada malo con pedirle a Dios que nos ayude aún con cuestiones que objetivamente pudieran ser triviales o irrelevantes, porque al hacerlo estamos reconociendo nuestra dependencia radical de El, de su amor, de su divina providencia. Sin embargo, nuestra oración no puede quedar allí. Tampoco puede ser un monólogo. Debe ser un diálogo de amor con nuestro amado y, de hecho, debe incluir también la oración de adoración.

Debemos ofrecer toda nuestra vida al Señor como sacrificio de alabanza agradable a El. Por ejemplo, cuando estamos en el trabajo somos co-creadores con El. Ofrecerle nuestro trabajo al Señor nos ayuda a crecer en comunión con Aquel que también trabajó con manos humanas y pensó con un cerebro humano. Todo lo que hagamos que sea bueno puede y debe ser ofrecido al Señor. Nuestros momentos de dolor y sufrimiento también pueden ser fuente de comunión y momento de oración si nos unimos al Señor crucificado y asociamos nuestro sufrimiento al que padeció Jesucristo por la redención del mundo y la salvación de las almas.

Pero necesitamos también momentos especiales para entrar explícitamente en un diálogo de amor con el Señor.

Como decía más arriba, este diálogo incluye un pedido de ayuda al Señor para nuestras vidas y nuestras necesidades. También incluye el agradecimiento al Señor por todos los dones que recibimos de El, que hemos recibido en el pasado y que seguramente recibiremos en el futuro. Es una oportunidad para pedirle al Señor un aumento de gracia, una participación más plena en su amor y en su vida. No obstante, es esencial que incluya la contemplación de su gloria, su grandeza, su naturaleza. De eso se trata la oración de adoración, adorar, glorificar y alabar a Dios por su inmensa gloria, nada más y nada menos.

Existe una sección completa del libro de los Salmos que se llama “Hallel” que se compone de los salmos 113 al 118. Hasta el día de hoy los judíos piadosos los rezan en ocasiones especiales, incluyendo la pascua. Los Evangelios nos cuentan que el mismo Señor Jesús los rezó en la última cena. Nos ofrecen un modelo de oración y una estructura que es muy útil para nuestra propia vida de oración. Destacan la importancia de la oración y nos ofrecen un ejemplo de sus diferentes formas. El “Hallel” comienza con el salmo 113, un canto de alabanza y adoración a Dios: “Alaben, servidores del Señor, alaben el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, desde ahora y para siempre. Desde la salida del sol hasta su ocaso, sea alabado el nombre del Señor. El Señor está sobre todas las naciones, su gloria se eleva sobre el cielo, ¿Quién es como el Señor, nuestro Dios, que tiene su morada en las alturas, y se inclina para contemplar el cielo y la tierra?”   Los salmos siguientes expresan gratitud por la intervención y acción de Dios en la historia humana a favor de su pueblo tanto a nivel colectivo como individual, expresan confianza y fe en la protección del Señor, en su providencia y manifiestan un deseo de crecer en comunión con el Señor.

El ejemplo del Señor Jesús rezando y, por supuesto, toda la Sagrada Escritura destacan la necesidad de desarrollar una profunda vida de oración, nutrir nuestra comunión con Dios, fortaleciendo el núcleo de nuestro ser. Por supuesto que la Santa Misa es la forma más perfecta de oración porque allí rezamos con El, por El y en El. Sin embargo, también debemos buscar momentos para darnos cuenta de que la experiencia de Elías es nuestra experiencia. Encontraremos a Dios en la suave brisa y el silencio, lejos del ruido y el torbellino que nos envuelve a los varones y mujeres del siglo XXI.

El Señor Jesús no enseñó a rezar al regalarnos el Padrenuestro. También nos muestra la importancia de los momentos de oración e intimidad con el Padre por el ejemplo du su propia vida de oración.

P. Roberto M. Cid