Entre nosotros

Solemnidad de la Ascensión del Señor.

Queridos hermanos en Cristo:

Este domingo celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor. Tradicionalmente se celebra el jueves de la sexta semana de Pascua, exactamente 40 días después del domingo de Pascua, pero en la Arquidiócesis de Miami y en muchos lugares se ha transferido la celebración a este domingo. Es interesante notar que, en algunos países europeos muy secularizados como Francia y Alemania, el día de la Ascensión sigue siendo feriado. Esto demuestra las raíces católicas de la cultura europea, aunque el continente padezca lo que el Papa Benedicto lamentó como una “amnesia” que le hace olvidar e incluso renegar de sus propias raíces culturales.

La Ascensión del Señor me recuerda un pasaje hermoso del capítulo 55 del libro del profeta Isaías en el que la palabra de Dios se compara al rocío que baja del cielo, hace fecunda a la tierra y luego vuelve al cielo. Esta preciosa metáfora me ayuda a entender el significado profundo de los que celebramos este domingo, porque Jesucristo es la Palabra Eterna de Dios que se encarnó, bajó del cielo para llevar a la creación a su consumación en Dios y ahora, habiendo cumplido su misión, regresa al Padre dejando a su paso una tierra transformada. Su Pasión, Muerte y Resurrección han hecho que la tierra sea fecunda, de frutos.

Su regreso al Padre, como los señalan claramente las oraciones de este día, no significa que se desentienda del mundo, sino simplemente que, habiendo abrazado nuestra común humanidad, regresa al seno de la Trinidad para completar, como quien dice, la glorificación de la naturaleza humana. La Encarnación es irrevocable y todo lo que es humano está llamado a constituirse en vehículo de comunión con Dios.

Su misión ha sido cumplida pero todavía hay trabajo que hacer. El Reino de Dios está efectivamente entre nosotros, pero no todavía. La Resurrección ha transformado la realidad de una forma que nosotros no alcanzamos siquiera a imaginar, llevando el universo a su consumación en Dios. Sin embargo, sus efectos plenos todavía no se manifiestan.

El Papa Francisco nos recordaba hace pocos días que el Maligno ha sido ciertamente derrotado, lo llamó un “perdedor”, no obstante, como el mismo papa nos recordó en su última exhortación, sigue presente y activo en el mundo. Por supuesto que, como nos advirtió el Papa Francisco, enfrentar al demonio no es tarea para nosotros y debemos mantenernos alejados de él, refugiándonos bajo el manto de la Virgen María, pero tenemos un mandato de hacer el bien a los otros.

Habiendo regresado al Padre, el Señor Jesús cuenta con nosotros para continuar haciendo progresar el Reino de Dios en el tiempo.

Nuestro bautismo nos ha lavado del pecado original, nos ha incorporado a la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, nos ha configurado a Cristo y nos ha hecho partícipes de su misión como sacerdote, profeta y rey. Vale la pena recordar para evitar malentendidos que el sacerdocio común de los bautizados es obviamente distinto del sacramento del Orden Sagrado que reciben los que son llamados al sacerdocio ministerial. Sin embargo, todos los bautizados somos llamados a santificar el mundo con nuestra presencia y nuestros actos. Solo podremos hacerlo en la medida que estemos en comunión con el único que es bueno, el Santo de Dios, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Todos los que hemos sido bautizados hemos sido constituidos profetas. Un profeta no es alguien que predice el futuro o anuncia catástrofes inminentes, sino alguien que llama al pueblo a la conversión, que guía a la gente hacia Dios. En varias ocasiones el libro de los Hechos de los Apóstoles señala que era el estilo de vida de los cristianos y la forma en que se amaban que atraía a otros hacia Cristo. La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción. El testimonio creíble de los cristianos que viven su vocación bautismal cada día, todos los días atrae la atención y la imaginación del mundo y lleva a la gente a un encuentro con el Dios vivo.

El comienzo de los Hechos de los Apóstoles en la primera lectura es un testimonio elocuente que nos recuerda que la Iglesia debe continuar la misión de Cristo en el tiempo. Para desarrollar su misión cuenta con todos los medios necesarios a su disposición. En primer lugar, la Eucaristía que es la presencia continuada de Cristo entre nosotros, la asistencia del Espíritu Santo, el amor del Padre y también, las oraciones de los santos y la humanidad de aquellos que peregrinamos en el tiempo, que hemos sido bautizados y somos llamados, en virtud de nuestro bautismo, a ser Cristo para los otros. Tenemos el deber de cooperar en el progreso del Reino de Dios que se manifestará en plenitud cuando Cristo regrese en gloria y majestad como lo anunciaron los ángeles a los apóstoles que presenciaron la Ascensión del Señor.

P. Roberto M. Cid