Epifanía

Solemnidad de la Epifanía del Señor.

Queridos hermanos en Cristo:

Este domingo celebramos la solemnidad de la Epifanía del Señor, su manifestación a todas las naciones representadas por los sabios o magos que vienen del oriente.

La palabra que utilizamos para designar esta celebración, Epifanía, que es también el nombre de una parroquia en South Miami, viene de una palabra griega que se puede traducir literalmente como manifestación o revelación o aparición.

Para entender el motivo por el cual Dios se auto-revela, la causa de esta manifestación del Señor a todas las naciones, debemos comenzar con una consideración sobre la naturaleza misma de Dios. Durante el tiempo de Navidad hemos estado oyendo fragmentos de la primera carta de san Juan. Es en ese libro del Nuevo Testamento que encontramos la expresión: “Dios es amor: quien conserva el amor permanece con Dios y Dios con él.”

Toda la Sagrada Escritura es la auto-revelación de Dios a la humanidad, sin embargo, ese versículo de la primera carta de san Juan resume el contenido de nuestra fe cristiana. También señala la novedad de la fe bíblica. Dios es la fuente de todo lo que existe, es eterno, es todopoderoso, es omnisciente, pero, sobre todas las cosas, es amor. Como es amor, ama y crea todo lo que existe, incluyendo a nosotros creados a su imagen y semejanza para que podamos llegar a participar de su vida y su amor de una manera especial. No solo eso, sino que su amor por nosotros es tan radical, tan apasionado, que abraza nuestra naturaleza humana sin dejar de ser Dios, para que nuestra naturaleza humana quede irrevocablemente unida a su naturaleza divina. Esa es la Buena Noticia que el Nacimiento de Jesús nos trae y que la Iglesia proclama a los cuatro puntos cardinales, a todas las naciones. Es un hecho que sabemos con certeza porque Dios en su infinita Misericordia se ha dignado revelárnoslo, o mejor dicho porque Dios mismo se ha revelado a nosotros. Durante el tiempo de Navidad también hemos escuchado numerosas veces los primeros párrafos de la carta a los Hebreos, que resume este hecho con gran elocuencia: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio del Hijo, a quien nombró heredero de todo, por quien creó el universo. Él es reflejo de su Gloria, impronta de su ser, y sustenta todo con su palabra poderosa.”

Obviamente, la cima de la auto-revelación de Dios es la Encarnación, su hacerse carne y habitar entre nosotros. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, por su vida, sus acciones, su muerte y su resurrección nos revela quien es Dios y cuanto nos ama. También nos revela quienes somos, lo que significa ser humano, como hemos de vivir nuestras vidas, cual es nuestro destino, de dónde venimos y para que existimos.

Dios se revela a nosotros para que conociéndolo podamos crecer en comunión con El. La revelación de Dios presupone la naturaleza humana. En la Sagrada Escritura, Dios nos habla a la manera humana, con palabras humanas, con la cooperación de autores humanos que proveen su propia idiosincrasia y el talento que han recibido de Dios al escribir la palabra inspirada de Dios. Su Palabra, por supuesto, está destinada a ser oída. Si nadie pudiera escuchar, leer, entender, entonces no tendría sentido, sería un ejercicio inútil que no se dirige a nadie, algo que es imposible para Dios que es perfecto, en quien no hay nada superfluo.

 

Justamente, dado que Dios nos ama con amor perfecto e infinito, desea compartir su amor y su vida. Dios no carece de nada y no necesita nada. Es infinitamente bendito y está perfectamente contento consigo mismo. La razón por la que nos creó y se revela a nosotros es que nos ama. Desea ser conocido y amado por todos, no por una compulsión o alguna carencia afectiva, sino precisamente porque ama con amor perfecto. Esa es también la razón por la que nos dio el libre albedrío, para que podamos responder libremente al amor que nos ofrece.

La auto-manifestación de Dios presupone la naturaleza humana, pero exige una respuesta. En primer lugar, requiere que estemos atentos a ella, pero también que respondamos, como los Magos.

Se ponen en camino desde el oriente para ir al encuentro del Rey que ha nacido porque están abiertos a un encuentro con Dios. Cuando se da cuenta por su conocimiento de astronomía que se ha producido una manifestación de Dios, responden poniéndose en camino hacia Jerusalén para encontrar al Rey. Más aún preguntan a aquellos que están razonablemente en condiciones de ayudarlos en sus esfuerzos por encontrar al Rey que ha nacido, esta revelación de una intervención divina en la historia humana. Se dan cuenta y responden con docilidad, dejando que otros les enseñen.

¡Qué el Señor nos concede la gracia de un corazón dócil que discierne, para que podamos responder a su revelación con toda nuestra vida, dispuestos a ajustar nuestra vida a su enseñanza, crecer en comunión con El y proclamar al mundo la misma Buena Noticia que los Magos encontrarnos cuando llegaron frente el Señor!

P. Roberto M. Cid