Fuerza y debilidad

XIII domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

En respuesta a los numerosos comentarios favorables que recibí, publicó un nuevo fragmento del documento de la Santa Sede sobre el deporte.

“El deporte pone de manifiesto la tensión entre la fuerza y la debilidad, experiencias inherentes a la existencia humana. El deporte es un ámbito dentro del cual los seres humanos pueden vivir de forma auténtica sus talentos y su creatividad, pero al mismo tiempo experimentar sus limitaciones y finitud, ya que el éxito no está en absoluto garantizado…

“La libertad –dice el Papa Francisco –es algo grandioso, pero podemos echarla a perder”.  El deporte respeta la libertad humana porque dentro de los límites de un conjunto específico de reglas, no impide la creatividad, sino que la fomenta. Por lo tanto, la experiencia de ser uno mismo no se pierde.

La relación intrínseca entre la libertad individual y la aceptación de las reglas también muestra que la persona está dirigida hacia una comunidad de personas. De hecho, la persona nunca es una entidad aislada sino “un ser social, y a menos que se relacione con otros no puede vivir ni desarrollar su potencial”.  Los deportes de equipo por ejemplo, o la presencia de espectadores, revelan la relación entre los individuos y la comunidad. Tampoco en los deportes individuales se pueden practicar sin las contribuciones de muchos otros. El deporte puede servir como un paradigma que ilustra cómo la persona puede llegar a ser él mismo a través de la experiencia de la comunidad.

Finalmente, en el contexto del mundo moderno, el deporte es quizás el ejemplo más llamativo de la unidad de cuerpo y alma. Hay que resaltar que, una interpretación unilateral de las experiencias mencionadas anteriormente conduce a una noción falsa del ser humano. Concentrarse únicamente en la fuerza, por ejemplo, podría sugerir que los seres humanos son seres autosuficientes. Un concepto unilateral de libertad implica la idea de un yo irresponsable que solo puede seguir sus propias reglas. Del mismo modo, un énfasis demasiado fuerte en la comunidad conduce a una subestimación de la dignidad del individuo. Y, por último, descuidar la unidad del cuerpo y el alma da como resultado una actitud que, o bien deja de lado por completo al cuerpo o fomenta un materialismo mundano. Por lo tanto, todas las dimensiones deben tenerse en cuenta para comprender qué constituye realmente el ser humano.

En resumen, podríamos decir que, en el deporte, los seres humanos experimentan de forma particular la tensión entre la fuerza y la debilidad, la libertad de someterse a unas reglas generales que constituyen una práctica común, la individualidad dirigida a la comunidad y la unidad del cuerpo y el alma. Además, a través del deporte, los seres humanos pueden experimentar la belleza. Como señaló acertadamente Hans Urs von Balthasar, la facultad estética del ser humano es también una característica decisiva que estimula la búsqueda del sentido último. Si se aplica una visión antropológica tan integral, el deporte puede ser visto como un campo extraordinario donde el ser humano experimenta algunas verdades significativas acerca de sí mismo en la búsqueda del sentido último.

Los seres humanos encuentran su verdad más profunda sobre quiénes son en la imagen y semejanza de Dios, ya que así es como nos creó. Aunque es cierto que el deporte encarna la búsqueda de un cierto tipo de felicidad, que el Concilio Vaticano II caracterizó como “una plena liberación de la humanidad; una en la que [las personas y los grupos sociales] ponen a su servicio las inmensas posibilidades que les ofrece el mundo actual”, también es cierto que fuimos creados para una felicidad que es aún mayor. Esta felicidad es posible gracias al regalo gratuito de la gracia de Dios. Es importante enfatizar que la gracia de Dios no destruye lo humano, sino que “perfecciona la naturaleza” o nos eleva a la comunión con Dios, que es el Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos lleva a la comunión de unos con otros.

Una de las formas importantes en que podemos experimentar la gracia de Dios es en su misericordia. Como el Papa Francisco ha insistido a lo largo de su pontificado, y especialmente en el Año de la Misericordia, Dios nunca se cansa de perdonarnos. Dios nos ama incondicionalmente. Incluso cuando cometemos errores o cometemos pecados, Dios es paciente con nosotros y siempre nos ofrece su perdón y una segunda oportunidad. El perdón de Dios, al igual que nuestro perdón mutuo, provoca la sanación y la recuperación de la imagen y semejanza de Dios en nosotros. Como dijo San Pablo en su carta a los Colosenses: “No os mintáis unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador” (Col 3,10). Y también a los Corintios: “Todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es el Espíritu” (2 Cor 3:18). Si el proceso de redención significa que estamos siendo renovados y transformados a imagen y semejanza de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, esto significa comprender que somos fundamentalmente seres relacionales y estamos hechos para la comunión con Dios y con los demás.”

P. Roberto M. Cid