¡Ha resucitado!

Domingo de Pascua.

Queridos hermanos en Cristo:

¡Felices Pascuas! ¡Jesucristo ha resucitado!

La Resurrección de Cristo es el evento central en la historia del universo y en nuestra historia personal. Es un evento de dimensiones cósmicas que lleva la creación entera a su plenitud en Dios. Lo que hoy celebramos es mucho más que la reanimación de un cadáver. Es eso, por supuesto, pero también es la manifestación final, definitiva y sobrecogedora del amor de Dios y su victoria aplastante sobre las consecuencias de la rebeldía de la humanidad.

La secuencia que se reza en la Misa este domingo lo señala poéticamente: “Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta.” O, como dirá san Pablo en la primera Carta a los corintios, la muerte ha sido derrotada. Aquel que es la vida emerge victorioso del sepulcro.

La Resurrección de Cristo tiene consecuencias importantes para la vida cotidiana. En primer lugar, porque valida todas y cada una de las afirmaciones que el Señor hace sobre sí mismo, sobre Dios y toda promesa que le ha hecho a su Iglesia. Todo aquello que la Iglesia es, todo lo que enseña, todo lo que proclama tanto sobre Jesús como sobre nuestra naturaleza humana es digno de ser creído por este hecho histórico. El hombre Jesús, que había muerto en un lugar determinado a una hora concreta, vuelve a la vida al tercer día para no morir nunca más. Por lo tanto, su pretension de ser Dios, de ser el camino, la verdad y la vida es creíble a causa de su Resurrección.

Este evento también tiene una importante dimensión humana.

Dado que Jesús es verdaderamente hombre, su victoria sobre la muerte es la victoria de la naturaleza humana. Es la misma naturaleza presente en nosotros. Así es, compartimos la humanidad con el Señor y con todo otro ser humano. Esta naturaleza frágil y vulnerable que Dios nos dado por el solo hecho de ser varones y mujeres, se encuentra ahora irrevocablemente unida a la naturaleza divina y, más aún, ha sido rescatada del poder de la muerte, de manera que el horizonte de nuestra existencia es la eternidad. ¡La victoria de un hombre sobre la muerte es la victoria de todo el género humano!

La Resurrección de Cristo proclama de manera ponderosa que no somos seres para la muerte, sino para la vida eterna. Nuestros actos no tienen un límite finito y temporal, sino que tienen consecuencias eternas. El amor y la vida de Dios está íntimamente unida a la naturaleza humana. El bien o mal que podamos hacer afecta un entramado precioso tejido por Dios. Nuestros actos pueden fortalecer los vínculos de comunión que nos unen. También tienen el poder de debilitar nuestra comunión y pueden separarnos. Nunca podrán deshacer completamente la obra del amor de Dios, nunca podrán privarnos de nuestra común naturaleza humana hecha a imagen y semejanza de Dios, nunca podrán extinguir la luz de Cristo, pero tienen el poder de separarnos de la comunión, incluso para toda la eternidad.

La luz que emana de la tumba vacía, el esplendor de la Resurrección ilumina toda nuestra existencia revelando el significado profundo del universo, de nuestras vidas, incluso de nuestra muerte. Dios desea que haya comunión entre Él y su creación, especialmente entre Él y aquellos que creó a su imagen y semejanza. Llega incluso al extremo de abrazar nuestra humanidad y aceptar la muerte para realizarlo. Lo hace todo porque es amor y nos ama. Está dispuesto a aceptar un dolor intenso, sufrimiento indescriptible e incluso someterse al poder de la muerte en un acto de amor puro. No nos abruma con una ostentación de poder, sino que se ubica en la parte más baja de la pirámide social para conquistar con el fuego de su amor.

Frente a un amor tan radical y apasionado, solo cabe el recogimiento. Los eventos que celebramos con especial intensidad esta semana no pueden dejar de conmovernos.

No celebramos un evento distante en el tiempo, estamos entrando en el misterio del amor de Dios que nos transporta a través del tiempo y el espacio a un eterno presente en el que Cristo se somete al poder de la muerte y emerge victorioso frente a nosotros. Ese es el significado profundo de la Misa, no solamente en este domingo de Pascua, sino cada vez que se celebra la Eucaristía por eso es central en nuestras vidas. Esa es la razón por la cual la Iglesia, nuestra madre, sabiendo lo que es bueno para nosotros, nos dice que vayamos a Misa todos los domingos para ser renovados por nuestra participación en el Misterio Pascual.

Así es, encontramos al Señor Resucitado todos los días, en nuestra vida ordinaria, en aquellos que nos rodean, especialmente los que sufren. Es Dios y, por eso mismo, está presente en todas partes. Sin embargo, cuando venimos a Misa, no solamente encontramos toda su humanidad y su divinidad en el Santísimo Sacramente, sino que la acción litúrgica nos hace testigos oculares y sacramentalmente presentes en los eventos que se desarrollaron en Jerusalén hace dos mil años.

¡Qué el encuentro con el Señor Resucitado en la celebración de este domingo de Pascua renueve en nosotros la conciencia del significado de nuestra humanidad, de nuestro Bautismo y de los eventos que celebramos!

¡Jesucristo ha resucitado de entre los muertos! ¡Felices Pascuas!

P. Roberto M. Cid