Hijos de Dios

IV domingo de Pascua.

Queridos hermanos en Cristo:

En la segunda lectura de este domingo tomada de la Primera carta de san Juan, este nos recuerda que somos llamados hijos de Dios y de hecho lo somos. Todos nosotros, sin excepción. Todos y cada uno de nosotros ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y comparte con Cristo nuestra común naturaleza humana.

La semana pasada el Papa Francisco publicó una exhortación apostólica titulada Gaudete et Exsultate, “Alégrense y regocíjense”. En ella nos ofrece consideraciones practicas sobre la forma en que hemos de vivir la vocación más fundamental de nuestra vida, la comunión con Dios, la santidad. El Santo Padre señala que independientemente de cualquier otra consideración podemos ver el rostro de Dios en todo ser humano porque somos hijos de Dios, sus criaturas amadas, llamados a la comunión con El.

Dice: “Dios nos supera infinitamente, siempre es una sorpresa y no somos nosotros los que decidimos en qué circunstancia histórica encontrarlo, ya que no depende de nosotros determinar el tiempo y el lugar del encuentro. Quien lo quiere todo claro y seguro pretende dominar la trascendencia de Dios.

Tampoco se puede pretender definir dónde no está Dios, porque él está misteriosamente en la vida de toda persona, está en la vida de cada uno como él quiere, y no podemos negarlo con nuestras supuestas certezas. Aun cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aun cuando lo veamos destruido por los vicios o las adicciones, Dios está en su vida.”

¿Cómo no va a estar Dios presente en cada ser humano, si comparte con cada uno de nosotros en nuestra común naturaleza humana? ¿Acaso podría ser de otra manera, si llevamos su imagen, somos la obra de sus manos?

Aunque el pecado desfigura la imagen de Dios en nosotros porque nos deshumaniza, nunca puede eliminar completamente nuestra condición humana, que, como una vez más señala el Papa Francisco en su encíclica sobre el cuidado de la casa común, se nos da como puro don, es vulnerable, frágil, tiene una vocación a la grandeza, pero también nos impone ciertos límites.

Lamentablemente, la cultura popular de nuestros tiempos se nutre de ideologías que no alcanzan a dares cuenta de esto, en particular el individualismo y la “teoría de género” que hacen que mucha gente rechace la naturaleza humana presente en ellos y en los otros al afirmar que los seres humanos son completamente autónomos, que pueden determinarse a sí mismo radicalmente para ser lo que se les antoje. Más aún, afirman que cualquier referencia a la naturaleza humana es puramente ideológica o producto de atavismos culturales. Otros que están imbuidos de individualismo ven en los que sufren, luchan contra alguna enfermedad o adicción una “carga” que debe ser eliminada o en el mejor de los casos abandonada en la búsqueda personal de alguna forma de “éxito y auto-realización”.

Una vez más, el Papa Francisco comenta sobre esas ideologías en su último documento: “Lamento que a veces las ideologías nos lleven a dos errores nocivos. Por una parte, el de los cristianos que separan estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con él, de la gracia. Así se convierte al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron y manifestaron san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, santa Teresa de Calcuta y otros muchos. A estos grandes santos ni la oración, ni el amor de Dios, ni la lectura del Evangelio les disminuyeron la pasión o la eficacia de su entrega al prójimo, sino todo lo contrario.

También es nocivo e ideológico el error de quienes viven sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista. O lo relativizan como si hubiera otras cosas más importantes o como si solo interesara una determinada ética o una razón que ellos defienden. La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte. No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente.”

Dios nos enseña que todos y cada uno de nosotros, independientemente de cualquier otra consideración es valioso para El y fue creado por El, como un fin en sí mismo, para la comunión con El.

Nos ama tanto, pero tanto a cada uno de nosotros, que abrazó nuestra común naturaleza humana, se hizo solidario con nosotros hasta la muerte, resucitó victorioso de entre los muertos para rescatarnos de las garras del pecado y de la muerte y como buen pastor muestra el camino para que podamos alcanzar la plenitud de la vida. Todos nosotros. ¡Desea que todos se salven y dio su vida por ello! ¡Desea que todos seamos santos porque todos somos verdaderamente hijos de Dios creados a su imagen y semejanza!

P. Roberto M. Cid