Irrevocablemente unidos

IV domingo de Adviento.

Queridos hermanos en Cristo:

La Anunciación del Arcángel Gabriel a la Santísima Virgen María ha sido fuente de inspiración para muchos artistas. Hay innumerables cuadros que reflejan este momento importantísimo en la historia de salvación que marca el comienzo en el tiempo del misterio de la Encarnación de la Palabra Eterna de Dios en la persona de Jesucristo.

Hay uno en particular, pintado por Henry Ossawa Tanner, que me gusta mucho porque me parece que captura la escena con gran belleza y realismo. Forma parte de la colección del Museo de arte de Filadelfia.

Lo que me gusta de la Anunciación de Tanner es que la Virgen María no aparece como una princesa italiana del Renacimiento en un palacio, ni el ángel es un joven alado y la acción del Espíritu Santo no es una línea punteada que va de una paloma hacia María. La cara de María en la pintura es la de una doncella judía que aparece sorprendida, abrumada y al mismo tiempo irradia serenidad y gozo. Me gustan los colores y la luz del cuadro. Hay una explosión de luz que parece capturar el misterio y transmite gran fuerza. Después de todo, se trata de un evento de proporciones cósmicas. Aquel a quien el universo no puede contener, porque es el creador de todo lo que existe, Aquel por quien, en quien y para quien todo existe está a punto de abrazar irrevocablemente la naturaleza humana para llevar a la creación a su culminación en El.

El pasaje del Evangelio también irradia misterio y gozo con su simple belleza. Nos presenta a la Virgen como una criatura llena de asombro, maravillada, pero en paz. No cuestiona el plan amoroso de Dios y su rol en él, que le están siendo revelado por el mensajero, sino que busca entender el modo en que esto sucederá e inmediatamente se suma proclamándose “la esclava del Señor”. Su voluntad, su intelecto, sus emociones están en perfecta armonía con la voluntad de Dios, cuya madre será. Así es, ella es al mismo tiempo hija de Dios Padre y madre del Hijo único de Dios y, por lo tanto, propiamente Madre de Dios. Jesucristo es al mismo tiempo Hijo de David y Señor de David.

San Bernardo de Claraval tiene una homilía hermosa sobre las excelencias de la Virgen Madre que aparece en la Liturgia de las horas durante estos días de preparación inmediata para la Navidad en la que se ubica en el instante durante la Anunciación cuando María está a punto de responder. En ella, el abad le ruega a la Virgen que se apure con su respuesta, porque esto se lo suplica “el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abrahán, esto David con todos los santos antecesores tuyos, que están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo todo, postrado a tus pies. Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje.”

Toda la creación es redimida por la Encarnación de la Palabra Eterna de Dios. La Encarnación no es el plan B de Dios en presencia del pecado, sino la consumación de su obra creadora. Pone de manifiesto que hemos sido creados para la comunión con El, una comunión con aquellos creados a su imagen y semejanza que desea con tanto fervor que llega al extremo de hacerse lo que no es para unir irrevocablemente su naturaleza con la nuestra. La joven doncella de Nazaret, por su maternidad divina, se convierte en la nueva Eva, la madre de todos los vivientes. En el momento culminante de la historia humana, el misterio Pascual, cuando el propósito de la Encarnación se revela en plenitud y se consuma, ella será el regalo de despedida de Jesús para nosotros.

Cada vez que rezamos el Avemaría nosotros también nos ubicamos en medio de ese evento maravilloso que se no presentan para nuestra contemplación este IV domingo de Adviento, que este año coincide con Nochebuena, el 24 de diciembre. Pronunciamos las mismas palabras que el Arcángel dijo en su saludo a la Virgen. Por supuesto, después seguimos con las palabras de santa Isabel, la madre de san Juan Bautista, en la Visitación y concluimos con un pedido a María para que rece por nosotros, pero comenzamos en la Anunciación, porque es allí que María se convierte en el modelo de todo aquello que la Iglesia colectivamente y cada cristiano individualmente aspira a ser. Es en ese lugar que nos damos cuenta que la creación y la redención van de la mano, que el orden natural y lo sobrenatural están entramados y unidos por un vínculo de amor.

Hay otra oración tradicional que captura aún con mayor detalle e intensidad estos eventos y que nos permite penetrar en mayor profundidad en el misterio de la Encarnación. Se trata del Angelus, que usualmente se reza tres veces al día, en la mañana, al mediodía y al atardecer. Los estudiantes de la escuela St. Patrick dejan de hacer lo que estén haciendo cuando suenan las campanas de la torre al mediodía y rezan el Angelus para así también elevar sus mentes a la contemplación del misterio de la Encarnación que da sentido a todo lo humano y a toda actividad y proyecto humano, incluyendo la tarea intelectual, porque en virtud de ella, todo lo que es verdaderamente humano se convierte en vehículo para la comunión con Dios que “se hizo carne y habitó entre nosotros”. El pecado, por supuesto, porque es inhumano, contrario a la naturaleza humana, no solo nos separa de Dios, sino que desfigura la humanidad que compartimos con la Palabra Eterna de Dios.

¡En estos días celebramos con especial intensidad el hecho que Dios ha abrazado irrevocablemente la naturaleza humana con la cooperación de una criatura lisa y llanamente porque nos ama! ¡Alegrémonos y gocemos! ¡Feliz Navidad!

P. Roberto M. Cid