La hora de Jesús

Domingo de Pascua.

Queridos hermanos en Cristo:

En Semana Santa nos detenemos a contemplar con particular intensidad el Misterio Pascual, la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Se trata del evento que celebramos cada vez que vamos a Misa, la causa de nuestra alegría serena y el fundamento de nuestra esperanza inconmovible.

Es el evento central en la historia de salvación y en la historia universal. Es la manifestación más radical y asombrosa de la profundidad del amor de Dios por la criatura.

Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, asume en su propio cuerpo las consecuencias del pecado de los hombres a través de los siglos y se somete al poder de la muerte. Su sufrimiento es tan real como su humanidad y tan infinito como su divinidad.

Se solidariza con nosotros que estamos agobiados por el peso de nuestras culpas para liberarnos de la opresión y llevarnos a la plenitud de la vida. Como es hombre padece, sufre y muere. Como es Dios resucita victorioso de entre los muertos. Al hacerse hombre se solidariza con todos y cada uno de nosotros. Su humanidad es el vínculo que nos une a su divinidad y a su victoria sobre el pecado y la muerte.

Cristo nace para morir y muere para resucitar. Nace para abajarse con nuestra condición humana herida y quebrantada por el pecado, sometida a las tinieblas de la muerte. Muere y resucita para sanar radicalmente nuestra naturaleza herida, deshacer las consecuencias del pecado y despejar las tinieblas que se ciernen sobre nosotros, llevándonos a la plenitud de la vida.

Esta es la hora de Cristo, el momento supremo de la historia, aquel en el que convergen todos los otros momentos y eventos. Dios lleva su obra creadora a la plenitud, recapitulando todo en Cristo.

La segunda lectura del Oficio de Jueves Santo en la Liturgia de las horas, la oración oficial de la Iglesia, está tomada de un escrito de Melitón de Sardes, un Obispo de Asia Menor que vivió en el siglo II. Resume con particular elocuencia y belleza poética el significado del Misterio Pascual que celebramos con especial intensidad durante toda Semana Santa, de manera muy especial este Domingo de Pascua.

Así es, celebramos un evento que ilumina el presente, proyecta su luz hacia el futuro y el pasado.

“Los profetas predijeron muchas cosas sobre el misterio pascual, que es el mismo Cristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Él vino del cielo a la tierra para remediar los sufrimientos del hombre; se hizo hombre en el seno de la Virgen, y de ella nació como hombre; cargó con los sufrimientos del hombre, mediante su cuerpo, sujeto al dolor, y destruyó los padecimientos de la carne, y él, que era inmortal por el Espíritu, destruyó el poder de la muerte que nos tenía bajo su dominio.

Él fue llevado como una oveja y muerto como un cordero; nos redimió de la seducción del mundo, como antaño de Egipto, y de la esclavitud del demonio, como antaño del poder del Faraón; selló nuestras almas con su Espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.

Él, aceptando la muerte, sumergió en la derrota a Satanás, como Moisés al Faraón. Él castigó la iniquidad y la injusticia, del mismo modo que Moisés castigó a Egipto con la esterilidad.

Él nos ha hecho pasar de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al reino eterno, y ha hecho de nosotros un sacerdocio nuevo, un pueblo elegido, eterno. Él es la Pascua de nuestra salvación.

Él es quien sufría tantas penalidades en la persona de muchos otros: él es quien fue muerto en la persona de Abel y atado en la persona de Isaac, él anduvo peregrino en la persona de Jacob y fue vendido en la persona de José, él fue expósito en la persona de Moisés, degollado en el cordero pascual, perseguido en la persona de David y vilipendiado en la persona de los profetas.

Él se encarnó en el seno de la Virgen, fue colgado en el madero, sepultado bajo tierra y, resucitando de entre los muertos, subió a lo más alto de los cielos.

Éste es el cordero que permanecía mudo y que fue inmolado; éste es el que nació de María, la blanca oveja; éste es el que fue tomado de entre la grey y arrastrado al matadero, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; éste es aquel cuyos huesos no fueron quebrados sobre el madero y que en la tumba no experimentó la corrupción; éste es el que resucitó de entre los muertos y resucitó al hombre desde las profundidades del sepulcro.”

Este es el que continúa sufriendo con los que hoy sufren y seguirá compartiendo nuestros gozos y tristezas hasta el día glorioso en que se manifiesten en plenitud las consecuencias de su victoria radical y definitiva sobre el pecado y la muerte.  ¡Cristo ha resucitado! ¡Felices Pascuas!

 

P. Roberto M. Cid