La pregunta

XXI domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

El Evangelio según san Mateo ha sido llamado el Evangelio de la Iglesia entre otros motivos por el pasaje que se proclama este domingo, que está tomado del capítulo 16 y que pone claramente de manifiesto la intención del Señor de fundar una institución visible, histórica, jerárquica a través de la cual se desarrollará su misión. Esta Iglesia que el Señor anuncia se apoya sobre los hombros de un hombre, cuya misión y tarea es apacentar al pueblo y confirmar a los discípulos de Cristo en la fe.

El Concilio Vaticano II enseña que “esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica, y que nuestro Salvador, después de su resurrección, encomendó a Pedro para que la apacentara, confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno, y la erigió perpetuamente como columna y fundamento de la verdad. Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica.”

Sin embargo, este pasaje evangélico no es solamente importante para nuestra comprensión de la Iglesia, sino que contiene una pregunta fundamental que está dirigida a cada uno de nosotros: ¿quien dicen Uds. que soy?

El papa san Juan Pablo II nos alentó a hacernos esta pregunta seguido y buscar en lo profundo de nuestros corazones la respuesta.

En un libro titulado “El sentimiento trágico de la vida”, Miguel de Unamuno critica a los cristianos señalando que muchos no creen de verdad en Dios, sino que creen en aquellos que les hablaron de Dios, de lo contrario sus vidas serían completamente diferentes.

Si bien es cierto que recibimos el don de la fe de Cristo a través de la Iglesia y que confesamos la fe de la Iglesia, para poder crecer en comunión e intimidad con Cristo, esa fe debe convertirse en mi fe personal.

La etimología de la palabra religión es muy esclarecedora, significa “re-ligar”, reconectar. No puede haber desconexión entre la espiritualidad y la religión, por lo menos no puede haberla cuando se trata de la fe cristiana. Una persona que, como Pedro, confiesa a Cristo como Aquel que en realidad es, el Hijo del Dios vivo, reconoce que Dios se ha hecho hombre, ha abrazado nuestra común naturaleza humana y, por lo tanto, todo lo que es verdaderamente humano se convierte en canal para la comunión con Dios. Por la Encarnación, nuestra naturaleza humana ha sido unida irrevocablemente a la naturaleza divina. Por la Encarnación, lo que hacemos con nuestro cuerpo y con nuestro intelecto importa. Por la Encarnación, la forma en que se organiza la sociedad importa. Por la Encarnación, tiene sentido que haya una institución visible, jerárquica, que continua la misión del Señor Resucitado a través de los siglos. Por la Encarnación, el Misterio Pascual es posible y la Resurrección de Cristo proyecta su luz sobre todas las dimensiones de nuestra existencia y da sentido a todo lo que somos y a todo lo que hacemos, incluyendo nuestro sufrimiento y nuestra muerte.

Nuestra confesión de fe es incompleta si se trata solamente de una proposición intelectual. Ser cristiano, como explicó con gran belleza el Papa Benedicto y el Papa Francisco repite a menudo, no consiste en abrazar una ideología, ni siquiera un código moral, sino haber tenido un encuentro con una persona que está viva. Ser cristiano es estar en una relación. Nuestra fe, si verdaderamente está viva, también debe hacerse carne en nuestra vida. La catequesis es muy importante, pero no es suficiente. Para que sea fecunda debe haber un encuentro fundacional con el Dios vivo que se renueva constantemente y siempre se busca. Ese encuentro comienza con los esfuerzos evangelizadores de la Iglesia, porque es de ella y a través de ella que escuchamos la proclamación del misterio de Cristo, pero la fe de la Iglesia debe devenir mi confesión personal de fe. Por eso, cuando rezamos el Credo decimos, “Creo” en primera persona del singular. El derrotero de nuestra fe, por supuesto, conoce retrocesos y dificultades, pero debemos perseverar, apoyándonos siempre en la gracia de Dios.

El lunes, 28 de agosto, celebramos la memoria de san Agustín, quien en su conmovedora autobiografía nos cuenta su propio camino de fe que lo llevó por un sendero largo y sinuoso a un encuentro con el Dios vivo que le permitió exclamar lleno de gozo “tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva.”

El camino de Pedro conoció correcciones del Señor, caídas y traición, sin embargo, perseveró y, por eso mismo, dio testimonio supremo del amor de Cristo, cumplió su misión y se convirtió en el fundamento y piedra angular de la Iglesia de Cristo, la institución que sería su presencia continuada en la historia, el instrumento de salvación de todo el género humano.

Pablo, quien en la segunda lectura anuncia a los Romanos que todas las cosas son de Él, por El y para El, también transitó un camino de conversión y mayor comunión con Cristo.

Podríamos preparar una lista interminable de testigos y confesores de la fe. Todos tienen algo en común, no solamente entendieron quién era Cristo, vivieron su fe. Fueron transformados por ese encuentro con el Hijo del Dios vivo y se esmeraron para conformar sus vidas a las exigencias de esa fe católica. Fueron aún más lejos, buscaron cooperar con la gracia de Dios en la transformación del mundo a imagen de Cristo según los valores del Evangelio.

La pregunta que formula Jesús a sus discípulos, nos la hace a Uds. y a mí a cada paso en nuestro camino, a cada momento de nuestras vidas. Exige una respuesta desde lo profundo de nuestro corazón, no solamente desde nuestra mente o desde la punta de la lengua. Tiene consecuencias profundas para la forma en que vivimos nuestras vidas. Si lo confesamos como quien verdaderamente es y quien la Iglesia proclama, entonces nuestras vidas no pueden seguir iguales. Debemos buscar la santidad y trabajar incansablemente por la santificación del mundo.

P. Roberto M. Cid