VI domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

En este sexto domingo del tiempo ordinario, seguimos leyendo juntos el Sermón de la montaña, llegando a la cuestión de los mandamientos y la vida cristiana.

Existe una relación íntima entre el Decálogo y el Sermón de la montaña. El Señor Jesús explica claramente que la ley de amor y misericordia que El proclama, inaugura y codifica en el Sermón de la montaña de ninguna manera anula las prescripciones de los Diez Mandamientos, sino que los lleva a la perfección. No podría ser de otra manera, pues no se trata de imposiciones arbitrarias sino expresión de la Ley natural escrita en el corazón de todo ser humano, como san Pablo le recordará posteriormente a la comunidad cristiana de Roma.

Aunque los Diez Mandamientos están formulados en forma negativa, No…, son expresión de la libertad de los hijos de Dios, que no es libertad para pecar sino liberación del pecado. Una vez más, san Pablo le explicará a los Gálatas, que es ridículo afirmar que ahora que Cristo nos ha libertado no importa la manera en que vivamos nuestras vidas. De hecho, el pecado destruye nuestra libertad, haciéndonos esclavos de nuestras pasiones y apetitos desordenados.

El Señor no ha venido a abolir la Ley sino a cumplirla, a llevarla a la perfección. La Ley y los Profetas es el nombre que, hasta el día de hoy, los judíos usan para designar lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento, que ellos llaman Tanak, una sigla formada con las primeras letras de las palabras hebreas que significan Torá, Profetas y Escritos. La Torá, por supuesto, son los cinco primeros libros de la Biblia que nosotros, los cristianos, llamamos Pentateuco. La palabra Torá, un sustantivo propio, fue traducida al griego y luego a otros idiomas como “la Ley”, por eso los dichos del Señor que aparecen en el pasaje que se proclama este domingo, deben entenderse como una referencia directa al Antiguo Testamento.

Después, por supuesto, el Señor enunciará algunos mandamientos para ilustrar lo que nos quiere decir cuando habla de cumplimiento y perfección. La ley de amor y misericordia que proclama no se trata solamente de acciones externas, sino de una transformación del corazón del hombre. No se trata solamente de no cometer adulterio, sino también de tener un corazón puro. No se trata solamente de no insultar a nuestros hermanos, sino también de la disposición de nuestro corazón. No se trata solamente de no matar, sino también de amar aún a nuestros enemigos. No se trata solamente de lo que hacemos sino de quienes somos. Los fariseos se preocupan solamente de las acciones exteriores. Los discípulos de Cristo deben obrar de una manera determinada, pero sus acciones deben ser expresión de una actitud profunda del corazón, no solamente observancias externas. Las buenas intenciones nunca pueden hacer que una acción mala se vuelva buena, pero una mala intención puede corromper una acción buena.

Quienes somos se expresa en nuestras acciones, por eso importa lo que hacemos, de ahí la importancia de los Diez Mandamientos, que nos aclaran que es y que no es acorde con la ley natural, el orden de las cosas que la razón humana puede aprehender. En principio, todo ser humano puede discernir que robar o matar está mal, sin embargo vivimos en un mundo en el que nuestro entendimiento y nuestro intelecto están oscurecidos por el pecado. Por eso, Dios nos revela en los Mandamientos cosas evidentes que en principio parecen accesibles a todo ser humano, no solamente los cristianos, porque forman parte del orden de las cosas que podemos descubrir por la aplicación de nuestros poderes intelectuales.

Que toda cultura está necesitada de asistencia para sobreponerse a sus puntos ciegos debería ser relativamente fácil de entender para nosotros, gente del siglo XXI. Nuestra cultura, permeada por la ideología de género, que el Papa Francisco denuncia constantemente, pareciera incapaz de darse cuenta que matar seres humanos inocentes en el vientre está mal y llega hasta el extremo de llamar progreso a ese crimen horrendo y la horrible explotación de la mujer que conlleva, algunos llegan incluso a proclamarlo un “derecho humano”. También hay muchos en nuestro tiempo que parecieran pensar que en el mundo de los negocios y la política, ninguna norma de decencia, honestidad y bondad se aplica, mientras que la trampa, el engaño y la mentira son comportamientos aceptables, cuando obviamente no lo son. Algunos de nuestros contemporáneos piensan que en materia de sexualidad no hay criterios objetivos de moralidad y que el matrimonio es simplemente una institución humana, un contrato que puede disolverse a voluntad. Sin embargo, el Señor en el Sermón de la montaña nos recuerda que existen criterios objetivos de verdad, bondad y belleza que comienzan en el corazón del hombre y se expresan en acciones concretas. Nos dice que seamos veraces en lo que decimos porque nuestras palabras tienen consecuencias y nuestras promesas, como las que se intercambian en el matrimonio, deben ser respetadas.

Vivir el Sermón de la montaña es indudablemente un desafío para todos. Por lo tanto es indispensable que cultivamos las virtudes en nuestro corazón, para que se vuelvan connaturales y podamos actuar siempre y en todo lugar según criterios objetivos de bondad y verdad con la disposición adecuada en el corazón. Cultivar todas las virtudes, practicando tanto las virtudes humanas, las virtudes cardinales como las virtudes teologales nos hace crecer en humanidad, haciéndonos cada vez más humanos al vivir el Sermón de la montaña.

La primera de las virtudes humanas es, por supuesto, la virtud de la prudencia que consiste sencillamente en hacer lo correcto siempre y en todo lugar, por el motivo correcto en el tiempo oportuno. Esta virtud constituye el fundamento de toda otra virtud humana, porque nos permite discernir que está bien y mal y actuar en consecuencia. Por ejemplo, la persona prudente actuará según los dictados de la justicia porque buscará siempre la justicia y aborrecerá la injusticia.

El Sermón de la montaña  y los Diez Mandamientos juntos nos ofrecen una hoja de ruta, instrucciones para crecer en la virtud, evitar el mal y hacer el bien, alcanzando en nuestras vidas la libertad de los hijos de Dios, libres del yugo del pecado y de la muerte, llamados a participar en la vida de Dios para toda la eternidad.

P. Roberto M. Cid