Llamados a la santidad

II domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

La segunda lectura de este domingo, tomada de la primera carta a los Corintios, nos recuerda nuestra vocación más fundamental, estamos llamados a la santidad. Si todo ser humano ha sido creado para la comunión con Dios, esta llamada universal a ser santos es todavía más urgente para los que hemos recibido el don inmerecido del bautismo, los que hemos sido santificados en Cristo.

En el año 2006, el papa emérito Benedicto XVI, en ocasión de la celebración del sacramento del bautismo en la capilla Sixtina, predicó una bella y profunda homilía al respecto.

“En el bautismo cada niño es insertado en una compañía de amigos que no lo abandonará nunca ni en la vida ni en la muerte, porque esta compañía de amigos es la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta compañía de amigos, esta familia de Dios, en la que ahora el niño es insertado, lo acompañará siempre, incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de la vida; le brindará consuelo, fortaleza y luz.

Esta compañía, esta familia, le dará palabras de vida eterna, palabras de luz que responden a los grandes desafíos de la vida y dan una indicación exacta sobre el camino que conviene tomar. Esta compañía brinda al niño consuelo y fortaleza, el amor de Dios incluso en el umbral de la muerte, en el valle oscuro de la muerte. Le dará amistad, le dará vida. Y esta compañía, siempre fiable, no desaparecerá nunca. Ninguno de nosotros sabe lo que sucederá en el mundo, en Europa, en los próximos cincuenta, sesenta o setenta años. Pero de una cosa estamos seguros:  la familia de Dios siempre estará presente y los que pertenecen a esta familia nunca estarán solos, tendrán siempre la amistad segura de Aquel que es la vida.

Esta familia de Dios, esta compañía de amigos es eterna, porque es comunión con Aquel que ha vencido la muerte, que tiene en sus manos las llaves de la vida. Estar en la compañía, en la familia de Dios, significa estar en comunión con Cristo, que es vida y da amor eterno más allá de la muerte…

Sí, el bautismo inserta en la comunión con Cristo y así da vida, la vida. Así hemos interpretado el primer diálogo que hemos tenido aquí, en el umbral de la capilla Sixtina. Ahora, después de la bendición del agua, seguirá un segundo diálogo, de gran importancia. El contenido es este:  el bautismo —como hemos visto— es un don, el don de la vida. Pero un don debe ser acogido, debe ser vivido. Un don de amistad implica un “sí” al amigo e implica un “no” a lo que no es compatible con esta amistad, a lo que es incompatible con la vida de la familia de Dios, con la vida verdadera en Cristo.

Así, en este segundo diálogo, se pronuncian tres “no” y tres “sí”. Se dice “no”, renunciando a las tentaciones, al pecado, al diablo. Esto lo conocemos bien, pero, tal vez precisamente porque hemos escuchado demasiadas veces estas palabras, ya no nos dicen mucho. Entonces debemos profundizar un poco en los contenidos de estos “no”. ¿A qué decimos “no”? Sólo así podemos comprender a qué queremos decir “sí”.

En la Iglesia antigua estos “no” se resumían en una palabra que para los hombres de aquel tiempo era muy comprensible:  se renuncia —así decían— a la “pompa diaboli”, es decir, a la promesa de vida en abundancia, de aquella apariencia de vida que parecía venir del mundo pagano, de sus libertades, de su modo de vivir sólo según lo que agradaba. Por tanto, era un “no” a una cultura de aparente abundancia de vida, pero que en realidad era una “anticultura” de la muerte. Era el “no” a los espectáculos donde la muerte, la crueldad, la violencia se habían transformado en diversión. Pensemos en lo que se realizaba en el Coliseo o aquí, en los jardines de Nerón, donde se quemaba a los hombres como antorchas vivas. La crueldad y la violencia se habían transformado en motivo de diversión, una verdadera perversión de la alegría, del verdadero sentido de la vida. Esta “pompa diaboli”, esta “anticultura” de la muerte era una perversión de la alegría; era amor a la mentira, al fraude; era abuso del cuerpo como mercancía y como comercio.

Y ahora, si reflexionamos, podemos decir que también en nuestro tiempo es necesario decir un “no” a la cultura de la muerte, ampliamente dominante. Una “anticultura” que se manifiesta, por ejemplo, en la droga, en la huida de lo real hacia lo ilusorio, hacia una felicidad falsa que se expresa en la mentira, en el fraude, en la injusticia, en el desprecio del otro, de la solidaridad, de la responsabilidad con respecto a los pobres y los que sufren; que se expresa en una sexualidad que se convierte en pura diversión sin responsabilidad, que se transforma en “cosificación” —por decirlo así— del hombre, al que ya no se considera persona, digno de un amor personal que exige fidelidad, sino que se convierte en mercancía, en un mero objeto. A esta promesa de aparente felicidad, a esta “pompa” de una vida aparente, que en realidad sólo es instrumento de muerte, a esta “anticultura” le decimos “no”, para cultivar la cultura de la vida. Por eso, el “sí” cristiano, desde los tiempos antiguos hasta hoy, es un gran “sí” a la vida. Este es nuestro “sí” a Cristo, el “sí” al vencedor de la muerte y el “sí” a la vida en el tiempo y en la eternidad.

Del mismo modo que en este diálogo bautismal el “no” se articula en tres renuncias, también el “sí” se articula en tres adhesiones:  “sí” al Dios vivo, es decir, a un Dios creador, a una razón creadora que da sentido al cosmos y a nuestra vida; “sí” a Cristo, es decir, a un Dios que no permaneció oculto, sino que tiene un nombre, tiene palabras, tiene cuerpo y sangre; a un Dios concreto que  nos  da  la vida y nos muestra el camino de la vida; “sí” a la comunión de la  Iglesia,  en  la que Cristo es el Dios vivo,  que  entra en nuestro tiempo, en nuestra profesión, en la vida de cada día.”

 

 

Fr. Roberto M. Cid