No es un ave

Domingo de Pentecostés.

Queridos hermanos en Cristo:

Este domingo celebramos la solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos, el evento que marca el comienzo formal de la misión de la Iglesia.

En el calendario litúrgico de la Iglesia, el tiempo pascual termina el domingo de Pentecostés y comienza el tiempo ordinario. A partir del lunes después de Pentecostés, el cirio pascual se traslada junto a la pila bautismal y se encenderá solamente para la celebración del Bautismo o durante funerales.

El Señor Jesús había prometido enviar el Espíritu y efectivamente lo hace. Así como su Ascensión no fue una separación, no se desentendió del mundo al volver al Padre. La venida del Espíritu Santo no es algo que pasó una sola vez en Pentecostés, porque el Espíritu Santo está presente y activo en medio nuestro, dirigiendo la historia universal hacia su consumación en Dios.

De hecho, el Espíritu Santo ha estado activo en el mundo desde el comienzo de la creación. Los primeros versículos de la Escritura hacen referencia al Espíritu de Dios que sobrevolaba las aguas.

Sin embargo, el evento de Pentecostés marca el comienzo de la misión de la Iglesia. Cristo permanece presente en la Iglesia hasta el fin del mundo, pero ahora es el tiempo en que la Iglesia se convierte en su presencia en el mundo, para ser su mano que sana, sus pies que caminan hasta los confines del mundo para anunciar la Buena Noticia de la salvación en Dios. Si podemos seguir anunciando a Cristo y llevándolo al mundo es precisamente por el Espíritu que se ha dado en Pentecostés, el principio vivificante que permanece presente y activo en la Iglesia y a través de ella.

El Espíritu Santo desciende a nosotros para santificarnos y llevarnos a una mayor comunión con Dios y entre nosotros. La acción del Espíritu se puede discernir entre nosotros. Cualquier ejemplo de santidad, todas las cosas buenas que la Iglesia hace, de hecho, la Iglesia es una fuerza para el bien en nuestro mundo convulsionado, es posible por la presencia y la acción del Espíritu Santo animando la historia humana a través de ella.

Los sacramentos, instituidos por Cristo y confiados al cuidado de la Iglesia, son eficaces por la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo y la acción del Espíritu Santo. Son los medios ordinarios de santificación y son antes que nada una acción de Dios.

Por eso, la acción más visible del Espíritu Santo entre nosotros es, por supuesto, la celebración de la Eucaristía. Cada vez que venimos a Misa se opera un milagro frente a nuestros ojos. El pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. La transubstanciación de las especies, el cambio de la sustancia del pan y el vino a la presencia real y sustancial de la humanidad y divinidad de Cristo se realiza por la acción del Espíritu Santo a quien el sacerdote invoca durante la plegaria eucarística. El misal provee varias opciones que el celebrante puede elegir. Estas bellas oraciones son muy elocuentes y claras. Por ejemplo, en la plegaria eucarística II, que es la más breve, encontramos la siguiente invocación: “te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu.” En la plegaria eucarística III rezamos: “Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti.” En la plegaria eucarística de la de la reconciliación II, la Iglesia reza: “Y ahora, celebrando la reconciliación que Cristo nos trajo, te suplicamos: por la efusión de tu Espíritu santifica estos dones.”

El Espíritu también está activo en nuestra propia vida. Nos lleva a una mayor comunión con Dios y entre nosotros derramando su luz en nuestras conciencias con relación al pecado, al juicio y la verdad. El Espíritu de Dios nos ilumina para que caminemos en la verdad y abramos nuestros corazones y nuestras mentes a la gracia que sana nuestra naturaleza y nos sostiene para que podamos elevarnos a la contemplación de Dios y así participar plenamente de su vida y su amor.

Mi profesor de Escritura en el seminario solía decir: “El Espíritu santo no es un ave.” Tampoco es una lengua de fuego. Es el vínculo de amor que existe entre el Padre y el Hijo. Un vínculo tan real que es una persona. Un amor tan radical y apasionado que se lo describe como un fuego que consume. Un amor que está activo desde el comienzo del mundo, a tal punto que viene sobre la Santísima Virgen María para que conciba un salvador para nosotros, convirtiéndose en Madre de Dios. Ella es también Madre de la Iglesia, presencia continuada de Cristo en el mundo cuya misión es posible, fructífera y fecunda a través de los siglos precisamente por la presencia del Espíritu Santo.

P. Roberto M. Cid