XXXII domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

La primera lectura de esta semana, que está tomada del libro de la Sabiduría, relaciona la sabiduría con la prudencia. Tanto la prudencia como la sabiduría aparecen con frecuencia en el lenguaje cotidiano, sin embargo, el significado que tienen en el uso común no es exactamente lo que quieren decir. Cuando la gente habla de prudencia, a menudo quiere decir precaución. Generalmente se relaciona la sabiduría con el nivel de instrucción. Se dice que una persona es sabia si tiene muchos títulos académicos o si se destaca en algún oficio o técnica. Son formas muy superficiales de entender tanto la prudencia como la sabiduría.

Los antiguos filósofos griegos consideraban a la prudencia, que llamaban phronesis, la virtud que constituye la base de todas las otras virtudes humanas, porque le permite a la persona humana hacer lo correcto, en el momento oportuno, por la razón correcta.

La virtud en general es el cimiento de la vida moral y, por supuesto, de la moral cristiana. Uno se vuelva virtuoso practicando las virtudes diariamente hasta el punto que se vuelven connaturales. Mucha gente en nuestro tiempo, por muchas razones, piensa equivocadamente que el amor es un sentimiento, cuando en realidad es una virtud.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos ofrece la siguiente definición: “Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. “El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien. Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos. Disponen todas las potencias del ser humano para armonizarse con el amor divino.”

Así es, uno se convierte en una persona honesta porque practica la honestidad, es casto porque vive castamente, es justo porque practica la justicia y la equidad en todos sus actos, es moderado porque practica la moderación. Todas las virtudes humanas deben practicarse, cultivarse, para que crezcan en nosotros y se vuelvan connaturales. Por supuesto, requieren esfuerzo porque todos estamos heridos por el pecado y crecer en las virtudes es algo difícil. Necesitamos una conciencia bien formada y la fuerza necesaria para hacer lo correcto, aún cuando nuestros apetitos, pasiones y puntos ciegos nos empujen a hacer lo contrario. De ahí la importancia fundamental de la prudencia.

Para nosotros, los cristianos, la prudencia es una de las cuatro virtudes cardinales, junto con la justicia, la fortaleza y la templanza.

El Catecismo explica que “cuatro virtudes desempeñan un papel fundamental. Por eso se las llama “cardinales”; todas las demás se agrupan en torno a ellas. Estas son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. “¿Amas la justicia? Las virtudes son el fruto de sus esfuerzos, pues ella enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza”. Bajo otros nombres, estas virtudes son alabadas en numerosos pasajes de la Escritura.

La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. “El hombre cauto medita sus pasos”. “Sed sensatos y sobrios para daros a la oración”. La prudencia es la “regla recta de la acción”, escribe santo Tomás, siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con el doblez o la disimulación. Es llamada auriga virtutum: conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar.”

La sabiduría es uno de los siete dones del Espíritu Santo junto con los de inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. El Catecismo explica que “pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David. Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben.”

En la primera lectura se destaca el vínculo que existe entre la prudencia y la sabiduría. En efecto, la persona que es prudente es ciertamente sabia. Es capaz de discernir el bien del mal, reconoce lo que es correcto y lo que está mal. Claramente los santos son las personas más prudentes y sabias que hay en la tierra, aunque algunos de ellos no se hayan destacado por sus logros académicos. San Juan Vianney, por ejemplo, no era ciertamente el mejor alumno de su clase en el seminario, sin embargo es el patrono de los párrocos y era un hombre de gran sabiduría, en tal grado que sus escritos siguen inspirando a muchas personas hasta el día de hoy. Santa Teresita es otro ejemplo, es incluso doctora de la Iglesia, sin embargo murió a una edad temprana.

El rey Salomón es un modelo de sabiduría. Todo empezó cuando le pidió al Señor algo muy sencillo, que le concediera un corazón dispuesto a escuchar. Buscar la sabiduría que proviene de Dios al escuchar su palabra y las enseñanzas de su esposa inmaculada, la Iglesia, nos permite crecer en prudencia y en todas las virtudes humanas, que se perfeccionan por el don de la gracia para que podamos elevarnos a la comunión con el Dios vivo y disfrutar de la plenitud de la vida.

P. Roberto M. Cid