V domingo de Pascua.

Queridos hermanos en Cristo:

En la segunda lectura que se proclama este domingo, san Pedro nos recuerda que en virtud el bautismo, somos “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz”.

Todos y cada uno de nosotros tiene una dignidad incomparable a causa de nuestra naturaleza humana. Ya sea que seamos la persona más rica y poderosa del mundo o la más débil, postergada y vulnerable, ya sea que seamos santos o los autores del crimen más aberrante, compartimos nuestra común humanidad creada a imagen y semejanza de Dios. Compartimos nuestra dignidad infinita con todo otro ser humano que haya existido, existe o existirá, simplemente porque somos seres humanos, independientemente de cualquier otra consideración. Compartimos nuestra naturaleza humana con Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Esto es válido para todo ser humano.

Algunos de nosotros hemos recibido sin mérito de nuestra parte el sacramento del Bautismo que nos ha configurado a Cristo de una manera especial y que nos ha hecho templos del Espíritu Santo. Ser bautizados no nos hace mejores que nadie, sino que acarrea una gran responsabilidad, tenemos que ser Cristo para los demás. Compartimos la misión de Cristo sacerdote, profeta y rey. Por eso, san Pedro nos recuerda que hemos sido llamados a la admirable luz de Cristo y, en virtud de nuestro Bautismo, hemos de anunciar sus alabanzas. Todo cristiano debe trabajar con diligencia para la santificación del mundo. Aspiramos a hacer del mundo no solamente un lugar mejor, sino un lugar más santo, porque compartimos el sacerdocio de Jesucristo por el sacerdocio común de los bautizados.

Este sacerdocio común de los bautizados es obviamente diferente del sacramento del Orden Sagrado, el sacerdocio ministerial. No se trata solamente de una cuestión de grado sino de una diferencia esencial. Una de las mejores síntesis de la diferencia entre ambos se encuentra en el prefacio de la Misa crismal. (El prefacio es la parte de la Misa que comienza con un diálogo entre el sacerdote y el pueblo: “El Señor esté con Uds… Levantemos el corazón… Demos gracias al Señor nuestro Dios…”)

“Por la unción del Espíritu Santo constituiste a tu Hijo unigénito Pontífice de la alianza nueva y eterna, y has querido que su sacerdocio único se perpetuara en la Iglesia. Porque Cristo no solo comunica la dignidad del sacerdocio real a todo el pueblo redimido, sino que, con especial predilección y mediante la imposición de las manos, elige a algunos de entre los hermanos y los hace partícipes de su ministerio de salvación, a fin de que renueven en su nombre, el sacrificio redentor, preparen para tus hijos el banquete pascual, fomenten la caridad en tu pueblo santo, lo alimenten con la Palabra, lo fortifiquen con los sacramentos y, consagrando su vida a ti y a la salvación de sus hermanos, se esfuercen por reproducir en sí la imagen de Cristo y te den un constante testimonio de fidelidad y de amor.”

El sacerdote no es simplemente un funcionario de la Iglesia, un administrador, ni siquiera un predicador de la Palabra. Debe conformarse enteramente a Cristo. Por supuesto que eso es imposible para una persona frágil y vulnerable. Solo con la asistencia de la gracia sacramental puede vivir su llamado. Mucha gente, incluso algunos católicos, a veces pierden de vista esto y ven al sacerdocio desde una perspectiva puramente funcional, olvidando que el sacerdote ha de hacer presente en medio nuestro al Reino de Dios. Muchos malentendidos sobre el sacerdocio se deben a esto.

El celibato sacerdotal, por ejemplo, tiene mucho sentido porque el sacerdote está llamado a vaciarse completamente a imitación de Cristo. El celibato no es una cuestión de suprimir la sexualidad, no es tampoco una cuestión práctica para que el sacerdote pueda trabajar más horas o evitar problemas de herencia. Nuestra sexualidad es buena. Como todas las otras dimensiones de nuestra existencia necesita redención, tenemos que cultivar la virtud de la castidad para evitar que se vuelva contra nosotros. El celibato no es un rechazo de la sexualidad o el placer. Es una afirmación de su bondad al tiempo que se reconoce que hay bienes superiores.

Ser sacerdote católico es estar crucificado con Cristo, haciendo presente en medio nuestro la realidad final de nuestra existencia cuando los varones y las mujeres no se casen ni sean dados en matrimonio. Al despojarse de la aspiración más profunda del corazón que para un varón es encontrar una mujer con la que pueda formar una familia, el lugar en el que convergen las inclinaciones naturales de la persona a la bondad, la verdad, la belleza, la auto-preservación y la preservación de la especie, el sacerdote hace una afirmación con toda su persona que aún lo mejor que tiene el mundo para ofrecer no es la realidad última y definitiva de nuestra vida. La comunión con Dios es el fin de nuestra existencia. De eso se trata el celibato sacerdotal. Por supuesto, para que un ser humano frágil, vulnerable y herido pueda vivir esta llamada, esta vocación sublime, es imperativo que se apoye fuertemente en la gracia de Dios que recibió en el momento de su ordenación, de ahí la importancia de la oración en la vida del sacerdote.

Este fin de semana fueron ordenados sacerdotes para la Arquidiócesis de Miami. El viernes, 12 de mayo, se cumplió el décimo aniversario de mi ordenación. Ese día hermoso en que recibí el don incomparable del sacerdocio quedó grabado en mi memoria y ha sido fuente de muchas bendiciones en mi vida, permitiéndome entre otros privilegios ser testigo ocular de la acción de la gracia en este rincón del mundo.

Ser cristiano es estar en una relación amorosa con Alguien que está vivo, haber encontrado a alguien que da una orientación decisiva a la vida. Ser sacerdote es un oficio de amor, es hacer presente a Cristo en el mundo, es vaciarse de uno mismo para convertirse en un vehículo del amor y la misericordia de Dios. ¡Tanto el sacerdocio ordinario de los fieles como el sacerdocio ministerial de los que hemos sido ordenados es una manifestación del amor infinito y apasionado de Dios por nosotros!

P. Roberto M. Cid