Sano desprendimiento

VIII domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

Los profetas del Antiguo Testamento dedicaron mucho tiempo y esfuerzo exhortando al pueblo a abandonar toda forma de idolatría, el culto a dioses falsos como Baal. En esos días era una tentación recurrente, como lo es en nuestro tiempo, especialmente la idolatría de la realidad creada y especialmente la idolatría del dinero.

Según la definición tradicional utilizada en economía, la moneda es un medio de pago, unidad de cuenta y unidad de ahorro. También tiende a oscurecer la realidad. Los economistas hablan de un “velo monetario”, una ilusión que distorsiona la verdadera naturaleza de la transacción, hacienda que la gente llegue a pensar que lo que en realidad es un medio de pago es valioso en sí mismo. Por supuesto, el problema que causa ese fenómeno para la determinación de política económica es más fácil de comprender y mitigar cuando los instrumentos que se utilizan como medio de pago tienen valor intrínseco, tienen valor en sí mismos. En nuestro tiempo de moneda “fiat”, en los que el instrumento no tiene valor intrínseco, sino que es simplemente un pedazo de papel o una unidad de cuenta, constituye un problema mayor porque introduce aún mayores distorsiones en las transacciones, alterando las decisiones de los productores, consumidores y la determinación de política económica.

El dinero no es ni más ni menos que un medio de pago, un instrumento que nos permite sobreponernos a la ausencia de una doble coincidencia de deseos y necesidades. En la sociedad moderna, debido a la especialización y la división del trabajo, no es muy común que lo que yo necesito y otro tiene puede cambiarse por lo que yo puedo ofrecer a cambio. La función del dinero como unidad de ahorro se relaciona con su función primaria, porque los ahorros nos permiten consumir bienes y servicios en el futuro. El ingreso corriente y futuro financia el consumo corriente y futuro.

Este medio de pago que en nuestro tiempo no tiene valor en sí mismo, sino solamente porque todos acordamos que puede ser intercambiado por bienes y servicios por valor del monto impreso en él y porque el gobierno nos obliga a aceptarlo como “curso legal para todas las deudas públicas y privadas”, tiende a tomar vida propia y muchas veces termina esclavizándonos. La severa advertencia del Señor en el fragmento del Sermón de la Montaña proclamado este domingo tiene mucho sentido, incluso desde el punto de vista de la economía. Por supuesto, eso no debe sorprendernos, Jesús es también Señor de la ciencia. En la medida que la ciencia humana es fiel a sí misma y no ideología disfrazada de ciencia, siempre es una búsqueda de la verdad última o una explicación verdadera del universo y la naturaleza según su método y objeto propios y, por lo tanto, compatible e incluso complementaria con la revelación cristiana.

Nuestra actitud hacia el dinero y de hecho hacia toda la realidad creada debe ser un sano desprendimiento. Debemos ser los amos de los bienes a nuestra disposición, nunca sus siervos ni sus esclavos. Por eso, la advertencia y la exhortación del Señor a confiar en la divina providencia y evitar los peligros del dinero y las riquezas, no sea que olvidemos que somos hijos amados de Dios, seres trascendentes llamados a la comunión con El.

El Catecismo de la Iglesia Católica explica en los siguientes términos que es la providencia:

Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección: «Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, “alcanzando con fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiéndolo todo suavemente”

El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia.

Así vemos al Espíritu Santo, autor principal de la sagrada Escritura, atribuir con frecuencia a Dios acciones sin mencionar causas segundas. Esto no es “una manera de hablar” primitiva, sino un modo profundo de recordar la primacía de Dios y su señorío absoluto sobre la historia y el mundo y de educar así para la confianza en Él. La oración de los salmos es la gran escuela de esta confianza…

Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio.

Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de “someter” la tierra y dominarla. Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por sus acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos. Entonces llegan a ser plenamente “colaboradores […] de Dios” y de su Reino.

Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas: “Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece”. Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza. Sacada de la nada por el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen, porque “sin el Creador la criatura se diluye”; menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia.

El Sermón de la Montaña no solo nos ofrece un mapa hacia la felicidad, nos invita a un abandono filial en la providencia del Padre celestial y a cooperar activamente con ella, evitando cualquier forma de idolatría, cultivando un sano desprendimiento de los bienes materiales para evitar que se conviertan en amos nuestros. Hemos de comprometernos y aplicar todos los medios a nuestra disposición para buscar y construir el Reino de Dios que ya está presente entre nosotros, pero aún no se manifiesta en plenitud.

P. Roberto M. Cid