Un recordatorio oportuno

XX domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

En la primera lectura de este domingo escuchamos al Señor que nos dice por boca del profeta Isaías: “Velad por la equidad y practicad la justicia, que mi salvación está para llegar y mi justicia para manifestarse. En cuanto a los extranjeros adheridos al Señor para su ministerio, para amar el nombre del Señor, y para ser sus siervos, a todo aquel que guarda el sábado sin profanarle y a los que se mantienen firmes en mi alianza, yo les traeré a mi monte santo y les alegraré en mi Casa de oración. Sus holocaustos y sacrificios serán gratos sobre mi altar. Porque mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos.”

Nos viene muy bien escuchar este oráculo del Señor en estos días en los que hemos sido testigos de hechos terroristas, manifestaciones de racismo, amenazas de guerra y múltiples actos violentos.

Vivimos tiempos muy convulsionados en los que muchos parecieran olvidar que todos somos hermanos y que compartimos nuestra común naturaleza humana con todo ser humano que existe, existió o existirá, independientemente de cualquier otra consideración.

Así es, toda persona, por el solo hecho de existir comparte con cada uno de nosotros nuestra humanidad. Este dato de la realidad es para nosotros los cristianos aún más relevante porque además de compartirla con nosotros, la comparte con Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Por lo tanto, en todo ser humano reconocemos nuestra humanidad que es la de Cristo. Eso significa que más allá de cualquier diferencia existe un vínculo muy profundo que nos une a todos. Como explica san Pablo en la carta a los Gálatas, toda diferencia que pudiera existir entre los hombres ha sido superada por nuestra comunión en Cristo. Ya no hay más judíos o gentiles, sino que somos uno en Cristo. La primera lectura de esto domingo destaca esa comunión universal.

El Señor asume esa naturaleza que es común a todos simplemente por el hecho de existir. Nuestra condición humana no está determinada por ningún atributo nuestro ni mucho menos por ninguna consideración externa. Ni las cualidades morales de la persona, ni su aspecto, ni sus habilidades, ni su condición física, ni su origen, ni su religión, ni mucho menos el rol que pudiera ocupar en la sociedad altera el hecho que todo ser humano es mi hermano porque comparte conmigo la misma naturaleza humana asumida por Cristo, incluso aquellos que pudieran ser mis enemigos, mis adversarios, mis competidores o me desean el mal.

La última encíclica del santo Papa Juan XXIII, Pacem in Terris, Paz en la tierra, escrita durante los momentos más calientes de la “guerra fría” nos recuerda que “el hecho de pertenecer como ciudadano a una determinada comunidad política no impide en modo alguno ser miembro de la familia humana y ciudadano de la sociedad y convivencia universal, común a todos los hombres.”

Es indudable que vivimos tiempos muy convulsionados en los que es relativamente fácil olvidar esto y considerar al otro, especialmente si es diferente, como una amenaza. En varias oportunidades, el Papa Francisco ha dicho que en estos tiempos se está desarrollando una Tercera Guerra Mundial a pedazos. Como sabemos el Papa Pio XII, fue elegido en marzo de 1939, apenas unos meses antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Su primera encíclica Summi Pontificatus, publicada en octubre de ese año, apenas un mes y medio después del inicio de la guerra con la invasión nazi de Polonia, denuncia el racismo, el belicismo y muchos otros males que lamentablemente todavía perduran en el siglo XXI. Frente a la tentación a recurrir a la violencia para erradicar estos males, el Papa afirmaba proféticamente:

“La salvación de los pueblos, venerables hermanos, no nace de los medios externos, no nace de la espada, que puede imponer condiciones de paz, pero no puede crear la paz. Las energías que han de renovar la faz de la tierra tienen que proceder del interior de las almas. El orden nuevo del mundo que regirá la vida nacional y dirigirá las relaciones internacionales —cuando cesen las crueles atrocidades de esta guerra sin precedentes—, no deberá en adelante apoyarse sobre la movediza e incierta arena de normas efímeras, inventadas por el arbitrio de un egoísmo utilitario, colectivo o individual, sino que deberá levantarse sobre el inconcluso y firme fundamento del derecho natural y de la revelación divina. Es aquí donde debe buscar el legislador el espíritu de equilibrio y la conciencia de su responsabilidad, sin los cuales fácilmente se desconocen los límites exactos que separan el uso legítimo del uso ilegítimo del poder. Únicamente así tendrán sus determinaciones consistencia interna, noble dignidad y sanción religiosa, y no servir meramente para satisfacer las exigencias del egoísmo y de las pasiones humanas. Porque, si bien es verdad que los males que aquejan actualmente a la humanidad provienen de una perturbada y desequilibrada economía y de la enconada lucha por una más equitativa distribución de los bienes que Dios ha concedido a los hombres para el sustento y progreso de éstos, sin embargo, es un hecho evidente que la raíz de estos males es más profunda, pues toca a la creencia religiosa y a los principios normativos del orden moral, corrompidos y destruidos por haberse separado progresivamente los pueblos de la moral verdadera, de la unidad de la fe y de la enseñanza cristiana que en otro tiempo procuró y logró con su infatigable y benéfica labor la Iglesia. La reeducación de la humanidad, si quiere ser efectiva, ha de quedar saturada de un espíritu principalmente religioso; ha de partir de Cristo como fundamento indispensable, ha de tener como ejecutor eficaz una íntegra justicia y como corona la caridad.”

La paz es la tranquilidad en el orden, decía santo Tomás de Aquino. Construimos la paz cuando abrimos el corazón al amor de Dios que sana nuestras heridas y trabajamos para que nuestra vida social y ordenamiento jurídico vela por la equidad y practica la justicia según el orden natural presente en las cosas, accesible a la razón con la ayuda de la gracia.

P. Roberto M. Cid