Verdaderamente

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor.

Queridos hermanos en Cristo:

La celebración de la Misa en el Domingo de Ramos comienza con la proclamación de relato evangélico de la entrada de Jesús en Jerusalén. Como bien sabemos el Evangelio que se proclama durante la Liturgia de la Palabra es la Pasión del Señor que también se proclamará el Viernes Santo.

Todos los años leemos la Pasión según san Juan el Viernes Santo, pero el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor escuchamos el relato de la Pasión según el evangelista cuyo Evangelio estamos leyendo durante ese año. Como este año litúrgico estamos leyendo el Evangelio según san Marcos, este domingo escuchamos la Pasión según san Marcos.

Hay dos personas que aparecen en el relato de san Marcos que este año me han llamado la atención de manera especial. Uno de ellos es el hombre joven que está siguiendo a Jesús en el momento que lo van llevando para comparecer frente a las autoridades. San Marcos es el único evangelista que lo menciona, sin embargo. pero no dice mucho. No sabemos de quién se trata. San Marcos no ofrece mucha información sobre él aparte del dato que era joven que seguía al Señor cuando fue arrestado, que llevaba una prenda de hilo y que cuando lo arrestaron se las arregló para desprenderse de su ropa, escapando desnudo.

El otro personaje es el centurión quien al ver al Señor morir en la cruz exclama: “¡Verdaderamente, este hombre era hijo de Dios!”

Cabe preguntarse si el oficial romano está haciendo una profesión de fe o sencillamente expresando admiración por la fortaleza y el coraje de Jesús, la forma en que soporta pacientemente una muerte horrible sin proferir ninguna amenaza sino encomendándose al Padre misericordioso, perdonando incluso a quienes lo hacen sufrir de una manera espantosa.

Este centurión es uno entre muchos personajes en el Evangelio según san Marcos que, aunque parecieran ser la persona menos adecuada para reconocerlo, son quienes manifiestan públicamente que es el Señor. De hecho, una de las características de este Evangelio es que quienes parecieran a priori los menos indicados para reconocerlo son quienes de hecho lo hacen.

El centurión puede haber sido un confesor desprevenido de la fe que sencillamente reaccionaba con admiración por este hombre a causa de la manera en que murió. No obstante, afirma la verdad más profunda sobre este hombre cuya muerte acaba de presenciar.

Jesús es el hijo de Dios, el Dios Hijo, la segunda persona de la Santísima Trinidad que se encarnó de la Virgen María por obra del Espíritu Santo.

En última instancia los cristianos seguimos a un hombre, creemos en un ser humano. Ahora bien, el hombre Jesús, a quien seguimos no es una persona cualquiera. Ocurre que él es Dios que se ha hecho hombre por amor a sus criaturas.

La mismísima acusación de blasfemia que se le hace es justamente por afirmar que es Dios.

Durante las Misas diarias de la semana pasada hemos oído pasajes, como por ejemplo, el capítulo 8 del Evangelio según san Juan, en los que incluso se apropia del nombre divino revelado por Dios a Moisés en el monte Sinaí.

Estas afirmaciones no significarían nada, sin embargo, sin el misterio pascual. Por lo tanto, el centurión afirma lo que la Iglesia proclamará a través de los siglos y lo que nosotros creemos.

¡Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre!

Como es Dios, nos redime por su Pasión y muerte, habla con autoridad y hace exigencias absolutas sobre nuestras vidas. Como es hombre en plenitud nos muestra con su vida para que hemos sido creados y como hemos de vivir nuestra naturaleza humana.

Todo su ministerio público es una revelación progresiva de su naturaleza. Todo lo que hace se ordena al cumplimiento de su misión que lleva, por supuesto, a su Pasión, Muerte y Resurrección, el misterio pascual, el evento central en la vida de Jesús y en la historia del universo.

Desde un punto de vista puramente humano, es asombroso que este hombre pueda soportar todo ese sufrimiento con resignación, sin amenazar o insultar sino expresando en todo momento amor, compasión y perdón por aquellos que lo están haciendo pasar por ese calvario.

La contemplación de un acto heroico, como la Pasión, no puede dejar de conmovernos. Nos desafía y exige una respuesta de cada uno de nosotros, como el centurión, quien frente a un comportamiento tan heroico no puede dejar de exclamar que hay algo único en este hombre.

Naturalmente, lo que es único en Él es el hecho que es verdaderamente Hijo de Dios. Es Dios Hijo que abraza nuestra humanidad y se solidariza con nosotros hasta la muerte para redimirnos, rescatarnos del poder del pecado y de la muerte para que, adorándolo a Él, confesándolo, siguiéndolo y viviendo como Él vivió, aún en medio del sufrimiento como también Él lo padeció, podamos llegar a compartir su amor y su vida misma cada día de nuestra vida y para toda la eternidad.

P. Roberto M. Cid