Vulnerables

XXIV domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

Esta semana se vio dominada por la llegada del huracán Irma. A pesar de que la trayectoria hacia el oeste determinó que éste siguiera hacia los cayos e impactara el sudoeste de la Florida, evitándonos lo peor, todos hemos sufrido sus efectos.

Nuestra parroquia sufrió daños al vitral de la Medalla Milagrosa en el muro norte de la iglesia, algunas cercas, algún daño causado por el agua, árboles caídos y techos afectados. Nos quedamos sin suministro eléctrico. Todos nosotros, ya sea que estuviéramos en casa, lejos del hogar o en la parroquia, pasamos la mayor parte de la semana tratado de recuperarnos y retomar un poco de normalidad en nuestras vidas.

En san Patricio pudimos reabrir con el horario habitual de Misas el mismo día lunes pasado y, si Dios quiere, la oficina parroquial, la escuela y el prescolar reabrirán sus puertas el lunes 18 de septiembre en sus horarios habituales. Gracias a la dedicación de nuestro personal de mantenimiento y la asistencia de contratistas pudimos avanzar significativamente en nuestros esfuerzos de recuperación.

Estos poderosos fenómenos naturales, como Irma, nos recuerdan la vulnerabilidad y fragilidad de nuestra naturaleza humana, un hecho que nosotros, gente del siglo veintiuno tenemos la tendencia a olvidar tal vez a causa del deslumbramiento que provocan los muchos y asombrosos logros a nivel individual y colectivo de nuestra época que a menudo nos llevan a un falso sentido de invulnerabilidad y auto-suficiencia.

Nuestra civilización tecnológica con sus múltiples hazañas y proezas no puede deshacer la naturaleza humana que es esencialmente frágil y vulnerable. Los seres humanos somos contingentes, la existencia del universo no depende de nosotros, ni somos el centro del universo. Nuestra cultura contemporánea, sin embargo, promueve un falso sentido de auto-suficiencia, invulnerabilidad y un individualismo extremo que llevan en última instancia a un rechazo de la naturaleza humana presente en nosotros y en el otro. Muchos de nuestros contemporáneos piensan equivocadamente que pueden auto-definirse radicalmente sin ninguna referencia a una naturaleza humana que los trasciende y que nos une a todos con un vínculo imposible de deshacer.

Eventos como Irma ponen de manifiesto que, como lo señala el Papa Francisco en su encíclica sobre el cuidado de nuestra casa común, nuestra común naturaleza humana se nos da como don, pero también nos impone ciertos límites. Nuestra existencia es frágil. Todos somos seres contingentes, vulnerables que se encuentran literalmente a un latido de corazón de la eternidad. La muerte es una compañera constante en nuestro camino. En cualquier momento podemos quedar cara a cara con ella. A cada paso del camino de la vida enfrentamos innumerables peligros y amenazas. Frente a esta realidad, algunos viven con miedo, otros experimentan una especie de rebelión contra la naturaleza humana.

Nosotros, los cristianos, no vivimos con miedo ni tampoco rechazamos nuestra condición de creaturas, sino que abrazamos nuestra humanidad con toda su grandeza, con sus limitaciones y sus miserias, porque sabemos que esta frágil condición ha sido abrazada también por Dios, quien al hacerlo nos ha fortalecido con su poder. Al abrazar nuestra pobreza, el Señor nos ha enriquecido con su divinidad.

Las palabras de san Pablo en la segunda lectura tomada de la carta a los Romanos son consoladoras y perturbadoras a la vez. “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor; porque ya sea que vivamos o muramos, somos del Señor.”

Es cierto que somos seres contingentes, pero todos y cada uno de nosotros ha sido deseado por Dios por nosotros mismos. Nuestra vida está constantemente asediada por la incertidumbre y poderes que no controlamos, pero la providencia divina ordena todos los eventos de nuestra vida para nuestro bien. La muerte no es el fin de nuestro camino, la aniquilación de nuestra existencia, sino el umbral a la posibilidad de la comunión perfecta con Dios para toda la eternidad. En efecto, ya sea que vivamos o muramos le pertenecemos a Cristo que ha venido para que tengamos vida en abundancia. Así es, en la vida y en la muerte somos del Señor.

El amor de Dios nos mantiene en existencia. Ningún poder de la tierra, ningún viento por más fuerte que sea, tormenta o marejada puede separarnos del amor de Dios. En cambio, el pecado si lo puede hacer. Nuestras acciones deliberadas contra la naturaleza humana presente en nosotros y en los otros, nuestro rechazo del amor de Dios es la peor catástrofe que puede sobrevenirnos.

Frente a fenómenos naturales como Irma, es importante prepararse, buscar refugio, protegerse del viento y huir del agua. Durante la preparación para la llegada de Irma, las autoridades nos recordaban constantemente que tienen el poder de ayudarnos a reconstruir nuestras propiedades, pero no tienen ningún poder para devolvernos la vida. El Señor Jesús, en cambio, ha abrazado nuestra humanidad precisamente para que podamos participar de su vida divina y para que estemos unidos con él aquí y ahora en medio de las incertidumbres de la vida ordinaria y para toda la eternidad.

P. Roberto M. Cid