Adviento permanente

I domingo de adviento.

Queridos hermanos en Cristo:

El primer domingo de adviento marca el comienzo del año litúrgico. Este tiempo fuerte tiene el objeto de ayudar a prepararnos para la celebración de la Navidad, pero también nos recuerda el carácter provisional de nuestra existencia y alimenta la expectativa de la segunda venida de Cristo en gloria y majestad al final de los tiempos. El tono apocalíptico de las lecturas de esta semana destaca este último significado del adviento. A medida que nos acerquemos al día de Navidad, el énfasis dejará de ser el fin de los tiempos y nos concentraremos progresivamente en los personajes y eventos de aquel día glorioso en que nuestro Salvador nació para morir en la cruz y así liberarnos del pecado y de la muerte.

El tono apocalíptico de las lecturas de esta semana es un claro recordatorio que toda nuestra vida es una especie de adviento permanente. Vivimos en espera de Cristo que viene a nosotros. Viene diariamente en la Eucaristía y en aquellos que encontramos en nuestro camino. También sabemos que tendremos un encuentro definitivo con Cristo al final de los tiempos o al término de nuestra peregrinación terrena, lo que ocurra primero.

La exhortación en el Evangelio que se proclama este domingo a estar alerta es precisamente una invitación a contemplar el horizonte de nuestra existencia, a darnos cuenta que hemos sido creados para la eternidad, que la vida eterna es para lo que hemos sido creados y todo en esta visa es pasajero y eventualmente acabará. Este despertar a la realidad no nos amedrenta, sino que nos llena de esperanza. La resurrección de Cristo ha transformado la realidad. Lo que esperamos al final de los tiempos ya está presente entre nosotros aunque todavía no se haya manifestado en plenitud

La contemplación de nuestra fragilidad, temporalidad y aún de nuestra mortalidad no debe volverse un ejercicio morboso, lleno de miedo paralizante sino una oportunidad para abrir nuestros corazones, nuestras mentes, nuestro intelecto al poder salvador de Dios , su amor, su gracia que se derrama abundantemente sobre nosotros. No se nos invita a esperar pasivamente sino a estar alerta, a trabajar con diligencia por la venida del Reino, a dedicarnos completamente, con todo nuestro ser a la promoción del Reino de Dios.

El padre Alfred Delp, un jesuita alemán que fue acusado de conspirar contra Hitler, sentenciado a muerte y ejecutado, entendió esto muy bien. Sus sermones de adviento, de los que ofrezco un fragmento, son una joya y adquieren mayor relevancia a causa de su vida y su muerte, también por haber sido predicados en un momento de grandes tinieblas en su país y en el mundo entero.

“A pesar de los tiempos oscuros, teniendo certeza sobre la vida y fe, hemos preparado una corona de adviento, aunque nadie sepa cuanto tiempo estará, ni siquiera si prenderemos todas las velas. El curso del año litúrgico continua y también el mensaje, y seguimos haciendo las cosas – no por un sentido de costumbre y tradición. Viene de la certeza sobre las cosas, la humanidad y la revelación- cosas que permanecen y que son válidas en sí mismas. Ellas le dan a la humanidad el derecho a encender velas y a creer en la luz y el brillo de la existencia. ¡No se trata de algo para eliminar la oscuridad! La oscuridad debe ser atravesada y soportada. Sin embargo, es precisamente por esa razón que las luces de adviento brillan desde dentro en la medida en que dejamos que nos guíen hacia la intuición que el hombre no está sometido a la ley del encarcelamiento, la esclavitud y las amenazas…

Aún así, nuestra espera no es el fin. En el Evangelio de hoy sobre el fin del mundo leemos: “muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas.” Hay algo de miedo expectante cuando las cosas empiezan a temblar, cuando se ve siente que la vida es amenazadora. Sin embargo, es simplemente aburguesado esperar que el cielo se aclare. La experiencia de la espera continuará siendo malentendida a menos que uno se dé cuenta que hemos de aprender de ella. El hombre no puede fijarse demasiado en sí mismo, dentro del ámbito de su propia vida, afirmándose a sí mismo hasta que se lo saque. Entenderemos equivocadamente esta espera si olvidamos que el significado profundo de la vida es estar vigilantes…

Esta ha de ser nuestra primera luz de adviento: entender todo, todo lo que nos pasa, todo lo que nos amenaza, desde la perspectiva del carácter de espera de nuestras vidas. Hemos de recibir la bendición y aquello que no es bendición en nuestra espera porque estamos en camino. La característica de la vida es seguir caminando, seguir mirando, y seguir padeciendo hasta que el corazón vigilante del hombre y el corazón de Dios que viene a nosotros se hayan encontrado.”

P. Roberto M. Cid