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Artesanos de la paz

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XXIV domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

Esta semana hemos recordado un nuevo aniversario de los trágicos sucesos del 11 de septiembre del 2001. En aquel momento, san Juan Pablo II envió el siguiente mensaje:

“Confío que en este tiempo de prueba para todos los americanos encontrarán en su fe y religión una fuente renovada y el impulso para una determinación cada vez mayor para rechazar los caminos del odio y la violencia.

A quienes han sido afectos por esta enorme tragedia quiero mostrarles la luz del Evangelio y rezo para que movidos por el Espíritu Santo alcancen una unión cada vez más profunda con el Señor Jesucristo en el misterio de su cruz y resurrección. A todos repito la instrucción solemne del Evangelio que nos exhorta a no dejar que el mal nos conquiste, sino más bien a conquistar el mal con el bien, a confiar en el poder de la gracia de Dios para transformar los corazones de los hombres y a trabajar sin temor para forjar un futuro de justicia, paz y seguridad para los niños de nuestro mundo… Cordialmente invoco los dones divinos de sabiduría, fortaleza y perseverancia en el bien. A todos los fieles imparto cordialmente mi bendición apostólica como prenda de consuelo y paz en el Señor.”

Con tristeza vemos que los Estados Unidos han estado en guerra desde aquel trágico día. Como dijera en reiteradas oportunidades el Papa Francisco, estamos asistiendo al desarrollo de una guerra mundial en partes. Ya en el 2003 san Juan Pablo II había advertido severamente contra la guerra. Lamentablemente, su voz profética no se escuchó y vemos la devastación, el sufrimiento y la muerte que nos rodea.

Como probablemente hayan visto en el sitio de la parroquia, nuestro club de lectura está leyendo “Yo seré la última: Historia de mi cautiverio y mi lucha contra el Estado Islámico,” escrito por la ganadora del Premio Nobel de la paz, Nadia Murad. Lo mencionó el Papa Francisco durante una entrevista. Señaló que él lo había leído porque se lo regaló la autora cuando lo visitó y que leerlo lo ayuda a uno a comprender los estragos de la guerra y el sufrimiento de aquellos que son víctimas del tráfico de personas, por eso lo leemos. Es una historia que desgarra el corazón y verdaderamente muestra los estragos de la guerra. Frente a tanto sufrimiento es imposible permanecer indiferente.

Sin embargo, los cristianos siempre esperamos que la razón iluminada por la gracia prevalezca y que los pueblos busquen el camino del diálogo. Sabemos que la conversión personal, como la del hijo pródigo, es necesario para convertirnos en artesanos de la paz en nuestros hogares, nuestras comunidades, nuestra nación y el mundo entero.

Las palabras de san Juan Pablo II el miércoles de ceniza del 2003 cuando había rumores de guerra que nos llamaban al ayuno y el arrepentimiento son tan válidas hoy como en aquel momento:

“La liturgia dirige a todos los fieles una fuerte invitación a la conversión con las palabras del apóstol san Pablo:  “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”…

El ayuno tiene un gran valor en la vida de los cristianos; es una exigencia del espíritu para mejorar su relación con Dios. En efecto, los aspectos exteriores del ayuno, con ser importantes, no son lo principal. Es preciso ponerlos en práctica con un deseo sincero de purificación interior, de disponibilidad a cumplir la voluntad de Dios y de solícita solidaridad con los hermanos, especialmente con los más pobres.

Existe un vínculo muy estrecho entre el ayuno y la oración. Orar es ponerse a la escucha de Dios y el ayuno favorece esta apertura del corazón.

No podemos por menos de tener en cuenta el actual marco internacional, sobre el que se ciernen amenazadoras tensiones de guerra. Es necesario que todos asuman conscientemente su responsabilidad y se esfuercen por evitar a la humanidad otro dramático conflicto… Debemos pedir a Dios, ante todo, la conversión del corazón, en el que tiene sus raíces toda forma de mal y todo impulso hacia el pecado; debemos orar y ayunar por la convivencia pacífica entre los pueblos y las naciones…

Hemos escuchado las estimulantes palabras del profeta:  “No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra”. Y también:  “Forjarán de sus espadas arados; de las lanzas, podaderas”. Por encima de las vicisitudes de la historia está la presencia soberana de Dios, que juzga las decisiones de los hombres. A él, “árbitro de las naciones” y “juez de pueblos numerosos”, dirigimos nuestro corazón para implorar un futuro de justicia y paz para todos. Este pensamiento nos debe estimular a cada uno a proseguir sin cesar nuestra oración y nuestro compromiso por construir un mundo donde, en vez del egoísmo, reinen la solidaridad y el amor…

Los cristianos, como levadura, están llamados a vivir y difundir un estilo de gratuidad en todos los ámbitos de la vida, promoviendo así el auténtico desarrollo moral y civil de la sociedad.”

Tenemos que rezar y pedirle al Señor la gracia de convertirnos en constructores de paz, para ser llamados hijos de Dios, como verdaderamente lo somos.

P. Roberto M. Cid