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Alegres en el Señor

IV domingo de Cuaresma

Queridos hermanos en Cristo:

Seguimos discurriendo esta Cuaresma marcada por la pandemia del coronavirus. Este cuarto domingo es Laetare, domingo de alegría. Aún en medio del tiempo penitencial, la Iglesia nos recuerda que no debemos perder la alegría, por eso el sacerdote tiene la opción de ponerse ornamentos rosados.

Los cristianos sabemos que, como nos dice san Pablo en la carta a los Romanos, nada puede separarnos del amor de Cristo. Por lo tanto, aún frente a las dificultades podemos permanecer alegres en el Señor. En medio de la penitencia se nos invita a la alegría. La pandemia altera la vida cotidiana, nos impide acercarnos con la frecuencia que deseamos al sacramento de la Eucaristía, pero no puede separarnos del amor de Dios.

Este tiempo de dificultad puede ser también un tiempo de gracia para nosotros si lo vivimos en comunión con el Señor. Pensemos en los cristianos perseguidos que no tienen acceso a los sacramentos. Los católicos japoneses, por ejemplo, no pudieron recibir la Eucaristía durante siglos porque no había sacerdotes. La gran persecución que se desató en la época de san Pablo Miki y la prohibición de ingreso de sacerdotes extranjeros no impidieron que vivieran y transmitieran la fe a sus descendientes. Cuando el gobierno finalmente autorizó la entrada de misioneros en el siglo XIX, el padre Petitjean, se sorprendió al encontrar comunidades cristianas. En nuestro tiempo hay países como China donde asistir a Misa un domingo cualquiera es sumamente difícil. En Yemen, un país devastado por la Guerra, no hay sacerdotes, no hay Misa. Sin embargo, a pesar del martirio hace algunos años de algunas Misioneras de la Caridad, la congregación fundada por Sta. Teresa de Calcuta continúa presente allí dando testimonio del Evangelio. Aún sin la pandemia, hay lugares como la remota isla de Tristán da Cunha u otros lugares donde la persecución religiosa, el ambiente natural, la escasez de sacerdotes, la intolerancia religiosa o la guerra hacen muy difícil recibir los sacramentos. No obstante, hay católicos en esos lugares que se mantienen fieles a Cristo, al Evangelio y a la Iglesia. Como decía santo Tomás Moro, los tiempos nunca serán tan malos que no se pueda ser santo.

Estamos experimentando dificultades transitorias. Si Dios quiere, pronto pasarán y la vida tomará su curso normal. Estas dificultades son una oportunidad para comprometernos más con el Evangelio, dedicando mayor tiempo a la oración y a las prácticas de caridad en todas sus formas. No solamente debemos cuidarnos del coronavirus y cuidar a otros, especialmente los más vulnerables, también tenemos que estar atentos para que no se nos endurezca el corazón.  Las otras personas no son una amenaza para mi salud, son mis hermanos. Sin perjuicio de las precauciones necesarias, la distancia social y otras recomendaciones de las autoridades sanitarias hemos de reconocernos como hermanos siempre y en todo lugar.

Este es el momento de “cuidar nuestra fragilidad”, para utilizar una expresión frecuente del Papa Francisco. Ese cuidado de nuestra fragilidad no se limita solo a la prevención del contagio de coronavirus, algo ciertamente muy necesario, sino que exige una profunda solidaridad entre todos nosotros, especialmente de parte de los discípulos de Cristo. Como decía el Papa Benedicto, para que se nos escuche, al mismo tiempo debemos demostrar con nuestro ejemplo, con nuestro estilo de vida, que estamos hablando de un mensaje en el que nosotros mismos creemos, y según el cual se puede vivir.

Tanto las lecturas diarias como las dominicales de la Cuaresma nos ofrecen intuiciones muy útiles en estos tiempos de cuarentena. Este domingo, por ejemplo, rezamos el salmo 23. Se trata de uno de los pasajes más populares de toda la Sagrada Escritura. Estoy convencido que si le preguntáramos a alguien al azar si conoce algún pasaje de la Biblia de memoria, nos respondería: “El Señor es mi pastor nada me falta.”

Este salmo tan popular y tan hermoso, nos inspira confianza en el Señor, que no solamente está a nuestro lado, sino que nos guía en el camino, por eso podemos decir con el salmista: “aunque cruce por oscuras quebradas no temo porque tu vara y tu cayado están conmigo.”

El Evangelio de este domingo también nos ofrece gran consuelo. El coronavirus no es un castigo del Señor, como no era la ceguera del hombre curado por Jesús, sino una oportunidad para que se manifieste la gloria del Padre, la radicalidad de su amor, su solidaridad en el sufrimiento, el poder de la gracia que mueve nuestros corazones para que obremos el bien.

Como dice el Señor en el mismo pasaje del Evangelio, trabajemos mientras es de día en las obras del Padre, recordando que aún si llegara la noche, Jesús está presente entre nosotros y Él es la luz del mundo.

Fr. Roberto M. Cid