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Amar a Dios

III domingo de Pascua

Queridos hermanos en Cristo:

El pasaje del Evangelio que se proclama este domingo nos presenta la triple confesión de Pedro en el amor. En tres oportunidades el Señor le pregunta: ¿Me amas? Y en tres oportunidades éste responde afirmativamente. Es lógico asociar esta triple pregunta a la triple negación de Pedro en el momento de la Pasión. También es un momento pedagógico. El Señor le recuerda a él y a nosotros que el amor a Dios tiene consecuencias prácticas para nuestra vida de relación con los hermanos.

El amor verdadero siempre se encarna, siempre es existencial e involucra a la totalidad de nuestra humanidad. El amor a Dios, además, se expresa en el servicio a los hermanos en quienes reconocemos la humanidad de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Por eso, vivir en el amor de Dios implica necesariamente la práctica de obras de misericordia, el servicio en la caridad, la verdad y la justicia. El amor de Dios se nutre y se expresa en nuestra relación con El, en el culto y la oración y también en nuestra relación con sus creaturas, especialmente con aquellos que han sido creados a su imagen y semejanza.

El amor a Dios, nos mueve a amar a todos los hombres. La caridad cristiana es, por eso, muy diferente del humanismo. Para poder vivir en el amor de Dios, hay que amar a los hermanos y para poder amar hay que estar unido a Cristo. Si queremos transformar el mundo, para que el amor de Dios se manifieste a todos los hombres, es indispensable que profundicemos nuestra familiaridad con Cristo, especialmente en la oración.

Como explicaba Benedicto XVI, “sin Dios el hombre no sabe adonde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: «Sin mí no podéis hacer nada». Y nos anima: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo». Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por la justicia. Pablo VI nos ha recordado en la Populorum progressio que el hombre no es capaz de gobernar por sí mismo su propio progreso, porque él solo no puede fundar un verdadero humanismo. Sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y verdadero. Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano, que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo, que olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los valores humanos, se presentan hoy como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano. Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil —en el ámbito de las estructuras, las instituciones, la cultura y el ethos—, protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del momento. La conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades humanas. El amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros, las autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que anhelamos. Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande.

El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, del que procede el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don. Por ello, también en los momentos más difíciles y complejos, además de actuar con sensatez, hemos de volvernos ante todo a su amor. El desarrollo conlleva atención a la vida espiritual, tener en cuenta seriamente la experiencia de fe en Dios, de fraternidad espiritual en Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia divina, de amor y perdón, de renuncia a uno mismo, de acogida del prójimo, de justicia y de paz. Todo esto es indispensable para transformar los «corazones de piedra» en «corazones de carne», y hacer así la vida terrena más «divina» y por tanto más digna del hombre. Todo esto es del hombre, porque el hombre es sujeto de su existencia; y a la vez es de Dios, porque Dios es el principio y el fin de todo lo que tiene valor y nos redime: «el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios». El anhelo del cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como «Padre nuestro». Que junto al Hijo unigénito, todos los hombres puedan aprender a rezar al Padre y a suplicarle con las palabras que el mismo Jesús nos ha enseñado, que sepamos santificarlo viviendo según su voluntad, y tengamos también el pan necesario de cada día, comprensión y generosidad con los que nos ofenden, que no se nos someta excesivamente a las pruebas y se nos libre del mal.”

¡El anhelo cristiano es que todos podamos experimentar y vivir en el amor que nosotros hemos encontrado, amor encarnado, amor victorioso sobre el pecado y la muerte, Jesucristo nuestro Señor!

Fr. Roberto M. Cid