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Anunciación y anunciaciones

IV domingo de Adviento

Queridos hermanos en Cristo:

El fragmento del Evangelio según san Mateo para este cuarto domingo de Adviento nos presenta la anunciación a san José.

Cuando oímos la palabra anunciación, inmediatamente pensamos en la Anunciación del ángel Gabriel a la Virgen María que nos relata san Lucas. Un evento que la hermosa tradición la Iglesia del rezo del Ángelus nos invita a tener siempre presente. Esta oración que rezamos tres veces al día: a la mañana, al mediodía y al atardecer, nos recuerda el misterio de la Encarnación de la Palabra Eterna de Dios. La rezamos constantemente porque se trata del hecho que da sentido a toda nuestra existencia. Por la Encarnación, todo lo que es verdaderamente humano se ha convertido en vehículo de comunión con Dios quien ha asumido nuestra naturaleza.

Contemplar la Encarnación nos recuerda también la fraternidad universal que existe entre todos los hombres independientemente de cualquier otra consideración. Todos, incluso el peor criminal de la historia o aquel que nos resulta más antipático, compartimos la misma naturaleza presente en cada ser humano, asumida por Dios que habitó entre nosotros.

Es habitual que las iglesias toquen las campanas invitando a la gente a rezar el Ángelus. Así lo hacemos en St. Patrick todos los días, cada mediodía. Nuestras campanas recientemente restauradas invitan cotidianamente a la oración y recuerdan a los estudiantes de la escuela parroquial la necesidad de hacer una pausa en los estudios para elevar la mente a la contemplación del evento que da sentido a sus labores académicas, a toda tarea intelectual, al trabajo humano, a la vida entera, incluso al sufrimiento. También el Papa se asoma a la ventana de su estudio cada domingo al mediodía y reza el Ángelus junto con los peregrinos reunidos en la plaza san Pedro.

Este domingo, además de rezar el Ángelus recordando la Anunciación, la Iglesia nos propone otra anunciación para la reflexión. En estos días próximos a la Navidad, se nos invita a detenernos en la persona de san José.

El primer dato que nos ofrece el relato de san Mateo para este domingo es que san José sabía de la Anunciación. Se había enterado de que María estaba embarazada porque en el momento que lo encontramos en la narración, pondera que debe hacer frente a las novedades. No sabemos como se enteró José. Tal vez la misma Virgen María le comunicó la noticia. Estaban comprometidos para casarse. Es evidente que José amaba entrañablemente a la Virgen. Al enterarse de un hecho que le resulta extraño y difícil de comprender busca la forma de protegerla de la vergüenza y el escándalo.

El Evangelio destaca que san José es un hombre “justo.” En un libro titulado, María en el misterio de la alianza, el teólogo francés Ignace de la Potterie, dedica varias páginas al estudio de esta expresión y se pregunta que es exactamente lo que nos está tratando de decir san Mateo. Parece evidente que san José está considerando incumplir la ley que en este tipo de situaciones obligaba a repudiar públicamente. El, en cambio, planea alejarse en secreto. De la Potterie concluye que san José es llamado “justo” porque busca cumplir la voluntad de Dios siempre y en todo lugar.

Podemos inferir que, si san José se ha enterado por la Virgen de su embarazo, también ha tomado noticia de las circunstancias de la concepción. Sabe que aquel que está creciendo en las entrañas de la Virgen es el Hijo de Dios, quien ha sido engendrado por obra del Espíritu Santo sin concurso de varón. Claramente, la intervención de Dios en la historia altera sus planes y lo interpela. Debe discernir, descubrir que es lo que Dios desea de él. Debe cooperar en el plan salvífico que se va manifestando, en el que su prometida juega un papel relevante.

El anuncio del ángel viene a confirmar entonces lo que quizás él ya hubiera escuchado de su prometida. El ángel luego le asignará una misión importantísima. Debe tomar a María por esposa y ponerle nombre al niño. Dios lo ama tanto y valora tanto su docilidad y su virtud que lo ha designado custodio de su obra maestra, la Virgen María y del Redentor.

San José no habla, no responde con palabras al anuncio y la indicación del ángel. Simplemente actúa según la voluntad de Dios. Se levanta y toma a María por esposa y la lleva a vivir con él. No será la única vez que san José tenga que levantarse y actuar. Cuando un tirano ordene la masacre de inocentes deberá huir a Egipto con la Virgen y el niño.

Son pocas las ocasiones en que san José aparece en los Evangelios. Pocos son también los pasajes en los que se hace referencia a él, a su oficio de carpintero, artesano. Sin embargo, todas sus apariciones e intervenciones, aunque silenciosas, son sumamente luminosas. Nos muestran a un hombre profundamente enamorado de la Virgen, dócil a la voluntad de Dios, dispuesto incluso a padecer por el bien de quienes ama. San José es modelo eminente de las virtudes humanas. Es justo, casto, prudente, honesto, bondadoso, trabajador, humilde.

No en vano, la devoción a san José ha sido una constante en la vida de la Iglesia, de la que es patrono universal. Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, recurría constantemente a su intercesión. Ni que hablar de los papas del siglo XX, especialmente san Juan Pablo II. La cercanía de Benedicto XVI y muy especialmente del Papa Francisco al Custodio del Redentor es evidentísima.

A todos nos hace muy bien considerar la persona de san José y crecer en amor a él. Aquel que fue testigo del Nacimiento de Cristo nos ayuda a profundizar en el misterio que vamos a celebrar. ¡Aprendamos de él! ¡Imitemos su fe y sus virtudes humanas! ¡Recurramos a su poderosa intercesión!

Fr. Roberto M. Cid