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Cien años

VI domingo de Pascua

Queridos hermanos en Cristo:

El próximo lunes 18 de mayo se cumplen cien años del nacimiento de san Juan Pablo II. Para conmemorar el evento, el Papa Francisco celebrará Misa junto a su tumba en la Basílica de San Pedro.

El pontificado de Juan Pablo II marcó profundamente la vida de la Iglesia. Su elección como sucesor de san Pedro en 1978 fue una sorpresa para muchos. Se trataba del primer papa que no era italiano en varios siglos. En aquellos días era un adolescente cursando el primer año de la secundaria en el Colegio De La Salle.  Recuerdo que hacía poco habíamos visto en el Colegio una película titulada “Las sandalias del pescador” basada en una novela de Morris West.  El personaje  principal de la novela es un sacerdote ruso, interpretado por Anthony Quinn, quien luego de pasar varios años en un campo de concentración soviético es liberado y exiliado en Roma. Allí es creado cardenal. Luego es electo Papa tomando el nombre de Cirilo I, como tributo a Santos Cirilo y Metodio, dos hermanos que evangelizaron a los pueblos eslavos. Aunque la novela y la película eran de finales de los años 60 no faltaron los comentarios y referencias a ella cuando se produjo la elección del cardenal polaco Karol Wojtyla, un sacerdote de origen eslavo que padeció directamente las nefastas consecuencias de los totalitarismos del siglo XX y ejercía su ministerio episcopal bajo el yugo comunista. Había sido actor amateur y obrero en una cantera. Toda su formación sacerdotal se desarrolló en la clandestinidad.

Muchos recuerdan de Juan Pablo II sus infatigables y maratónicas peregrinaciones apostólicas a los lugares más remotos para anunciar el Evangelio de Jesucristo. Vino a Miami en 1987. Otros hacen hincapié en su carisma personal. Otros destacan sus iniciativas en la vida de la Iglesia, por ejemplo, la Jornada Mundial de la Juventud. Pienso que de las muchas cosas admirables que nos dejó el pontificado de este santo, hay dos que se destacan de las demás. La primera es el Catecismo de la Iglesia Católica, una referencia indispensable para profundizar en el conocimiento de nuestra hermosa fe. La segunda, el testimonio elocuente de comunión con Cristo crucificado al final de su vida terrena.

No hay duda de que toda persona y sus enseñanzas fueron muy importantes para la vida de la Iglesia contemporánea. Su viaje a Cuba en 1998 es un hito particularmente importante en mi camino al sacerdocio. Las palabras que improvisó unas horas antes de su partida de regreso a Roma el domingo 25 de enero de 1998 al concluir su discurso en la Catedral de La Habana quedaron grabadas en mi corazón y mi mente: “Terminamos esta visita el día 25 de enero, que es la fiesta de la conversión de San Pablo. La última Eucaristía, celebrada en la Plaza de la Revolución, es muy significativa, porque la conversión es la más profunda, continua y más santa revolución de todos los tiempos.”

Así es, no hay nada más revolucionario que la conversión del corazón a Cristo. No hay milagro más grande sobre la faz de la tierra que la conversión de un corazón a Cristo. Es la invitación que la Iglesia hace constantemente desde la Resurrección de Cristo. San Juan Pablo II aportó matices que están dando frutos abundantes en los pontificados de sus sucesores. Como el Papa Francisco señala incansablemente, su énfasis en la misericordia divina recoge intuiciones de san Juan Pablo II que fueron profundizadas por Benedicto XVI.

En san Juan Pablo II el llamado a la conversión iba siempre unido a una exhortación que aparece muchas veces en el Evangelio: “No tengan miedo”. De hecho, inició solemnemente su pontificado diciéndonos:  ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!… ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo Él lo conoce!”

Decía con mucha razón san Juan Pablo II en su primera encíclica que la humanidad “vive cada vez más en el miedo.” Y agregaba: “Debe nacer pues un interrogante: ¿por qué razón este poder, dado al hombre desde el principio —poder por medio del cual debía él dominar la tierra— se dirige contra sí mismo, provocando un comprensible estado de inquietud, de miedo consciente o inconsciente, de amenaza que de varios modos se comunica a toda la familia humana contemporánea y se manifiesta bajo diversos aspectos?…

¿Este progreso, cuyo autor y factor es el hombre, hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, «más humana»?; ¿la hace más «digna del hombre»? No puede dudarse de que, bajos muchos aspectos, la haga así. No obstante, esta pregunta vuelve a plantearse obstinadamente por lo que se refiere a lo verdaderamente esencial: si el hombre, en cuanto hombre, en el contexto de este progreso, se hace de veras mejor, es decir, más maduro espiritualmente, más consciente de la dignidad de su humanidad, más responsable, más abierto a los demás, particularmente a los más necesitados y a los más débiles, más disponible a dar y prestar ayuda a todos…

Observando estos procesos y tomando parte en ellos, no podemos dejarnos llevar solamente por la euforia ni por un entusiasmo unilateral por nuestras conquistas, sino que todos debemos plantearnos, con absoluta lealtad, objetividad y sentido de responsabilidad moral, los interrogantes esenciales que afectan a la situación del hombre hoy y en el mañana. Todas las conquistas, hasta ahora logradas y las proyectadas por la técnica para el futuro ¿van de acuerdo con el progreso moral y espiritual del hombre? En este contexto, el hombre en cuanto hombre, ¿se desarrolla y progresa, o por el contrario retrocede y se degrada en su humanidad? ¿Prevalece entre los hombres, «en el mundo del hombre» que es en sí mismo un mundo de bien y de mal moral, el bien sobre el mal? ¿Crecen de veras en los hombres, entre los hombres, el amor social, el respeto de los derechos de los demás —para todo hombre, nación o pueblo—, o por el contrario crecen los egoísmos de varias dimensiones, los nacionalismos exagerados, al puesto del auténtico amor de patria, y también la tendencia a dominar a los otros más allá de los propios derechos y méritos legítimos, y la tendencia a explotar todo el progreso material y técnico-productivo exclusivamente con finalidad de dominar sobre los demás o en favor de tal o cual imperialismo?”

Se trata de preguntas actuales y urgentes, más todavía frente a la pandemia. Al conmemorar el centenario de san Juan Pablo II, viendo el sufrimiento y la incertidumbre que nos rodea, ponderemos estas preguntas en nuestro corazón. Guiados por el ejemplo de san Juan Pablo II, iluminados por sus enseñanzas y su testimonio personal, avancemos resueltamente, sin miedo por el camino de conversión que la Iglesia propone siguiendo a Jesucristo que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Fr. Roberto M. Cid