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Continuación y continuidad

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Queridos hermanos en Cristo:

La primera lectura de este domingo es el prólogo del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Así como el prólogo del Evangelio según san Lucas nos ayuda a entender la historicidad de los Evangelios y su desarrollo en tres etapas, a saber, los dichos y las obras de Jesús, la tradición oral y finalmente la composición de los Evangelios, en los versículos iniciales del libro de los Hechos queda claramente enunciada la intención de san Lucas.

Los dos tomos de su obra, el Evangelio y los Hechos fueron concebidos como una unidad. De hecho, su Evangelio concluye con una narración de la Ascensión de Señor que, aunque más sucinta que la que encontramos en la primera lectura de este domingo, empalma los dos volúmenes. Al hacer esto, san Lucas pone de manifiesto que no se puede separar a la Iglesia de Cristo su Señor, su Maestro, su Fundador, quien le da vida, pues la acción de los discípulos es continuación y continuidad de la obra redentora del Señor.

La Iglesia que el Señor ha establecido bajo la guía y custodia de los apóstoles tiene un fin específico y concreto. Animada por el Espíritu que se derramará sobre los apóstoles en Pentecostés, deberá remar mar adentro en las aguas de la historia para anunciar la Buena Noticia de Cristo Jesús y llevar a todos los hombres a un encuentro con El.

Tanto en la conclusión del Evangelio según san Lucas, como en el relato de la Ascensión al comienzo del libro de los Hechos, Jesucristo Resucitado da un mandato misionero a la Iglesia naciente. Lo vemos también en la conclusión del Evangelio según san Marcos que se proclama este domingo: “Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Noticia a toda la creación”.

La Iglesia no debe proclamarse a sí misma, los discípulos no ocupamos el centro de la escena, sino Cristo. Toda la labor de la Iglesia está orientada al anuncio del Dios que es amor, que se encarnó, padeció, murió y resucitó. Como nos enseñó el papa Benedicto, “quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos,” los ama, les desea el bien. No hay bien mayor para una persona que el encuentro con Cristo Resucitado.

La labor de los discípulos está en continuidad con la obra de Cristo. El es el único Redentor, que se acerca tanto a la criatura que incluso asume nuestra común naturaleza humana. La salvación que se nos ofrece, que la Iglesia anuncia, que los sacramentos realizan es obra pura y exclusiva de Cristo. Por su Muerte y Resurrección nos ha obtenido la redención. La vida eterna se nos ofrece en El y por El. Ninguna mediación humana o eclesiástica tiene sentido separada de Cristo. Como nos recuerda con frecuencia el Papa Francisco, la Iglesia sin Cristo Muerto y Resucitado sería una ONG piadosa, pero no es la Iglesia Católica, puesto que es Jesucristo el que hace a la Iglesia.

Cuando afirmamos que somos Iglesia, tenemos que recordar siempre que lo somos en virtud de nuestro Bautismo que nos ha configurado a Cristo. Por lo tanto, la Iglesia no es una asociación cuyos estatutos surgen del consenso de los afiliados, ni un ámbito deliberativo, ni una mera comunidad de personas. La Iglesia es el pueblo de Dios que, gobernado por Pedro en nombre de Cristo, animado por el Espíritu, camina en comunión hacia el encuentro final y definitivo con el Señor, hacia la consumación de la historia universal y personal en Dios mismo.

Nuestra incorporación a la Iglesia se da por el Bautismo. Ahora bien, en la medida que crecemos en santidad, vamos profundizando nuestra comunión con Cristo y, podría decirse que, somos más Iglesia. Aunque todos los bautizados somos miembros de la Iglesia, claramente una religiosa santa, un laico que se esfuerza por vivir en gracia, son más Iglesia que un cura que es ocasión de escándalo o un pecador empedernido porque se han configurado más plenamente a Cristo y al hacerlo evidencian la continuidad que existe entre la redención que Cristo nos trae y la vida de la Iglesia.

La labor de los discípulos también debe ser continuación de la obra redentora del Señor que desea ser conocido por todos y que todos, absolutamente todos, lleguen a gozar de la plenitud de la vida que se nos ofrece en El. De ahí la naturaleza misionera, no proselitista, de la Iglesia que anuncia a Cristo para que todos puedan encontrarlo, abrir su corazón a la gracia que en El se nos ofrece y avanzar por un camino de santidad, un camino que lleva a la felicidad verdadera y a la comunión eterna con el Dios uno y trino.

 

El 12 de mayo de 1926 el obispo de San Agustín erigió canónicamente (constituyó según la ley de la Iglesia) nuestra parroquia. En dos años celebraremos el centenario de St. Patrick en Miami Beach, el mismo año en que el país celebrará el 250º aniversario de la Declaración de la Independencia. Los invito a pensar cómo queremos celebrar este magno evento como comunidad de fe y renovar nuestro compromiso con el anuncio y el servicio a Miami Beach y a los visitantes.

Fr. Roberto M. Cid