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Corazón

XII domingo del tiempo ordinario

Queridos hermanos en Cristo:

Junio es el mes del Sagrado Corazón de Jesús. El viernes pasado celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

La devoción al Sagrado Corazón no es una más entre las tantas que existen en la rica diversidad de la Iglesia. Tampoco es una expresión más entre otras que existen en la piedad popular. Ocupa un lugar especial en la vida de la Iglesia y de cada cristiano. Incluso el rosario, una devoción indispensable en nuestra vida espiritual, con toda su riqueza, todo su poder, no se compara con esta devoción.

Hay que recordar que en el lenguaje bíblico, el corazón de una persona no hace referencia al órgano del sistema circulatorio con dos aurículas y dos ventrículos, sino que es une referencia alegórica al núcleo de su ser, de su existencia. Es el lugar donde se forma su conciencia, donde su razón, sus emociones, sus sentidos confluyen, el punto de encuentro entre el cuerpo y el alma. A diferencia del uso corriente en nuestros tiempos, las referencias bíblicas al corazón no son simplemente una metáfora que se utiliza para describir emociones y sentimientos. Podríamos decir que el corazón es algo así como el punto donde se acumula la totalidad de su ser. En el Antiguo Testamento incluso encontramos múltiples referencias al corazón de Dios. Así, por ejemplo, en el capítulo 11 de libro del profeta Oseas, que destaca por su belleza poética tanto como por la fuerza de su mensaje, frente a la infidelidad de su pueblo, Dios dice: “¿Cómo podré dejarte…? Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. No ejecutaré mi condena… que soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti y no enemigo devastador.”

Por eso la devoción al Sagrado Corazón destaca muy por encima de cualquier otra expresión de piedad popular y ha sido promovida con gran entusiasmo por los papas. No tiene nada que ver con el sentimentalismo, ni mucho menos con el romanticismo del siglo XIX. Se trata de la contemplación y proclamación de uno de los misterios centrales de nuestra hermosa fe católica, la Encarnación de la Palabra Eterna de Dios, la persona de Jesucristo, sus dos naturalezas, humana y divina, que como enseño el Concilio de Calcedonia en el año 451 están presentes en su persona sin mezcla y sin división.

Honrar, contemplar, entronizar, venerar, adorar el Corazón de Cristo, son acciones dirigidas hacia el núcleo de su ser, donde encontramos la unión de sus dos naturalezas, la humana y la divina. Profundizar en el misterio de Cristo, su persona, su ser, es adentrarse en el misterio del amor de Dios de su misericordia y también, por supuesto, adentrarse en el misterio de Dios mismo, su vida intra-Trinitaria. Jesucristo es el amor mismo encarnado. Su persona es la manifestación más acabada de la misericordia de Dios. Luego, contemplar su corazón, el núcleo de su personalidad es ponderar está verdad revelada en el nivel más profundo.

Además, contemplar el Corazón de Cristo es también contemplar su humanidad que es nuestra humanidad. Claro está, en él, la naturaleza humana resplandece en toda su belleza, en su forma pura, tal y como Dios la imaginó, libre del pecado y de la corrupción. Por eso detenerse para mirar, honrar, venerar, profundizar en el conocimiento de su persona, es también crecer en autoconocimiento, porque en él comprendemos mejor lo que significa ser humano, cual es nuestro origen y nuestro destino, por qué y para qué existimos.

Así nos damos cuenta que Dios ha querido compartir la naturaleza humana conmigo y con todo otro ser humano que haya existido, existe o existirá, independientemente de cualquier otra consideración. Cada ser humano tiene un valor incomparable muy superior a cualquier otra criatura. Las palabras del Señor en el Evangelio de este domingo van dirigidas a todos, absolutamente todos, sin excepciones de ningún tipo. Nos hablan del significado profundo de nuestra condición humana, de nuestra dignidad de hijos de Dios y de la fraternidad universal que debería reinar entre todos nosotros. Hay diversidad de personas, pero la naturaleza humana es una. Nuestra dignidad es intrínseca a nuestra condición humana. La contemplación de la persona de Jesucristo nos revela que Dios se ha hecho hermano de todos, sin distinción alguna, incluso de aquellos que eran sus enemigos. Como dice san Pablo en la segunda lectura, en Cristo se desborda la gracia.

Este año la celebración del Sagrado Corazón nos encuentra en medio de la pandemia y el conflicto social que se inscriben en el marco de una gran confusión generalizada sobre el significado de nuestra humanidad, su destino, el significado de nuestros cuerpos, la supremacía de la persona humana sobre la técnica y los bienes materiales. La presencia del virus amenazador nos recuerda también la inherente fragilidad y vulnerabilidad de esta naturaleza humana que compartimos. Como decía el Papa Francisco, los eventos de estos días nos muestran que nadie puede salvarse solo, sino que formamos parte de una gran comunidad y que no podemos permanecer indiferentes frente a la exclusión de personas o las amenazas a la vida humana provengan de donde provinieren.

Hoy más que nunca necesitamos escuchar con atención la exhortación a no tener miedo, a vivir en la verdad, caminar en la luz, proclamar con toda nuestra vida el amor encarnado que hemos encontrado en la persona de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, vivo, resucitado de entre los muertos, caminando junto a nosotros, orientando la historia universal hacia su consumación en Dios, guiándonos a nosotros con su vida y su presencia hacia el encuentro definitivo con el Padre.

Dice san Agustín al comienzo de las Confesiones que nuestros corazones están inquietos hasta que llegan a descansar en el corazón de Dios. En estos días de tribulación, conflicto e inquietud apoyémonos en el Sagrado Corazón de Jesús para encontrar el solaz, la fuerza renovada, la alegría serena que nos permiten sobreponernos al temor que nos embarga y caminar con paso firme en la verdad, proclamando la misericordia de Dios con nuestras vidas para que el Reino de Dios se vaya abriendo camino en el mundo.

Fr. Roberto M. Cid