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Eucaristía

Solemnidad del Santísiimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
Corpus Christi.

Queridos hermanos en Cristo:

Este domingo celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Corpus Christi, la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Junto con la Encarnación y la Santísima Trinidad, que celebramos el domingo pasado, se trata de uno de los misterios centrales de nuestra hermosa fe católica. Jesucristo, la segunda persona de  la Santísima Trinidad, Palabra Eterna de Dios encarnada, se queda presente entre nosotros, real y sustancialmente, con toda su humanidad y toda su divinidad en la Sagrada Eucaristía.

Por eso adoramos la Eucaristía, porque reconocemos en ella la presencia real de Cristo, aun cuando nuestros sentidos solo capten los accidentes, la forma de la hostia, el sabor y la viscosidad del vino. Sabemos con la certeza de la fe, que Jesucristo está presente allí como no está en ningún otro lugar de la tierra.

El pan y el vino que ofrecemos se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no por arte de magia, sino por la acción del Espíritu Santo que el sacerdote invoca durante la consagración. El Señor viene a nosotros y se queda con nosotros en el sagrario, como un prisionero de amor, esperando nuestra visita, para derramar su gracia sobre nosotros.

Nos arrodillamos frente al sagrario, hacemos la genuflexión al entrar a una iglesia, algunas personas incluso tienen la costumbre piadosa de persignarse al pasar delante de una iglesia porque reconocemos que allí, en el interior de ese edificio Cristo está presente con toda su humanidad y toda su divinidad en una especie de enclave o avanzada del cielo en la tierra.

El encuentro con Jesucristo Eucaristía nunca debe darse por descontado, sino que debe ser siempre sobrecogedor. Requiere una preparación espiritual, no solo purificando nuestra alma, recurriendo al sacramento de la Confesión cuando fuera necesario sino también disponiéndonos interiormente al encuentro íntimo con Dios que se da al recibir la Comunión. Como gusta decir el Papa Francisco, recibir la Comunión no es un premio a nuestra buena conducta, pero requiere una preparación interior y exterior, por eso el énfasis de la Iglesia en la conversión, la apertura a la gracia que sana nuestras heridas y también en la sobriedad ya sea en el vestido o la conducta, incluidas las expresiones de piedad.

Si observamos la misma estructura de la Misa notamos un camino ascendente de comunión con el Señor. Nos constituimos como pueblo de Dios en asamblea, reconocemos nuestras miserias frente a Dios, cuya gloria alabamos, escuchamos su palabra que nos interpela, nos educa y nos purifica, le presentamos nuestras vidas, nuestras necesidades y nos introducimos en el misterio de su presencia salvífica para recibirlo en nuestro cuerpo y así volver a las tareas cotidianas, renovados por su amor, para dar testimonio coherente ante el mundo del encuentro que hemos tenido con el amor de Dios, con Dios que es amor, que se ha encarnado y se ha quedado entre nosotros en la Sagrada Eucaristía.

Por supuesto que la reverencia debida al Cuerpo y la Sangre de Cristo real y sustancialmente presente en la Eucaristía nunca nos debe hacer olvidar lo que El mismo nos dice en Mateo 25, en cuanto a la obligación de practicar obras de misericordia en favor de nuestros hermanos en quienes también está presente, aunque de otra manera. San Juan Crisóstomo reclamaba a los cristianos que, decía, no dudan en honrar a Cristo presente en la Eucaristía con gran cuidado, tesoros y finas telas, pero lo despreciaban de muchas maneras en el hermano.

Hace unos años, el Papa Francisco organizó una velada de oración para festejar el aniversario de la ordenación sacerdotal del Papa Benedicto. Al concluir el encuentro, le pidió al papa emérito que dijera algunas palabras. Este tomando la palabra afirmó que todo lo podía resumir en una sola: Eucaristía.

Y es que toda nuestra vida debe ser eucarística. En primer lugar, porque todo en nuestras vidas debe estar orientado hacia Él, toda nuestra vida es preparación para el encuentro definitivo con Jesucristo, que la recepción de la Eucaristía, su Cuerpo y Sangre, anticipa y ya nos hace gustar. Pero también atendiendo a la etimología de la palabra que significa “dar gracias”, porque toda nuestra vida debe ser acción de gracias. Finalmente, dado que nuestra vida debe ser imitación de Jesucristo, quien ofrece su Cuerpo y su Sangre por nuestra salvación; así también nosotros hemos de ofrecernos en el servicio generoso a nuestros hermanos, dejando a un lado todo lo que nos separa de Dios y de los otros, el pecado en sus múltiples manifestaciones.

Santo Tomás de Aquino en su hermoso himno eucarístico Adoro te devote, adorando su presencia en la Eucaristía pide al Señor lo mismo que pidió el ladrón arrepentido en la cruz, estar con Cristo en su Reino. Recibir su Cuerpo y su Sangre nos hace gustar de su compañía, su presencia, y la comunión con El, aquí y ahora. Solo una cosa es necesaria para poder acogerlo dignamente, un corazón contrito, como el del buen ladrón, quien reconociendo sus miserias se animó a implorar misericordia. No solo la obtuvo, sino que, como gusta decir el papa Francisco, se convirtió en el primer santo de la Iglesia. Así también nosotros, si abrimos el corazón a la gracia que fluye a nosotros a través de los sacramentos, por la recepción del Cuerpo y la Sangre de Cristo, alcanzaremos la gloria que el mismo sacramento anuncia y hace presente entre nosotros.

Fr. Roberto M. Cid