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Dios

Solemindad de la Santísima Trinidad

Queridos hermanos en Cristo:

“Tanto amó Dios al mundo que dio a su único hijo,” así comienza el fragmento del Evangelio según san Juan que se proclama este domingo de la Santísima Trinidad.

Como todos los años, habiendo terminado el tiempo Pascual, la Iglesia nos propone contemplar la naturaleza y la vida misma de Dios. No es un ejercicio fácil. Para usar una metáfora muy repetida pero fácil de comprender, estamos haciendo algo comparable a un intento de mirar directamente al sol. Obviamente, es una propuesta que no está exenta de riesgos porque el exceso de luz puede dañar nuestra visión. Lo mismo ocurre con nuestro intento de penetrar más profundamente en el misterio de la vida divina, de las relaciones personales que existen en Dios, que conocemos porque El nos ha revelado. El exceso de luz, la profundidad insondable de su ser y las limitaciones de nuestras facultades pueden llevarnos a la desorientación o al error.

Por eso, para hablar de las cosas de Dios siempre es necesario comenzar con el dato de la autorrevelación de Dios, su acción en la historia para pasar luego a considerar su naturaleza misma. Los manuales de teología trinitaria generalmente comienzan con una discusión sobre la persona humana. Si profundizamos nuestro conocimiento sobre nuestra humanidad, su significado, su lugar en el cosmos y reconocemos en la humanidad de Jesucristo el sentido de nuestra humanidad y la manifestación suprema del amor de Dios, el punto culminante de su autorrevelación, podremos comprender un poco más la naturaleza divina y nos daremos cuenta de que la vida divina es muy relevante para nuestra propia vida y tiene consecuencias prácticas en lo cotidiano. Pensar en Dios, tratar de conocerlo más con nuestras facultades intelectuales es importante, es necesario, aunque, por supuesto no es suficiente, no alcanza entre otras cosas porque nuestra capacidad es limitada. Sin embargo, aún siendo insuficiente es un esfuerzo indispensable puesto que estamos en una relación de amor y el amor es existencial, involucra a todo nuestro ser, incluyendo nuestro intelecto y nuestras facultades mentales. Por supuesto, también nos mueve a la acción concreta, se encarna en nuestra vida diaria.

No hay que olvidar nunca que la teología es la fe que busca entender. No se trata de una especulación académica. No es sociología de la religión, ni antropología cultural. Por eso la insistencia del Papa Francisco en que la buena teología comienza de rodillas, en el acto de adoración al Dios uno y trino que se manifiesta en la historia, que actúa en favor de su pueblo y se encarna. Dios que es amor, quien crea el universo por amor, interviene en la historia del universo que ha creado, por amor se hace hombre, se somete al poder de la muerte y resucitando, destruye el poder del pecado y de la muerte, llevando a la creación a su plenitud en El.

En el esfuerzo por conocer más sobre Dios mismo, los teólogos distinguen entre la acción de Dios y la naturaleza misma de Dios, su vida interior. Llaman Trinidad económica a la forma en que Dios se relaciona con la creación en su conjunto y con cada uno de nosotros y Trinidad inmanente a las relaciones que existen dentro de Dios entre las tres personas divinas. Por supuesto que se trata de un único Dios uno y trino. Estamos hablando siempre del único Dios, simplemente tratamos de entender, estudiar sistemáticamente y para ello hacemos distinciones.

Sabemos con certeza que hay un solo Dios, una sola naturaleza divina. En esa única naturaleza divina hay tres personas distintas, que no son simples manifestaciones que nosotros percibimos, sino que hay una distinción real entre las tres personas. Aunque no hay división, el Padre es una persona distinta del Hijo y del Espíritu Santo. El Padre es Dios. El Hijo es Dios. El Espíritu Santo es Dios. Así las tres personas, aunque distintas, son completamente Dios. El Padre no es un tercio de Dios, el Hijo otro y el Espíritu Santo otro. Por eso, donde está una de las personas presentes está Dios completamente presente, están las tres personas presentes. Es lo que los teólogos llaman pericoresis.

Esa presencia del Dios trinitario, a veces accesible a los sentidos, otras veces más sutil, es constante y real. Es importante recordarlo siempre. Nuestra vida discurre a cada instante en la presencia de Dios uno y trino. Por eso, toda nuestra vida debe ser un gran canto de alabanza, una adoración constante a Aquel que es amor, por quien fuimos creados y para quien fuimos creados. No se trata de mirar al cielo con nostalgia, sino de vivir nuestra comunión con Dios en lo ordinario y también en lo extraordinario, en nuestras relaciones con aquellos que la Divina Providencia pone en nuestro camino. Porque la Santísima Trinidad no es un concepto abstracto, sino una comunión de personas. No es algo, sino alguien que está vivo y camina junto a nosotros a lo largo de la historia, siempre, especialmente en los momentos de dificultades y tribulación. En ese sentido, me parece muy iluminador un pensamiento del Papa Francisco en la carta que dirigió a los sacerdotes de Roma a fines de mayo, alentándolos a no desanimarse frente a las dificultades causadas por la pandemia, que entre nosotros además se ven agravadas por el conflicto social.

“Si una presencia invisible, silenciosa, expansiva y viral nos cuestionó y trastornó, dejemos que sea esa otra Presencia discreta, respetuosa y no invasiva la que nos vuelva a llamar y nos enseñe a no tener miedo de enfrentar la realidad. Si una presencia intangible fue capaz de alterar y revertir las prioridades y las aparentes e inamovibles agendas globales que tanto asfixian y devastan a nuestras comunidades y a nuestra hermana tierra, no tengamos miedo de que sea la presencia del Resucitado la que nos trace el camino, abra horizontes y nos de el coraje para vivir este momento histórico y singular. Un puñado de hombres temerosos fue capaz de iniciar una corriente nueva, anuncio vivo del Dios con nosotros. ¡No teman! “La fuerza del testimonio de los santos está en vivir las bienaventuranzas y el protocolo del juicio final.””

Vivir en comunión con el Dios uno y trino, en la comunión con los hermanos, no solamente es posible, sino que es el camino hacia la verdadera felicidad y la plenitud de la vida. Como rezaba Santa Isabel de la Trinidad, una monja carmelita francesa contemporánea de Santa Teresita: “Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora. Amén”

Fr. Roberto M. Cid