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Don del mejor trigo

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi)

Queridos hermanos en Cristo:

Este domingo celebramos la solemnidad de Corpus Christi, el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, real y sustancialmente presente en la Eucaristía que recibimos.

Junto con la Santísima Trinidad, que contemplamos el domingo pasado, y la Encarnación de la Palabra Eterna de Dios, la Eucaristía, Cuerpo y Sangre de Cristo, es uno de los misterios centrales de nuestra hermosa fe católica. La naturaleza de Dios que adoramos, su presencia y acción en la historia, su autorrevelación que alcanza el punto culminante en la persona de Jesucristo, el Misterio Pascual y la presencia continuada de Jesucristo en la Eucaristía constituyen el núcleo de nuestra fe.

La celebración de Corpus Christi destaca además por la riqueza teológica y belleza poética de los textos litúrgicos. No es casualidad. Santo Tomás de Aquino los compuso cuando el Papa Urbano decidió extender al calendario universal de la Iglesia esta celebración. Teniendo en cuenta que el Jueves Santo se celebra la Misa de la Cena del Señor, la solemnidad de Corpus Christi se celebraba tradicionalmente un jueves para destacar la relación entre la institución de la Eucaristía y el misterio Pascual. Hace algunos años, los obispos de Estados Unidos y de muchas otras partes del mundo trasladaron la celebración al domingo para permitir una mayor participación de la gente.

Como toda nuestra vida, este año la celebración de Corpus Christi se ve afectada por la pandemia que nos amenaza. Este domingo será el tercero desde la reapertura de las puertas de las parroquias en la Arquidiócesis de Miami. La Iglesia que peregrina en el sureste de la Florida, junto al resto de la sociedad va buscando caminos para retomar una cierta normalidad, previniendo los contagios para evitar un nuevo brote o una segunda ola de infecciones. Por eso, por ejemplo, se han suspendido las tradicionales procesiones de Corpus Christi. Aunque es una tradición ancestral en la Iglesia, una práctica piadosa, muy loable, muy edificante, este año la suspendemos por un bien mayor, el cuidado de la salud y la vida de aquellos que se encuentran en situación vulnerable. Ello no obsta a que aprovechando que los templos están abiertos hagamos una visita al Santísimo o pasemos un tiempo en adoración, en oración personal, guardando siempre las precauciones necesarias, cumpliendo con las indicaciones del obispo y de las autoridades civiles.

Durante largas nueve semanas, las puertas de nuestra iglesia parroquial estuvieron cerradas, la gran mayoría de la gente no tuvo acceso a la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Para los católicos eso causa mucho dolor, porque ella es el fundamento y la meta de nuestra vida, porque es Cristo mismo, su Cuerpo y Sangre. La Misa transmitida por televisión, algo muy bueno para aquellos que no pueden salir a la calle por el motivo que sea, ayuda a mantener viva nuestra piedad y nuestro deseo de encontrar a Jesucristo, pero claramente no es un sustituto para la asistencia a Misa. Hay muchas personas que, aún con las puertas de la iglesia abiertas, deben quedarse en su casa por su vulnerabilidad, otros porque cuidan a personas vulnerables u otros motivos respetables y atendibles, por eso nuestro arzobispo ha decretado una dispensa en la obligación de asistir a Misa. Sin embargo, el deseo que nace de lo profundo del alma por un encuentro íntimo con Jesus Sacramentado es real y debe serlo.

La pandemia no afecta solo posibilidad de recibir la Eucaristía o la suspensión de las procesiones, sino también la forma en que recibimos la comunión, nuestra piedad personal. Muchas personas tienen la costumbre de recibir la Sagrada Comunión en la lengua, otros reciben en la mano. Está muy claro que ni la lengua ni la mano son dignas para recibir a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, real y sustancialmente en la hostia consagrada. Lo verdaderamente indispensable para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es tener el alma limpia y el corazón bien dispuesto. Es evidente que en estos tiempos de pandemia es preferible recibir la Comunión en la mano. Aquellos que por tradición o por nuestra piedad personal preferimos recibir en la lengua debemos atender a las circunstancias de estos días y, por el bien de nuestros hermanos, cambiar nuestra práctica piadosa mientras duren las medidas de excepción. En nuestra parroquia exhortamos, encarecemos e insistimos a aquellos que tienen una acendrada piedad eucarística que los lleva a recibir en la lengua, que durante este tiempo reciban la comunión en la mano. Hacerlo así, los protege a ellos, a los ministros y al resto de la comunidad de un posible contagio. Protegernos y proteger la salud de los hermanos modificando transitoriamente nuestra piedad es un acto de caridad.

Una de las características de la Eucaristía que destaca san Agustín en su comentario al Evangelio según san Juan, es ser vinculo de caridad. En Cristo formamos un solo cuerpo. Luego no se puede separar la Eucaristía de la vida diaria. Recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo debe impulsarnos a buscar una mayor comunión con los hermanos, a crecer en el amor al prójimo a ejemplo de Aquel que recibimos. Como dice una de las estrofas del hermoso himno compuesto para el Congreso Eucarístico celebrado en Filadelfia en 1976: “Tu te entregas a nosotros oh, Señor y luego nos dejas ser, para que nos sirvamos mutuamente en Tu nombre, en la verdad y la caridad.”

La Eucaristía, dice san Agustín, es también un signo de unidad. Quienes no están en plena comunión con la Iglesia deben abstenerse de recibirla. No son las prácticas piadosas las que destruyen la comunión, sino el pecado. Cuando estamos conscientes de algún pecado grave es necesario que vayamos a Confesarnos, que nos reconciliemos con Cristo y con la Iglesia para poder recibir dignamente la Comunión. Si por la gracia de Dios, no caemos en un pecado grave, es conveniente también confesarse periódicamente.

En fin, el Cuerpo y la Sangre de Cristo es un tesoro inestimable, es la mayor riqueza de la Iglesia. Allí está presente El por antonomasia, hay que recordarlo siempre. Como dice otro hermoso himno eucarístico, ante El todo mortal debe callar pues exige un homenaje integral. Pero tampoco hay que olvidar la sabiduría de san Juan Crisóstomo cuando nos dice: “¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: Esto es mi cuerpo, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: Tuve hambre, y no me disteis de comer, y más adelante: Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer. El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres, en cambio, necesitan que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos. Reflexionemos, pues, y honremos a Cristo con aquel mismo honor con que él desea ser honrado; pues, cuando se quiere honrar a alguien, debemos pensar en el honor que a él le agrada, no en el que a nosotros nos place.”

Fr. Roberto M. Cid