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En agosto y en Cuaresma

II domingo de Cuaresma

Queridos hermanos en Cristo:

El 6 de agosto celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor. Lo hacemos todos los años porque es parte del calendario litúrgico de la Iglesia.

Así como todos los años leemos la narración de las tentaciones de Cristo en el primer domingo de Cuaresma y el domingo pasado escuchamos la versión de san Marcos, en el segundo domingo cada año se lee el relato de la Transfiguración del Señor que aparece en el Evangelio sinóptico correspondiente.

Que la Transfiguración aparezca dos veces durante el año litúrgico, es un hecho que me llama la atención. No es común que un evento en el ministerio público de Cristo aparezca dos veces. Que yo sepa, el único evento además de éste que aparece dos veces es la Pasión del Señor que se lee el Domingo de Ramos en la narración del Evangelio sinóptico del año en curso y el Viernes Santo, día en el que todos los años se proclama la Pasión según san Juan. Ni siquiera el nacimiento de Cristo aparece dos veces en el ciclo de lecturas del año litúrgico.

Que la Transfiguración es un evento sumamente importante lo percibimos al leer el texto bíblico. Los evangelistas tienen dificultad para transmitirnos lo que aconteció. Por ejemplo, en la versión según san Marcos, cuyo Evangelio estamos leyendo este año, se nos dice “que sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo.”

El texto griego original describe la Transfiguración con la palabra metamorfosis, una palabra que nos resulta más familiar, que significa transformación, cambio.

Lo cierto es que en este evento se manifiesta ante los ojos de los tres discípulos escogidos la gloria del Señor antes de su glorificación en el tiempo. El Señor se transforma, cambia su apariencia. Su aspecto no es el de un simple hombre, sino que se deja entrever su gloria, su majestad, su naturaleza divina.

Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La gloria de su divinidad no es accesible a los sentidos. Santo Tomás de Aquino dice con belleza poética en el hermoso himno eucarístico Adoro te Devote que en la cruz se ocultaba su divinidad. Y así es. También se ocultaba durante su ministerio público. Aunque los discípulos hayan sido testigos de los milagros y prodigios del Señor y escucharan sus afirmaciones relativas a su filiación y naturaleza divina, podían intuir su gloria, pero esta no será accesible a sus sentidos hasta el momento de la Resurrección. Sin embargo, en la Transfiguración tienen una experiencia sensible de la gloria divina. Jesus se transforma delante de ellos, se lo ve conversando con Moisés y con Elías, se escucha la voz del Padre. Ya se había escuchado la voz en el Bautismo, evento en el que también se hace visible la presencia del Espíritu, pero en la Transfiguración los discípulos tienen una experiencia sensorial de la divinidad de Cristo, de su majestad.

El Señor en la Transfiguración no solamente revela su gloria, sino que decididamente abraza la Pasión que le espera. Como dice san Pablo a los Filipenses, no se aferra a su condición divina se hace obediente hasta la muerte en cruz. Seguirá su camino hacia el Calvario antesala de la Resurrección, manifestación irrevocable y definitiva de su gloria y su poder.

Como es natural, esta experiencia maravillosa de contemplación de la gloria de Dios atemoriza a los discípulos. No es que los paralice el miedo, sino que están sobrecogidos por una experiencia que los abruma y que los llena de gozo. Todo encuentro con lo sagrado es sobrecogedor. No cabe ninguna duda que produce en nosotros sentimientos de seguridad y consuelo que quisiéramos prolongar indefinidamente.

Nosotros también contemplamos la gloria de Dios. Hemos tenido un encuentro con Cristo resucitado, por eso somos cristianos. Al igual que los discípulos hemos visto su gloria. Nuestra experiencia no es exactamente igual que la de los apóstoles en el sentido que no hemos tenido experiencias como la Transfiguración, ni hemos sido testigos oculares de los eventos del ministerio público del Señor ni de su Resurrección, pero hemos tenido un encuentro personal con El que se renueva de manera extraordinaria y sobrecogedora cada vez que lo recibimos en la Eucaristía.

El Padre sigue diciéndonos que lo escuchemos para poder alcanzar la vida verdadera. El Señor nos invita a mirarlo con atención y confianza. Como dijo san Juan Pablo II a los jóvenes chilenos durante su visita apostólica en 1987, hay que mirar al Señor detenidamente, sin miedo, con confianza y descubriremos mucho más que un profeta, un reformador social o un hombre sabio. Si lo miramos con ojos atentos descubriremos en El, el rostro mismo de Dios.

Fr. Roberto M. Cid