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Éxito

XIII domingo del tiempo ordinario

Queridos hermanos en Cristo:

Hace aproximadamente un año, un sacerdote amigo me recomendó la obra de un autor francés converso al cristianismo que se llama Fabrice Hadjadj. Es profesor de filosofía en la Universidad de Friburgo en Suiza. Sus libros además de invitar a la reflexión son muy amenos. He leído varios de ellos que están traducidos al castellano.

En este momento estoy leyendo uno que se titula “Tenga Ud. éxito en su muerte”. El título original en francés es “Réussir sa mort”. En una sección titulada “Hipermercado de ídolos”, el autor argumenta con gran contundencia y mucha chispa que el marketing moderno proyecta sobre las cosas atributos divinos para, de esa manera, generar en el consumidor al deseo de adquirir el producto. Así, por ejemplo, hay una crema antiarrugas que se llama Eternity, porque pareciera prometernos la vida eterna.

No cabe duda de que todos los seres humanos aspiramos a la perfección y a la plenitud del ser, algo que muchos prometen, pero que solo Dios puede realizar en nuestras vidas.

Así como la crema antiarrugas promete la eternidad, el supercomputador promete omnisciencia y así sucesivamente. Por supuesto que todas esas promesas terminan decepcionando porque como dice Hadjadj, “las cosas son divinas solo en Dios, y las saborea plenamente solo el que las recibe como un don de su Bondad… Reconocer al Creador no es despreciar su criatura. Divinizar la criatura, sin embargo, es destruirla. El que rehúye la Santa Faz no se gana otros rostros: más bien los perderá y ya no encontrará a su alrededor más que máscaras y caricaturas.”

Por eso la advertencia del Señor en el Evangelio de hoy es tan importante. No es que la vida familiar esté en contraposición con el amor a Dios o el servicio a Dios. Al contrario, una vida familiar intensa es una gracia, un don de Dios, además de ser muy necesaria para nuestra salud física, emocional y afectiva. Sin embargo, no debe divinizarse ni desplazar a Dios del centro de nuestra existencia. Una vida familiar centrada en Cristo es fecunda, fuente de felicidad incomparable, porque se funda en el Amor, la Belleza, la Verdad que son atributos de Dios. El verdadero amor filial, conyugal, fraternal se funda en Dios que es el Bien supremo, de lo contrario fácilmente degenera en sentimentalismo, búsqueda de uno mismo, o cualquier otra cosa.

Para que nuestra vida familiar o cualquier otra dimensión de nuestra existencia de frutos abundantes y nos alcance la felicidad verdadera, debe tener a Cristo en el centro. Nuestra vida misma, todo nuestro ser debe orientarse hacia Dios. Si Él no ocupa el centro de nuestro ser, experimentamos una división en nuestro interior, una alienación profunda que nos terminará aplastando.

Cuando nos buscamos a nosotros mismos, cuando desplazamos a Dios del lugar que le corresponde y nos ponemos a nosotros o a cualquier otro ídolo, todo se vuelve arduo, árido, insípido. Incluso la vida religiosa se vuelve infecunda, una carga, un oficio, una búsqueda de uno mismo. En cambio, cuando Dios es el centro de nuestra vida, aún los contratiempos se sobrellevan con alegría serena. El que se sumerge en el amor a Dios olvidándose de si, encuentra la vida en plenitud. La vida familiar, nuestras relaciones, nuestro trabajo solo adquieren sentido si se orientan a Dios y se nutren de amor a El. Reconocer la soberanía de Dios en nuestras vidas, lejos de esclavizarnos, nos libera.

Eso lo han entendido muy bien los santos que han sido capaces de poner a Dios en el centro de su existencia, aún en medio de innumerables dificultades. Por eso mismo prevalecieron en sus luchas y aún en medio del sufrimiento exhibían fortaleza, serenidad, alegría, unidad de vida. Tuvieron éxito en su muerte, algunos incluso alcanzaron la palma del martirio.

San José, por ejemplo, quien amaba intensamente a la Virgen María, es capaz de hacer sus proyectos personales a un lado por el bien de ella. En el Evangelio según san Mateo lo encontramos pensando como iba a hacer para protegerla del escarnio, cuando se le aparece el ángel para comunicarle el plan de Dios. Este varón justo, tiene la capacidad de obrar según el plan de Dios, aunque le acarree el exilio. Al hacerlo termina todavía más unido a su esposa, porque alcanza la comunión con ella en el Amor, la unidad plena e íntima en la santidad.

Los grandes santos misioneros, los santos fundadores de comunidades religiosas, aquellos que se dedicaron a la enseñanza, a la investigación teológica, a las ciencias naturales han puesto a Dios en el centro de sus proyectos y de sus afectos. Experimentaron dificultades, sin embargo, han sido fecundos y felices, justamente porque estaban enfocados en el servicio a Dios.

San Alberto Hurtado, un jesuita chileno que se dedicaba a cuidar niños de la calle, a quienes recogía en su camioneta Ford y los llevaba a un hogar que fundó y llamó “Hogar de Cristo”, falleció joven de cáncer de páncreas. Cuando la enfermedad avanzaba y el dolor era cada vez más intenso, la gente se conmovía al verlo tan contento. Es que precisamente su comunión con Cristo era tan profunda que ni siquiera el dolor físico le quitaba la alegría serena que experimenta quien se sabe amado por Dios.

Podría seguir enumerando ejemplos. Fabrice Hadjadj menciona a San Juan Pablo II y Santa Teresa de Calcuta. Seguramente todos recordamos las últimas semanas de vida del papa Wojtyla, marcadas por el sufrimiento, pero tal vez las más luminosas de su rico pontificado.

En estos días encontramos otro ejemplo luminoso en la persona del Papa Emérito Benedicto XVI, quien tiene una vida familiar intensa. Su madre y su hermana vivieron muchos años con él. Tiene un vínculo muy hermoso con su hermano mayor, sacerdote, ordenado el mismo día que él. La semana pasada se desplazó hasta Alemania para visitarlo pues se encuentra gravemente enfermo. Solo desea cooperar con la Verdad. Su fidelidad a la voluntad de Dios lo llevó a tomar la decisión histórica de renunciar, demostrando que, como dice el Papa Francisco, el verdadero poder es servicio y que el seguimiento de Cristo no es una búsqueda de uno mismo, de la comodidad o las posiciones de privilegio y honor, sino fidelidad en la entrega personal, en el silencio de lo cotidiano, en la simplicidad de la cruz.

Las dificultades del presente, especialmente la pandemia, han puesto de manifiesto la fragilidad de nuestra condición y la precariedad de la creación. Deberían hacernos reflexionar a todos, especialmente a los cristianos, sobre nuestra posición en el universo, en el mundo, en la sociedad civil. Los cristianos debemos poner a Cristo en el centro de nuestra existencia, de nuestro obrar, de nuestras relaciones familiares y sociales. Así seremos verdaderamente la sal de la tierra y la luz del mundo. Si nosotros vivimos para El, como dice San Pablo en la segunda lectura, “como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”, seguramente florecerán nuestras relaciones familiares y nuestra vida será más plena y fecunda, aunque encontremos la Cruz, el instrumento con el que Cristo nos sana y nos salva.

Fr. Roberto M. Cid