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Gozo y penitencia

III domingo de Adviento

Queridos hermanos en Cristo:

“Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes,” nos dice el profeta Isaías en la primera lectura de este tercer domingo de Adviento. Luego anuncia que con la llegada del Señor el cojo saltará como una gacela, la lengua del mudo cantará de júbilo, brotará agua en el desierto y habrá torrentes en las estepas. Estas imágenes evocan logros incomparables, eventos que a primera vista parecieran imposibles de ahí la fuerza de su mensaje. El profeta anuncia una alegría incomparable, el gozo intensísimo y la paz universal que trae la llegada del Mesías.

Precisamente para eso nos estamos preparando en estas jornadas penitenciales de Adviento, para celebrar la alegría de nuestra redención, para redescubrir la alegría del encuentro con Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, para maravillarnos una vez más con el dato de la Encarnación del Hijo de Dios, para contemplar con ojos renovados el misterio de la Encarnación de la Palabra Eterna de Dios por la que abraza nuestra común humanidad sin dejar de Dios.

Las imágenes mesiánicas que presenta el profeta Isaías y que la Iglesia nos propone para nuestra reflexión durante todo este tiempo de Adviento son ciertamente poéticas, pero también, o quizás justamente por tratarse de textos de gran valor literario, sumamente conmovedoras e inspiradoras. Las manos débiles se fortalecen, las rodillas vacilantes se afianzan. Hay agua en el desierto. Son imágenes muy gráficas que exhortan a la esperanza, a la perseverancia, al coraje, a la confianza, a la fortaleza, incluso a la audacia.
Ahora bien, no se trata solo de poesía. Tampoco es una arenga de un entrenador a un equipo o de un jefe militar a la tropa para que asalten un objetivo estratégico y punto. Es el anuncio de la consumación del plan salvífico de Dios. Es la proclamación del amor apasionado de Dios por sus criaturas. Es el anuncio de la victoria definitiva de la vida sobre la muerte, del bien sobre el mal.
Ese anuncio del profeta se ha hecho realidad por el misterio de la Encarnación. El nacimiento de Cristo es el prólogo de su victoria radical, definitiva, permanente. Jesús abraza nuestra condición humana en plenitud y la redime, la sana. Dios se somete al poder de la muerte para liberar a sus criaturas amadas. Comparte nuestra fragilidad para que nosotros podamos participar de su divinidad.
Vaya si tenemos motivos para la alegre esperanza, aún en medio del sufrimiento, incluso de cara a la muerte. Todo lo que es verdaderamente humano y humanizante en nosotros ha sido asumido por Dios y, por lo tanto, es vehículo de comunión con El, incluso el dolor y el sufrimiento cuya realidad nos entristece.

La fortaleza que se nos propone no es estoicismo ni ostentación de poder, sino abrazar nuestra fragilidad abriéndonos a la gracia. La alegría cristiana a la que se nos invita no tiene nada que ver con la carcajada fácil o la risa forzada de un mal comediante. Se trata de una alegría serena producto de la paz interior que encontramos en la comunión con Dios. Todo lo podemos en quien nos fortalece. La fuerza de Dios nos llega por su debilidad. Se hace frágil y vulnerable como nosotros. Por eso podemos estar alegres en medio del sufrimiento, del dolor. Por eso en aún durante un tiempo penitencial fuerte como el Adviento, la Iglesia nos invita a expresar esa alegría con el color rosado en medio del morado.

Porque la penitencia no se opone a la alegría. Lo contrario de la alegría es la tristeza. La alegría cristiana no tiene nada que ver con el optimismo, el pesimismo, el temperamento o los estados de ánimo, sino con el alma.

La penitencia no es tristeza ni pesimismo. Debe ser una práctica constante en la vida del cristiano. Ella nos ayuda a gozar con desapego de los bienes que la divina providencia nos confía. Hacemos penitencia para dominar nuestros sentidos y nuestras pasiones, para evitar que las cosas buenas que el mundo tiene para ofrecer, que son muchas, se conviertan en nuestros amos. La penitencia nos ayuda a entrenar nuestra voluntad, debilitada por el pecado y abre nuestros corazones a la gracia que purifica, sana nuestra naturaleza humana y la lleva a la perfección en la comunión con Dios. La penitencia nos ayuda a levantar la mirada hacia el horizonte de la eternidad, la meta de nuestra existencia. Fortalece nuestras manos débiles y afianza nuestras rodillas vacilantes.
¡Dios se ha hecho hombre para que los hombres podamos participar plenamente de su vida divina! ¡El anuncio del profeta Isaías se ha realizado! Ha brotado agua en el desierto, los que caminamos en tinieblas hemos visto una gran luz, nace un niño cuya misión es llevar el universo a su culminación en Dios. Nuestra común humanidad presente en todos y cada uno de nosotros, herida por el pecado, limitada, finita ha sido asumida por Aquel a quien el universo entero no puede contener. No solo hay agua en el desierto, sino que éste se ha convertido en un vergel.

Sin embargo, quedan todavía muchos eriales en el mundo, mucha tierra yerma necesitada del agua viva que es Cristo, de ahí la necesidad imperiosa de nuestro testimonio coherente de vida cristiana, de nuestro compromiso con la realidad, para que florezca por doquier el amor de Cristo, se abran muchos oídos para escuchar la palabra amorosa de Dios y se suelten muchas lenguas para dar gloria a nuestro Padre Eterno.

Nuestro testimonio será posible, en la medida que vayamos creciendo en santidad. Para ello es indispensable la penitencia, que aviva nuestra esperanza porque nos ayuda cotidianamente a avanzar por un camino de conversión, aguza nuestros sentidos, nos fortalece para cooperar en la obra del Señor quien, como rezamos en el salmo, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, suelta a los encadenados, ama a los justos y protege al forastero, a la viuda y al huérfano. Es el Dios de Israel que se hizo carne, habitó entre nosotros y, glorificado en la Resurrección, reina para siempre.

Fr. Roberto M. Cid