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La fe es conocimiento

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XIX domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

La segunda lectura de este domingo, tomada de la carta a los hebreos nos ofrece una definición de la fe: “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven.”

La fe es una forma de conocimiento racional y cierto, o por lo menos nuestra hermosa fe católica lo es, por eso es llamada “garantía” y “prueba.”

La influencia del idealismo alemán junto con los logros maravillosos de las ciencias naturales y las catastróficas ideologías del siglo XX han hecho que mucha gente en nuestro tiempo, incluso buenos cristianos, consideren la fe como algo subjetivo, una opinión o una creencia sin ninguna base racional ni científica.

Nuestra época tecnológica, valora muchísimo las ciencias naturales y exalta las emociones, sin embargo, presta poca atención a otras ciencias, como la filosofía y la metafísica. Esta última es la ciencia que estudia el ser, la realidad tal cual es. No lo hace desde un punto de vista utilitario o funcional, sino buscando comprender los atributos del ser, las causas primeras, la finalidad de todo lo que existe. Su objeto de estudio es todo lo que existe. Es la madre de todas las ciencias, porque sin el conocimiento que nos aporta, las otras ciencias serían imposibles. Si no existieran regularidades en el universo que la razón puede descubrir, sistematizar y gobernar de alguna manera, sería imposible el conocimiento científico de las ciencias naturales como la física o la biología.

A partir de la contemplación del universo, utilizando las intuiciones de la metafísica, nos damos cuenta que existe una realidad que nos trasciende, que el tiempo y el espacio son realidades externas a nosotros, que hay criterios objetivos para valorar y entender la realidad, que nuestro intelecto tiene la capacidad de penetrar los misterios del universo y progresar en el conocimiento de todo lo que existe.

Justamente, a partir de esa constatación, los hombres nos abrimos a lo trascendente y encontramos a Aquel que es, Dios. Lo podemos encontrar porque nos ha dado el don de nuestro intelecto, pero también porque se revela, sale a nuestro encuentro, actúa en la historia universal y en nuestra historia personal. Interviene para liberar a su pueblo de la opresión del faraón y se hace uno de nosotros, naciendo de una mujer.

Somos cristianos porque hemos encontrado a Jesucristo. Y hemos podido encontrarlo porque está vivo, ha resucitado de entre los muertos y se manifiesta ante nuestros ojos, de manera que podemos conocerlo con un conocimiento que no es solamente intelectual, emocional o sentimental sino existencial. Ese conocimiento se expresa en la vida de fe, de ahí la definición que nos ofrece la segunda lectura de este domingo.

Como es conocimiento racional que se funda en el amor, la fe católica busca siempre profundizar en el conocimiento del amado. La persona que tiene fe verdadera, auténtica, madura, evita el fideísmo, la ciega aceptación de las verdades de fe, para penetrar más profundamente en el conocimiento de Dios, pero nunca renuncia a lo que ha sido revelado por Dios mismo, ni al objeto de la fe.  San Agustín nos dice en las Confesiones: “cree para entender, entiende para creer.” San Anselmo define a la teología como la fe que busca entender. Se trata de una ciencia, distinta de la metafísica, que recurre a esta como disciplina auxiliar.

Muchas personas en nuestro tiempo, incluso muchos cristianos, confunden la teología con la sociología de la religión o la antropología cultural cuando en realidad se trata de cosas completamente distintas, aunque tengan un objeto de estudio similar. Por eso el Papa Francisco nos recuerda constantemente que se empieza a hacer teología de rodillas. No se puede profundizar en el entendimiento de la fe, si no se parte desde la fe. No se puede hacer teología negando la revelación o rechazando la fe de la Iglesia. Si se dejara de lado la revelación, la tradición, el magisterio de la Iglesia como fuentes, ya no se estaría haciendo teología, sino alguna otra cosa, porque se habría abandonado el dato de la fe que es su punto de partida.

Los más grandes teólogos en la historia de la Iglesia, son los santos, porque han conocido, aprendido, comprendido y encarnado la fe en sus vidas. Santo Tomás de Aquino además de ser una figura señera de la cultura universal era un hombre de profunda piedad como lo demuestra la belleza poética de los himnos eucarísticos que compuso. El diablo, por otra parte, tiene un vastísimo conocimiento intelectual sobre Dios y sus cosas, sin embargo, no le sirve de nada.

El conocimiento es parte integral de nuestra fe. Para crecer en la fe, hay que comenzar de rodillas, en un acto de adoración y humildad para poder penetrar las profundidades insondables de la realidad con la ayuda de la razón, encontrar a Aquel que ha creado todo lo que existe y comprender que el amor de Dios es el origen, fuente y meta de nuestra existencia, una realidad que llegamos a conocer y gustar por la fe.

P. Roberto M. Cid