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La plenitud de la Vida

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Queridos hermanos en Cristo:

La Resurrección de Cristo es el evento central en la historia del mundo, en la historia del universo entero. Es el hecho histórico que lleva toda la creación a su plenitud en Dios. Todo lo que ocurre, todos los eventos de nuestra vida, incluyendo el sufrimiento y la muerte, tienen sentido a la luz de la Resurrección del Señor.

El evento que celebramos este domingo con especial intensidad es mucho más que la reanimación de un cadáver. Por su Muerte y Resurrección, Jesucristo ha llevado la obra creadora de Dios a su consumación en El.

Aunque la Resurrección de Cristo tiene lugar en un momento determinado, en un lugar específico, trasciende el tiempo y el espacio para proyectar su luminosidad hacia el pasado, hacia el presente, hacia el futuro, hacia todos los rincones del universo, incluyendo aquellos que parecen más alejados de Dios, refractarios a su amor.

Por su Resurrección, Cristo ha vencido a la muerte. Su victoria es la victoria de Dios, pero también de la naturaleza humana que ha abrazado por su Encarnación. Por lo tanto, es también nuestra victoria, pues todos compartimos con El nuestra común naturaleza humana.

El padre Robert Bauer, SDB a quien tuve la dicha de tener como profesor de Sagrada Escritura en el seminario, nos recordaba siempre que cuando decimos que Dios lucha o vence, nunca debemos olvidar que estamos usando lenguaje analógico, pues Dios es Dios y por lo tanto no lucha con nadie. El padre Bauer gustaba decir que Dios simplemente dice: “que pase el que sigue”.

Aunque eso es cierto, pues Dios es omnipotente, todopoderoso, como dice san Pablo en la carta a los Filipenses, el Misterio Pascual nos presenta a Dios anonadándose, asumiendo nuestra condición humana, llegando al extremo incluso de someterse al poder de la muerte. En efecto, como es amor y lo mueve el amor, no nos rescata del poder de la muerte haciendo ostentación de su poder, sino haciéndose solidario con nosotros. Como es hombre verdadero muere, pero como es Dios verdadero emerge victorioso del sepulcro al tercer día.

Utilizando una metáfora del álgebra, podríamos decir que, por su Pasión y Muerte en Cruz, el Señor se acerca asintóticamente a la nada para rescatar a lo que estaba destinado a la disolución en la nada y darle vida en El. El Señor no solamente nos regala el don de la vida, sino que ofrece su Vida para que en El y con El podamos participar de la vida misma de la Santísima Trinidad.

Las lecturas de la Vigilia Pascual nos introducen en este misterio. La Creación misma es obra del amor de Dios, su punto culminante es la creación del hombre, creado varón y mujer, creados a imagen y semejanza de Dios, es decir con una capacidad especial para participar en la vida misma de Dios. El Señor se elige un pueblo al que defenderá y rescatará de la opresión del Faraón, para que de ese pueblo nazca Aquel a quien los profetas anuncian, quien llevará a plenitud el plan de Dios, transformando los corazones de piedra en corazones de carne, fecundando el universo entero, para que quienes morimos con El por el Bautismo podamos resucitar con El a una vida nueva, anticipo de la vida eterna que se nos ofrece como don y liberalidad a todos los hombres.

Como nos enseñó el papa Benedicto, “La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida y el Amor mismos, entonces estamos en la vida. Entonces « vivimos ».”

¡El Señor Resucitado no muere más! ¡Vive para siempre!

Cada vez que venimos a Misa hacemos memoria de este misterio de amor. Lo hacemos en el sentido bíblico del término. No recordamos la resurrección de Cristo como quien contempla un evento del pasado que, aunque pueda proyectar sus consecuencias sobre el presente, permanece en el pasado. La celebración de la Eucaristía nos transporta a través del tiempo y el espacio para que podamos estar sacramentalmente presentes como testigos de su Resurrección y así, ayudados por la gracia que se desborda de ese hecho, podamos encontrar a Aquel que está vivo y así vivir más plenamente nuestra condición de seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios, bautizados que hemos sido configurados a El de manera especial, partícipes de su misión, sacerdotes, profetas y reyes, redimidos por Cristo, que gustan ya, aquí y ahora de la plenitud de la vida.

Fr. Roberto M. Cid