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Lecciones de los Macabeos

XXXII domingo del tiempo ordinario

Queridos hermanos en Cristo:

La primera lectura de este domingo está tomada del capítulo siete del Segundo libro de los Macabeos. Narra la historia de siete hermanos que fueron torturados y martirizados en presencia de su madre por mantenerse fieles a la alianza con el Señor. Se trata de un relato conmovedor que culmina con el martirio de la madre.

Los dos libros de los Macabeos integran el cuerpo llamado Deuterocanónico. En los libros de los Macabeos se trata explícitamente la cuestión de la resurrección de los muertos. Aunque nuestros hermanos judíos no los incluyen entre los libros de la Biblia, es interesante notar que la fiesta de Janucá que celebran cerca de la Navidad se refiere a eventos que se narran en ellos.

El pasaje que se lee en la primera lectura es un fragmento de la historia de estos hermanos. Quisiera invitarlos a leerlo completamente. El ejemplo de los hermanos y de la madre es sumamente edificante y vale la pena tenerlo presente siempre. Por supuesto que en la Sagrada Escritura encontramos ejemplos del mismo tenor, por ejemplo, Susana en el capítulo 13 libro del profeta Daniel, otro pasaje de la Biblia que forma parte de los libros Deuterocanónicos. Frente a la extorsión de jueces venales y corruptos, Susana está dispuesta a morir antes que someterse a ellos.  Lo mismo ocurre con Juan el Bautista, quien es decapitado por su defensa del bien.

San Juan Pablo II se refiere a estos ejemplos en su encíclica Veritatis Splendor sobre la renovación de la moral cristiana.

“En el martirio, como confirmación de la inviolabilidad del orden moral, resplandecen la santidad de la ley de Dios y a la vez la intangibilidad de la dignidad personal del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Es una dignidad que nunca se puede envilecer o contrastar, aunque sea con buenas intenciones, cualesquiera que sean las dificultades. Jesús nos exhorta con la máxima severidad: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?».

El martirio demuestra como ilusorio y falso todo significado humano que se pretendiese atribuir, aunque fuera en condiciones excepcionales, a un acto en sí mismo moralmente malo; más aún, manifiesta abiertamente su verdadero rostro: el de una violación de la «humanidad» del hombre, antes aún en quien lo realiza que no en quien lo padece. El martirio es, pues, también exaltación de la perfecta humanidad y de la verdadera vida de la persona, como atestigua san Ignacio de Antioquía dirigiéndose a los cristianos de Roma, lugar de su martirio: «Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera… dejad que pueda contemplar la luz; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios».

Finalmente, el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley santa de Dios, atestiguada con la muerte es anuncio solemne y compromiso misionero «usque ad sanguinem» para que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y en la mentalidad de las personas y de la sociedad. Semejante testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad civil sino incluso dentro de las mismas comunidades eclesiales no se caiga en la crisis más peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las comunidades…

La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los preceptos que prohíben los actos intrínsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual. Dicha intransigencia estaría en contraste con la condición maternal de la Iglesia. Ésta —se dice— no muestra comprensión y compasión. Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse jamás de su misión docente, que ella debe realizar siempre como esposa fiel de Cristo, que es la verdad en persona: «Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral… De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección».

En realidad, la verdadera comprensión y la genuina compasión deben significar amor a la persona, a su verdadero bien, a su libertad auténtica. Y esto no se da, ciertamente, escondiendo o debilitando la verdad moral, sino proponiéndola con su profundo significado de irradiación de la sabiduría eterna de Dios, recibida por medio de Cristo, y de servicio al hombre, al crecimiento de su libertad y a la búsqueda de su felicidad.

Al mismo tiempo, la presentación límpida y vigorosa de la verdad moral no puede prescindir nunca de un respeto profundo y sincero —animado por el amor paciente y confiado—, del que el hombre necesita siempre en su camino moral, frecuentemente trabajoso debido a dificultades, debilidades y situaciones dolorosas. La Iglesia, que jamás podrá renunciar al «principio de la verdad y de la coherencia, según el cual no acepta llamar bien al mal y mal al bien», ha de estar siempre atenta a no quebrar la caña cascada ni apagar el pabilo vacilante. El Papa Pablo VI ha escrito: «No disminuir en nada la doctrina salvadora de Cristo es una forma eminente de caridad hacia las almas. Pero ello ha de ir acompañado siempre con la paciencia y la bondad de la que el Señor mismo ha dado ejemplo en su trato con los hombres. Al venir no para juzgar sino para salvar, Él fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso hacia las personas».”

Fr. Roberto M. Cid