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Luchar, correr, mantener

XXX domingo del tiempo ordinario.

Queridos hermanos en Cristo:

En la segunda lectura de este domingo, tomada de la Segunda Carta de san Pablo a Timoteo, escuchamos un fragmento conmovedor. El Apóstol de los Gentiles, ya próximo a ser ejecutado, dirigiéndose al discípulo y amigo le dice: “He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe.”

Otras traducciones dicen: “He disputado la noble pelea, he corrido la carrera, he conservado la fe.”

Se trata de una expresión sobrecogedora. San Pablo sabe que pronto será ejecutado. Su hora se acerca. Su vida se acaba. Mirando retrospectivamente le queda la satisfacción de haber combatido, luchado, corrido, perseverado. Se ha mantenido fiel hasta las últimas consecuencias. Ojalá todos nosotros pudiéramos hacer nuestra esta expresión cuando nos llegue la hora de comparecer ante el Señor. Sabemos que algún día nos tocará, la cuestión no es si nos tocará, sino cuando será nuestro turno. Como el Apóstol, estamos en un combate continuo, en camino hacia la meta.

Es obvio que nuestra vida es una carrera, un derrotero en el que nos encontramos desde el momento que comienza nuestra existencia en el vientre materno.

También es indudable que nuestra vida tiene sentido. Fuimos creados por Dios por amor. Cada uno de nosotros es valioso ante los ojos de Dios por el solo hecho de ser, independientemente de cualquier otra consideración.

En el horizonte de nuestra existencia hay una meta, un objetivo: la comunión con Cristo para toda la eternidad. Si podemos divisar y alcanzar la meta es lisa y llanamente por el amor de Dios que nos creó, que se nos ofrece y nos atrae hacia sí con lazos de amor. Sin embargo, debemos hacer nuestra parte para ir avanzando en el sendero que se abre delante nuestro. Es una labor ardua que requiere esfuerzo constante. En este camino de la vida es necesario resistir, luchar. Se trata de un combate cotidiano. Son batallas que se libran en nuestro corazón herido por el pecado personal y ajeno que experimenta pasiones y apetitos desordenados que debemos conquistar con la ayuda de la gracia y nuestro esfuerzo constante.

A cada paso del camino crecemos en comunión o nos distanciamos de Cristo, de ahí la importancia de tener la mirada fija en El, en la meta.

Si llegáramos a derramar sangre en la lucha contra el pecado no es porque recurramos a la violencia, sino porque el ejemplo de los mártires nos impulsa a preferir el sufrimiento y la muerte antes que darle la espalda a Dios.

Es posible que salgamos derrotados en algunas de las batallas que libramos. En nuestro camino podemos experimentar traspiés y caídas. San Pablo no se ufana de haber salido victorioso siempre o de haber ganado la carrera, sino de haber combatido, de haber corrido. Lo mismo nos toca a nosotros, luchar contra el pecado. En primer lugar, contra sus manifestaciones en nuestra propia vida y también por supuesto en la sociedad y en el mundo.

Hay que tener muy presente lo que decía san Juan Pablo II: la línea divisoria entre el bien y el mal no separa personas, sino que pasa por el medio del corazón de cada uno de nosotros. El combate se libra sobre todo en nuestro interior. Todos experimentamos una división interior. Como dice el mismo san Pablo en la Carta a los Romanos, no hacemos el bien que deseamos y obramos lo que sabemos que no debemos.

Pensar que el mal se manifiesta solo en los otros o en la sociedad, la cultura o el mundo, creer que luchamos solamente contra los otros, pensar que estamos más allá del bien y el mal es desconocer la realidad de nuestra existencia, vivir en un mundo de ilusión, haber perdido noción del pecado personal o peor aún, haberse deslizado trágicamente hacia la corrupción.

Es posible perder algunas batallas. Más allá del dolor de nuestras caídas, lo importante es levantarse. Mejor dicho, lo importante es dejar que el Señor nos levante para seguir avanzando de su mano hacia la meta de nuestra existencia.

Para poder levantarse es indispensable reconocerse necesitado. Hay que evitar la tentación del fariseo que nos presenta el Señor Jesús en la parábola del Evangelio según san Lucas que se lee este domingo. Es un peligro real que está siempre latente, al acecho.

Quienes queremos hacer la voluntad de Dios tenemos mantener la mirada fija en El, en su santidad, en su amor, en su misericordia y tratar de vivir de manera coherente con la misericordia que hemos experimentado. De ahí la importancia del sacramento de la Confesión que nos ayuda a vernos como Dios nos ve, tal y como somos además de derramar sobre nosotros el oleo de la misericordia que sana las heridas del pecado.

Los cristianos no somos la secta de los perfectos, sino la comunidad de los redimidos. Tenemos conciencia de nuestro pecado y buscamos ardientemente crecer en el amor de Dios, su misericordia, su gracia, que sana nuestra condición humana y la lleva a la plenitud.

San Pablo y todos los santos ilustran con su vida y también con su muerte las alturas que puede alcanzar la criatura cuando se abre a la gracia y coopera con ella, cuando pelea el noble combate, corre la carrera y persevera en la fe.

Fr. Roberto M. Cid