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Nagasaki 1945

XXXIII domingo del tiempo ordinario

Queridos hermanos en Cristo:

El Dr. Takashi Nagai era un médico japonés nacido en 1908. Se había especializado en radiología y se radicó en Nagasaki, que concentra un gran número de católicos, donde fueron martirizados san Pablo Miki y sus compañeros. El joven médico alquiló una habitación en la casa de una familia católica. El contacto con esa familia, el testimonio de vida cristiana y la lectura de las obras de Blas Pascal lo llevaron a un encuentro con Jesucristo y a abrazar la fe de la Iglesia. Por su exposición a la radiación contrajo cáncer. El día 9 de agosto de 1945, ya le habían diagnosticado la enfermedad, sin embargo, todavía seguía trabajando y se encontraba en el hospital en el que prestaba servicios. Como sabemos ese día una bomba atómica más poderosa que la de Hiroshima destruyó la ciudad de Nagasaki, causando los mayores daños en el barrio católico de la ciudad, Urakami, donde se encuentra la Catedral de la Inmaculada Concepción, donde vivía el Dr. Nagai con su familia.

La onda expansiva alcanzó por supuesto al hospital, donde se encontraba trabajando el Dr. Nagai, enfermo de cáncer. Cuenta su biógrafo y el mismo doctor en su libro titulado “Las campanas de Nagasaki” que después del shock inicial se incorporó. Estaba herido. En el interior del hospital había heridos y muertos por doquier. Se dirigió hasta la puerta del hospital y contempló la ciudad devastada. Miró en dirección al barrio de Urakami donde vivía con su familia y se dio cuenta de que su amada esposa seguramente habría perecido.

La devastación que lo rodeaba y la certeza de la muerte de su esposa le causaron un dolor incomparable y un sentimiento de desolación. En ese momento recordó las palabras del Señor que escuchamos en el Evangelio de este domingo: “Cielos y tierra pasarán, pero mi palabra no pasará.” Inmediatamente volvió a entrar al hospital y se dedicó a atender a los heridos. Eventualmente se convirtió en el motor de la reconstrucción de Nagasaki. Falleció con fama de santidad en 1951. Se encuentra en proceso de canonización.

La experiencia del Dr. Nagai ilustra claramente el significado del texto evangélico, la forma como ha de entenderse el mensaje apocalíptico del Señor en el fragmento que se proclama este domingo. Jesús no busca infundir miedo en nosotros, no nos quiere paralizados por el terror. Quiere recordarnos que el verdadero horizonte de nuestra existencia es la vida eterna, la comunión con El. Todo lo bueno que el mundo tiene para ofrecer es pasajero. El sufrimiento también pasa. El amor permanece. La muerte no es el final de nuestro camino, sino el umbral a la vida eterna. El amor de Dios, amor encarnado, ha vencido a la muerte, ha destruido el poder del pecado. Es ese amor el que hemos encontrado. Es Jesucristo vivo quien está en medio nuestro y nos invita a vivir con El y para El, construyendo comunión aquí y ahora, en lo cotidiano, allí donde la Divina Providencia nos ha colocado.

Nosotros no estamos inmóviles miramos al cielo con nostalgia. Tampoco dejamos que nos paralice el miedo a la muerte. Frente a los contratiempos, las dificultades, las injusticias y el sufrimiento buscamos un aumento de gracia para evitar que nos aplasten y, como lo hizo el Dr. Nagai, seguir trabajando con ahínco en la construcción del Reino de Dios, en la entrega generosa en el servicio a los hermanos, destruyendo odios, construyendo fraternidad, literalmente reconstruyendo la sociedad.

Hace exactamente dos años, en noviembre de 2019, el Papa Francisco visitó Nagasaki, recordando a los mártires japoneses, nos decía: “Queremos caminar sobre sus huellas, queremos andar sobre sus pasos para profesar con valentía que el amor dado, entregado y celebrado por Cristo en la cruz, es capaz de vencer sobre todo tipo de odio, egoísmo, burla o evasión; es capaz de vencer sobre todo pesimismo inoperante o bienestar narcotizante, que termina por paralizar cualquier buena acción y elección. Nos lo recordaba el Concilio Vaticano II: lejos están de la verdad quienes sabiendo que nosotros no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la futura, piensan que por ello podemos descuidar nuestros deberes terrenos, no advirtiendo que, precisamente, por esa misma fe profesada estamos obligados a realizarlos de una manera tal que den cuenta y transparenten la nobleza de la vocación con la que hemos sido llamados.

Nuestra fe es en el Dios de los Vivientes. Cristo está vivo y actúa en medio nuestro, conduciéndonos a todos hacia la plenitud de vida. Él está vivo y nos quiere vivos. Cristo es nuestra esperanza. Lo imploramos cada día: venga a nosotros tu Reino, Señor. Y al hacerlo queremos también que nuestra vida y nuestras acciones se vuelvan una alabanza. Si nuestra misión como discípulos misioneros es la de ser testigos y heraldos de lo que vendrá, no podemos resignarnos ante el mal y los males, sino que nos impulsa a ser levadura de su Reino dondequiera que estemos: familia, trabajo, sociedad; nos impulsa a ser una pequeña abertura en la que el Espíritu siga soplando esperanza entre los pueblos. El Reino de los cielos es nuestra meta común, una meta que no puede ser sólo para el mañana, sino que la imploramos y la comenzamos a vivir hoy, al lado de la indiferencia que rodea y que silencia tantas veces a nuestros enfermos y discapacitados, a los ancianos y abandonados, a los refugiados y trabajadores extranjeros: todos ellos sacramento vivo de Cristo, nuestro Rey; porque «si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse»”

Así es, como dice san Pablo, el amor de Cristo nos mueve, nos impulsa, nos guía en el camino. Aunque todavía no se hayan manifestado en plenitud los efectos de su resurrección, el día está avanzado, despunta el alba de la victoria de Cristo. Es cierto, todavía hay sufrimiento y maldad en el mundo, subsisten tinieblas que se disiparán cuando vuelva en gloria y majestad y lo sea todo en todos. Mientras tanto, nosotros sus discípulos, nos abocamos a ser luz para el mundo, como lo fue en su momento el Dr. Takashi Nagai, cuya vida la Iglesia examina en vista a su canonización. Dicho sea de paso, algunos de nosotros estamos rezando en la parroquia para que pronto se obtenga un milagro por su intercesión y así sea proclamado santo para que su vida y su obra se conozcan más y su ejemplo inspire a muchos. A él, a san José y a la Virgen les pedimos que intercedan por nosotros para que sobreponiéndonos a nuestras heridas, miserias y temores, podamos dar testimonio fiel de vida cristiana aún en las circunstancias más difíciles, en los ambientes donde impera la resignación y la desesperanza, contribuyendo de ese manera a disipar las tinieblas del pecado y de la muerte y acelerar la venida del Reino de justicia, paz, verdad y libertad que Jesucristo inaugura y trae, porque El mismo es ese Reino ya presente entre nosotros.

Fr. Roberto M. Cid