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Principio y fin

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Solemnidad de Pentecostés.

Queridos hermanos en Cristo:

Este domingo celebramos la Solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Esta celebración marca el fin del tiempo pascual en el calendario litúrgico, pero también marca el comienzo de la obra evangelizadora de la Iglesia.

El Espíritu Santo transforma la comunidad de los discípulos de Jesús y les da el impulso misionero necesario para que salgan al mundo a comunicar la Buena Nueva de Cristo Jesús en cumplimiento del mandato recibido del Señor Resucitado.

Nuestros tiempos reclaman una nueva evangelización, un renovado impulso misionero que nos de la fuerza necesaria para llevar a Cristo al mundo. No se trata de hacer proselitismo, como quien quiere incorporar adeptos a un partido político, sino de mostrar el rostro de Cristo en nuestras vidas de manera coherente para que todos puedan encontrarlo a Él y sean sanados, liberados, santificados por la comunión con el Señor.

Como nos enseña san Pablo VI, “no habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo. Sobre Jesús de Nazaret el Espíritu descendió en el momento del bautismo, cuando la voz del Padre —”Tú eres mi hijo muy amado, en ti pongo mi complacencia” manifiesta de manera sensible su elección y misión.

Es “conducido por el Espíritu” para vivir en el desierto el combate decisivo y la prueba suprema antes de dar comienzo a esta misión. “Con la fuerza del Espíritu” vuelve a Galilea e inaugura en Nazaret su predicación, aplicándose a sí mismo el pasaje de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí”. “Hoy —proclama Él— se cumple esta Escritura”. A los Discípulos, a quienes está para enviar, les dice alentando sobre ellos: “Recibid el Espíritu Santo”.

En efecto, solamente después de la venida del Espíritu Santo, el día de Pentecostés, los Apóstoles salen hacia todas las partes del mundo para comenzar la gran obra de evangelización de la Iglesia, y Pedro explica el acontecimiento como la realización de la profecía de Joel: “Yo derramaré mi Espíritu”. Pedro, lleno del Espíritu Santo habla al pueblo acerca de Jesús Hijo de Dios. Pablo mismo está lleno del Espíritu Santo ante de entregarse a su ministerio apostólico, como lo está también Esteban cuando es elegido diácono y más adelante, cuando da testimonio con su sangre. El Espíritu que hace hablar a Pedro, a Pablo y a los Doce, inspirando las palabras que ellos deben pronunciar, desciende también “sobre los que escuchan la Palabra”.

“Gracias al apoyo del Espíritu Santo, la Iglesia crece”. Él es el alma de esta Iglesia. Él es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. Él es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por El, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado.

Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin Él. Sin Él, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin Él, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor.

Nosotros vivimos en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu. Por todas partes se trata de conocerlo mejor, tal como lo revela la Escritura. Uno se siente feliz de estar bajo su moción. Se hace asamblea en torno a Él. Quiere dejarse conducir por El.

Ahora bien, si el Espíritu de Dios ocupa un puesto eminente en la vida de la Iglesia, actúa todavía mucho más en su misión evangelizadora. No es una casualidad que el gran comienzo de la evangelización tuviera lugar la mañana de Pentecostés, bajo el soplo del Espíritu.

Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: Él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación. Pero se puede decir igualmente que Él es el término de la evangelización: solamente El suscita la nueva creación, la humanidad nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la variedad que la misma evangelización querría provocar en la comunidad cristiana. A través de Él, la evangelización penetra en los corazones, ya que Él es quien hace discernir los signos de los tiempos —signos de Dios— que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia.”

P. Roberto M. Cid