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Puertas abiertas

Solemnidad de Pentecostés

Queridos hermanos en Cristo:

Este domingo celebramos la fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles que también constituye la presentación en sociedad de la Iglesia.

El fragmento del Evangelio según san Juan que se proclama nos cuenta que los discípulos se encontraban en un lugar con las puertas cerradas porque tenían miedo. Aún en el encierro, Jesús se hace presente en medio de ellos para animarlos. Les muestra sus llagas para que comprueben que es El. Les comunica el soplo del Espíritu para transmitirles la paz que solo Él puede dar.

Gracias a Dios, este año la celebración de Pentecostés nos encuentra a nosotros con las puertas recién reabiertas. Estuvieron cerradas por dos largos meses, no por miedo, sino por precaución, para protegernos de la amenaza de la pandemia. Abrimos las puertas, pero la amenaza sigue latente, por lo tanto, tenemos que mantener algunas medidas extraordinarias. Es importante que todos cumplamos con ellas a rajatabla por nuestra seguridad y la de nuestro prójimo.

Cuando digo que las puertas estuvieron cerradas, me refiero, obvia y exclusivamente a las puertas del edificio que llamamos iglesia, porque las puertas de la Iglesia están siempre abiertas para todo el que busca a Jesucristo. Ya sea con las puertas del edificio cerradas o abiertas, Jesucristo sigue presente entre nosotros. La Iglesia no es solo un edificio. En un sentido profundo, ni siquiera somos nosotros los que hacemos la Iglesia, sino Jesucristo vivo, presente en ella, animando la historia humana a través de ella. El es su cimiento, su vida y su meta. Es el quien hace a la Iglesia católica. Sin él, la Iglesia no sería ella misma. Como dice el Papa Francisco, sin Jesucristo y sin la cruz, la Iglesia sería una ONG piadosa.

Por supuesto que esta Iglesia tiene una estructura visible y se nutre de los sacramentos. Por eso el cierre de la iglesia parroquial y la imposibilidad de asistir a Misa y recibir la Eucaristía es tan doloroso para nosotros. Por eso, aún en medio de la pandemia hemos seguido celebrando los sacramentos. De ahí también el gozo de saber que no obstante las necesarias restricciones, podemos volver a acercarnos a Jesucristo presente en la Eucaristía y recibirlo con gran devoción y emoción. Porque la Eucaristía hace a la Iglesia. Porque en la Eucaristía todo Cristo viene a nosotros.

Nuestra hermosa fe católica no es una filosofía de vida ni un código moral, sino una relación de amor con alguien que está vivo. Como toda relación de amor, se nutre de la presencia. Como dice la canción popular cubana: “cuando se quiere de verás… es imposible… tan separados vivir.” Por eso también la importancia de todos los sacramentos.  A través de ellos recibimos el amor de Dios, su gracia que sana y salva. Por el Bautismo fuimos configurados a Cristo. La Confesión nos purifica, dispone nuestra alma manchada por el pecado para el encuentro con el Señor, restablece la gracia en nosotros. La unción de los enfermos nos fortalece frente a la enfermedad. La Confirmación perfecciona el Bautismo y nos confiere los dones del Espíritu. El matrimonio hace de la comunión de vida y amor entre el esposo y la esposa un vehículo de la gracia. El orden configura al sacerdote a Cristo para que pueda ser su presencia en el pueblo, especialmente en la celebración de la Eucaristía.

La comunidad y los sacramentos son indispensables en la vida del cristiano, porque nuestra relación con Dios es personal y al mismo tiempo comunitaria pues compartimos con Cristo y con los hermanos nuestra común naturaleza humana. Esta comunidad de los que han sido incorporados a Cristo por el Bautismo tiene una estructura visible. Como dice san Pedro en un fragmento que se leyó hace unas semanas, hemos sido constituidos en una nación consagrada y pueblo de su propiedad. Durante su ministerio público Jesucristo manifiesta en múltiples ocasiones su clara intención de establecer entre sus seguidores una estructura visible, jerárquica, histórica, como se desprende, por ejemplo, del capítulo 16 del Evangelio según san Mateo. También en numerosas oportunidades promete el Espíritu Santo que llevará a los apóstoles al conocimiento de la verdad plena y guiará a sus discípulos. La fiesta que hoy celebramos es el cumplimiento de esa promesa y una verdadera fiesta de la Iglesia en cuanto pueblo de Dios. En Pentecostés queda constituida la Iglesia en el mundo con una estructura que tiene por cabeza visible a Pedro quien enseña y gobierna en nombre de Jesucristo, la verdadera cabeza del pueblo de Dios, el sumo y eterno sacerdote de la fe que profesamos.

Como enseña el Concilio Vaticano II: “Cristo, el único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible, comunicando mediante ella la verdad y la gracia a todos. Mas la sociedad provista de sus órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, la asamblea visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia enriquecida con los bienes celestiales, no deben ser consideradas como dos cosas distintas, sino que más bien forman una realidad compleja que está integrada de un elemento humano y otro divino. Por eso se la compara, por una notable analogía, al misterio del Verbo encarnado, pues, así como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como de instrumento vivo de salvación unido indisolublemente a Él, de modo semejante la articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu Santo, que la vivifica, para el acrecentamiento de su cuerpo…

La Iglesia «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios» anunciando la cruz del Señor hasta que venga. Está fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo el esplendor al final de los tiempos.”

Así es, aún entre las penumbras y dificultades de la pandemia la Iglesia continúa anunciando el amor de Dios, llevando a Jesucristo a los pueblos del mundo. Animada por el Espíritu Santo proclama incansablemente al Señor resucitado, vivo, presente especialmente en la Sagrada Eucaristía. La Iglesia está, ha estado y estará siempre abierta, especialmente para acoger a los pecadores que buscamos a Cristo, que confiamos en su misericordia. Este domingo, gracias a Dios, las puertas del templo parroquial también están abiertas. Manteniendo las precauciones ordenadas por el arzobispo y la Ciudad de Miami Beach para disminuir los contagios, podremos tener un renovado y gozoso encuentro con Jesús quien por la acción del Espíritu Santo está real y sustancialmente presente en el Santísimo Sacramento.

¡La Iglesia está abierta! ¡Desde el martes pasado las puertas de nuestro templo parroquial también están abiertas!

Fr. Roberto M. Cid