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Rey absoluto

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo

Queridos hermanos en Cristo:

En este último domingo del año litúrgico celebramos la Solemnidad de Cristo Rey.

Se trata de una celebración relativamente nueva en el calendario litúrgico, pues fue instituida por el Papa a principios del siglo XX. Frente a las ideologías que surgieron en el siglo XIX que negaban la trascendencia del hombre y afirmaban la muerte de Dios, esta celebración viene a recordarnos la soberanía de Dios sobre toda la creación.

Designar al Señor Jesucristo con el título de rey, evoca por supuesto comparaciones con las monarquías que conocemos, ya sea los reyes del Antiguo Testamento, o las monarquías constitucionales que aún subsisten en muchos países de Europa occidental como es el caso de Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Gran Bretaña y España u otras monarquías como las del lejano oriente en Tailandia o incluso en el medio oriente, por ejemplo, la de Catar que en estos días en que se disputa la Copa Mundial de fútbol allí aparece de manera prominente en los medios de comunicación mundiales.

También podemos pensar en las monarquías absolutistas que existieron a través de la historia en Europa y en otras partes del mundo en las que la voluntad del soberano, y a veces su capricho, era ley y tenía precedencia sobre cualquier otro derecho humano o consideración.

Jesucristo es efectivamente rey en sentido analógico con estos soberanos, pero como toda analogía es tanto lo que tiene en común como lo que es diferente, pues su soberanía no es hereditaria, ni tampoco es un monarca constitucional, ni mucho menos absolutista.

No hay duda de que es soberano absoluto, porque como dice san Pablo en la segunda lectura de este domingo, todo lo pertenece. Así es, no ha heredado nada de nadie. La creación entera es obra de sus manos, pues es Dios. No es rey por un contrato social, ni por delegación de poderes o derechos del pueblo, sino que el pueblo, su pueblo existe porque Él lo amó primero. Tampoco es una cuestión de tradición, herencia, legado, derechos constitucionales. Es la segunda persona de la Santísima Trinidad, Dios amor, que justamente crea todo lo que existe por amor. A diferencia de David, no ha sido ungido rey, sino que precisamente por ser el Ungido, el Mesías, el Hijo de Dios es Rey de la creación entera, no solamente de Israel.

Jesucristo es Dios. Todo fue creado por El, en El y para El.

Por lo tanto, todo lo que existe le pertenece por derecho propio.

Ahora bien, este Rey Absoluto que gobierna el universo entero con mano poderosa y brazo extendido, no hace ostentación de poder, no atropella a sus súbditos, ni siquiera aplasta a quienes se oponen a Él. Al contrario, se hace vulnerable. Se deja crucificar, precisamente para vencer por amor en vez de conquistar y dominar por la fuerza.

Como tiene todo el poder, no necesita defenderse ni responder a los insultos. No hace proselitismo, sino ama. Por eso respeta la libertad de aquellos a quienes ama. El libre albedrío que hace posible el rechazo y la burla es de hecho un don amoroso de El hacia nosotros, sus creaturas. Más aún como ama apasionadamente a sus creaturas, se somete al poder de la muerte para liberarnos de ese yugo.

Hay quienes piensan que se emancipan cuando le vuelven la espalda. Otros lo rechazan porque no cumple con sus expectativas de lo que debe ser un rey. Quienes lo desafían y se burlan de Él, no se dan cuenta que en realidad, su sacrificio en la cruz es el evento que salva y redime a todos los hombres. Estos olvidan que la verdadera libertad del hombre consiste en sobreponerse a las pasiones con la ayuda de Su gracia, dejando a un lado la esclavitud del pecado. Mientras algunos lo insultan, El calla y ama. Porque ama padece. Por su muerte en cruz sana la naturaleza humana herida y la redime. Por su resurrección nos libera de la muerte.

Aquellos que tienen un corazón dócil, reconocen en El, al verdadero Rey que es. Tal es el caso del buen ladrón. Es capaz de ver la realidad tal cual es. Comenzando por sí mismo. No hace demandas, no reniega de sus acciones ni las justifica, se arrepiente, volviéndose hacia Aquel que puede transformar su vida incluso en el momento del suplicio. Empieza reconociendo su culpa y su necesidad de perdón, pues ha obrado mal. Solo pide misericordia del Señor y la obtiene. El amor de Dios le permitirá reinar con Aquel que ha compartido su misma suerte, fue crucificado igual que él aunque sin culpa alguna.

Así también nosotros, si abrimos nuestro corazón a este Rey absoluto, no absolutista, seguimos su ejemplo, nos esforzamos por cumplir su voluntad, sin importar el punto de partida, la situación en la que nos encontremos, podremos alcanzar la libertad verdadera que nos permite sobreponernos a nuestras pasiones y a las consecuencias del pecado propio y ajeno en nuestra vida. Su humanidad resplandecerá en nosotros con todo su esplendor y, por su gran misericordia, reinaremos con El para toda la eternidad.

Fr. Roberto M. Cid