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Rico en misericordia

Domingo de la Divina Misericordia

Queridos hermanos en Cristo:

San Juan Pablo II designó al domingo después de Pascua como el Domingo de la Divina Misericordia.

El martes pasado, 2 de abril, se cumplieron 19 años de su fallecimiento ocurrido en el año 2005. Quiso la Divina Providencia que ese día fuera víspera del Domingo de la Divina Misericordia, que él mismo había designado.

La designación del II Domingo de Pascua como Domingo de la Divina Misericordia no estuvo exenta de controversias. Hubo quienes criticaron al Papa porque según ellos equiparaba a una devoción con la celebración del domingo. Para colmo no era un domingo cualquiera sino el domingo después de Pascua.

Sin embargo, el Papa no estaba pensando solamente en la Coronilla de la Divina Misericordia, sino más bien en la proclamación del amor de Dios, tan necesaria en nuestros tiempos. Hay que recordar, como lo hace con frecuencia el Papa Francisco, quien ha hecho de la proclamación de la misericordia de Dios uno de los ejes centrales de su pontificado, que el Papa santo había publicado una encíclica en los primeros años de su pontificado, específicamente en 1980, titulada Dives in Misericordia. Esta encíclica puede considerarse parte de una trilogía dedicada a la Santísima Trinidad que comienza con su primera encíclica Redemptor Hominis, un documento programático que enunció lo que sería el programa de un pontificado fecundo y luminoso de más de 25 años.

Así explicaba el Papa la razón por la que pensaba necesario hacer hincapié en la Misericordia de Dios en el mundo contemporáneo.

“La apertura a Cristo, que en cuanto Redentor del mundo « revela plenamente el hombre al mismo hombre », no puede llevarse a efecto más que a través de una referencia cada vez más madura al Padre y a su amor.

Dios, que « habita una luz inaccesible », habla a la vez al hombre con el lenguaje de todo el cosmos: « en efecto, desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras ». Este conocimiento indirecto e imperfecto, obra del entendimiento que busca a Dios por medio de las criaturas a través del mundo visible, no es aún « visión del Padre ». « A Dios nadie lo ha visto », escribe San Juan para dar mayor relieve a la verdad, según la cual « precisamente el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer ». Esta « revelación » manifiesta a Dios en el insondable misterio de su ser —uno y trino— rodeado de « luz inaccesible ». No obstante, mediante esta « revelación » de Cristo conocemos a Dios, sobre todo en su relación de amor hacia el hombre: en su « filantropía ». Es justamente ahí donde « sus perfecciones invisibles » se hacen de modo especial « visibles », incomparablemente más visibles que a través de todas las demás « obras realizadas por él »: tales perfecciones se hacen visibles en Cristo y por Cristo, a través de sus acciones y palabras y, finalmente, mediante su muerte en la cruz y su resurrección.

De este modo en Cristo y por Cristo, se hace también particularmente visible Dios en su misericordia, esto es, se pone de relieve el atributo de la divinidad, que ya el Antiguo Testamento, sirviéndose de diversos conceptos y términos, definió « misericordia ». Cristo confiere un significado definitivo a toda la tradición veterotestamentaria de la misericordia divina. No sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica. El mismo es, en cierto sentido, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se hace concretamente « visible » como Padre « rico en misericordia ».

La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de « misericordia » parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado. Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia…

Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como « Padre de la misericordia », nos permite « verlo » especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad. Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de Dios. Ellos son ciertamente impulsados a hacerlo por Cristo mismo, el cual, mediante su Espíritu, actúa en lo íntimo de los corazones humanos. En efecto, revelado por El, el misterio de Dios « Padre de la misericordia » constituye, en el contexto de las actuales amenazas contra el hombre, como una llamada singular dirigida a la Iglesia.”

Sus sucesores han confirmado esa llamada de Dios a la Iglesia en nuestro tiempo. Como nos dijo el Papa Benedicto en Dios es Amor, “hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida… En un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto.”

Fr. Roberto M. Cid