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Romanos 8:28

XVII domingo del tiempo ordinario

Queridos hermanos en Cristo:

La labor pastoral carcelaria de la Iglesia es mandato explícito de Cristo.

En el capítulo 25 del Evangelio según san Mateo, el Señor nos presenta lo que el Papa Francisco llama “el protocolo con el que seremos juzgados.” Allí taxativamente nos dice “estaba preso y me visitaste.” Visitar a los presos es una obra de misericordia corporal.

Ese pasaje del Evangelio debe interpelarnos y movernos a la acción. Hay algo que me llama mucho la atención en esas palabras de Cristo. El Señor no dice “estaba preso siendo inocente…”, sino simplemente “estaba preso…” Eso nos habla de la dignidad intrínseca de nuestra condición humana creada a imagen y semejanza de Dios. Cristo se hace solidario con todos los seres humanos, absolutamente todos. Aunque existen actos que son abominables, objetivamente inmorales y reprobables, aún el peor criminal de la historia debe ser tratado con el respeto que su humanidad exige. Los cristianos, además tenemos la obligación grave de practicar obras de misericordia corporales y espirituales, reconociendo en nuestra común humanidad, la humanidad de Cristo.

Antes de entrar al seminario visitaba reclusos en cárceles estatales y federales junto a otros voluntarios católicos. En una de ellas acompañaba a un grupo de reflexión y oración en el que había varias personas sentenciadas a cadena perpetua por distintos crímenes. Recuerdo vivamente que un día cuando llegué a la cárcel, mientras nos preparábamos para las actividades de esa semana, una persona de mi grupo me dijo con gran entusiasmo que su caso había sido referido a las autoridades pertinentes para que consideraran la posibilidad de darle el beneficio de libertad condicional. Como sabía que hacía poco tiempo otra persona en la cárcel había intentado suicidarse y temiendo que si el resultado del proceso era adverso esta persona pudiera desesperarse, traté de moderar sus expectativas, diciéndole que me alegraba, pero que el proceso era incierto y aunque iba a rezar para que la respuesta fuera favorable, existía la posibilidad que no le concedieran la libertad condicional solicitada. Inmediatamente me respondió: “Lo sé. Estoy consciente de ello. Pero si me niegan la libertad condicional, Romanos 8:28.” No entendí lo que me quiso decir. Tampoco conocía el versículo de memoria, así que la pregunté que me estaba diciendo. Me respondió: “Romanos 8:28: Todo es para el bien de los que aman a Dios.”

Cuando llegué a mi casa ese día tomé la Biblia y busqué la cita. Efectivamente decía: “Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman.”

Lo que me quería decir esta persona encarcelada era que confiaba en el amor de Dios a quien había encontrado en la prisión, confiaba en su bondad. Si le denegaban la libertad condicional confiaba en que si se mantenía en comunión con el Señor las cosas iban a terminar bien para ella a pesar de la desilusión, la lógica tristeza y el hecho objetivo de permanecer en la cárcel.

Desde ese día, ha quedado grabada en mi mente esa cita de la carta a los Romanos, capítulo 8, versículo 28 que aparece en la segunda lectura de este domingo. Me la repito con frecuencia, porque me ayuda a tratar de mantenerme fiel frente a las dificultades, aparentes derrotas, el sufrimiento y cualquier otra manifestación de la cruz.

No debemos olvidar nunca que más allá de los contratiempos, las dificultades, las injusticias, la mentira, la corrupción, la enfermedad y el dolor que son reales y que nos afectan cotidianamente, como lo comprobamos en estos días de pandemia; el amor de Dios es una constante en nuestras vidas. Es El quien tiene la última palabra. Esa palabra es amor. Esa palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Como también dice San Pablo en el mismo capítulo 8 de la carta a los Romanos. Nada ni nadie, ni siquiera la muerte puede separarnos del amor de Cristo. Solamente nuestro pecado nos aleja de Él. Y aún así, como le dice a Timoteo, aunque nosotros lo abandonemos y le demos la espalda, el permanece fiel a nosotros porque no puede negarse a sí mismo.

Obviamente Dios no quiere la injusticia, aborrece los crímenes, los atropellos, la mentira, la avaricia y el mal en todas sus manifestaciones. Sin embargo, dado que existe el mal en el mundo, dado que los hombres rechazamos su amor y nos empecinamos en el pecado, Dios no permite que éste tenga la última palabra en la historia. Además, constantemente nos ofrece toda la asistencia que necesitamos para obrar el bien, para sobreponernos a los efectos del pecado ajeno en nuestra vida, para que nos convirtamos.

Abundan los ejemplos en la historia de salvación.

Pensemos por ejemplo en José, el hijo de Jacob. Está claro que Dios no quería que sus hermanos lo vendieran como esclavo. Sin embargo, en presencia de ese acto abominable, Dios se las ingenió para sacar un bien mayor. José llega a ser una especie de gran visir del faraón en un momento de sequía y hambruna. Termina salvando la vida de aquellos que le hicieron daño. Así mismo lo interpreta José en el reencuentro con sus hermanos narrado en el capítulo 45 del libro del Génesis. Ha sufrido mucho. El mal que han hecho los hermanos es real. Cuando los encuentra se larga a llorar. Sin embargo, el hecho de que José haya estado en Egipto salva a ellos y a su padre. Además, se produce un reencuentro familiar antes de la muerte de Jacob.

Por supuesto que el más elocuente de todos los ejemplos del poder de Dios para hacer el bien aún en presencia del mal es la Pasión de Cristo que se convierte en la antesala de su gloriosa resurrección. Jesucristo padece una muerte ignominiosa, una injusticia descomunal, sufre en su carne lo que nadie podría sufrir y muere abandonado de todos, excepto su madre y un discípulo. Sin embargo, resucita y al hacerlo destruye el poder del pecado y de la muerte llevando a la creación entera a su plenitud en Dios.

No olvidemos nunca que Dios no quiere el mal, no quiere la muerte. En presencia de estas realidades, no se queda impasible, sino que la Divina Providencia actúa para que florezcan el bien, la verdad y la justicia. Debemos hacer todo lo que está a nuestro alcance para permanecer en el bien y la verdad. Hay que cooperar con la gracia. Frente a las contrariedades de la vida y cualquier tribulación, cuando encontramos la cruz debemos  esforzamos por permanecer en comunión con Cristo. Si lo hacemos, incluso las dificultades se convertirán en fuente de redención y de vida. Ese es el mensaje de Romanos 8:28. Recordémoslo siempre. Nos hará redoblar nuestro compromiso con el bien y la verdad. Nos dará paz interior. Nos hará crecer en la fe, la esperanza y la caridad. Profundizaremos nuestra comunión con Jesucristo muerto y resucitado. Aquel que vive para siempre para interceder por nosotros.

Fr. Roberto M. Cid