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Sobreentendido

I domingo de Cuaresma

Queridos hermanos en Cristo:

Cuando me preparaba para la celebración del miércoles de ceniza durante la semana que acaba de concluir, me llamó mucho la atención que en el fragmento del Sermón de la Montaña que se proclamó en la Misa, el Señor Jesús no dice, “si rezan… si dan limosna… si hacen ayuno”, sino más bien “cuando recen… cuando den limosna… cuando hagan ayuno.”

O sea que da por sobreentendido que lo hacemos cotidianamente. Y es que así debe ser en la vida de un cristiano. Rezar, hacer penitencia y practicar obras de misericordia no son cosas que hacemos solamente durante la Cuaresma, sino que deben ser constantes en nuestras vidas.

Rezar es indispensable en nuestra relación con el Señor. Nuestra hermosa fe católica es una relación de amor con alguien que está vivo y como ocurre con la gente que se ama, es necesario cultivar la relación, dialogar, escucharse mutuamente. El Señor es perfecto y, como le dice san Pablo a Timoteo, permanece siempre fiel, aún cuando nosotros somos infieles. Sin embargo, nosotros somos frágiles e imperfectos, podemos ser infieles, por eso necesitamos cultivar nuestra relación con el Señor para que no se anquilose o se vuelva rutinaria. La oración juega un papel central en nuestra vida de fe. El Señor Jesús nos exhorta a rezar, a pedir. San Pablo también lo hace, por ejemplo, en la carta a los Tesalonicenses. Es que, como dijo una vez el papa Francisco, sin la oración no vamos a ninguna parte.

La oración es antes que nada un diálogo de amor, por lo tanto, es muy importante que además de pedir y agradecer a Dios dediquemos tiempo a la oración de adoración. Ponernos en presencia del Señor como un enamorado que lo que desea es estar y ser con quien ama. En inglés el verbo “to be” significa ser y estar, en castellano tenemos dos verbos distintos, pero estar con el otro también significa ser con el otro. Por eso, para ser con Aquel que es, tenemos que ponernos en presencia, estar con ese Otro.

En cuanto a la penitencia, es necesaria para que lo bueno que tiene para ofrecernos el mundo que, por otra parte, es don de Dios, no se convierta en una distracción, en un obstáculo en nuestra relación con Dios o termine esclavizándonos. Siempre existe el riesgo de ser dominados por los dones que hemos recibido pues somos débiles.

Una vez leí que Dietrich Bonhoeffer, un pastor protestante alemán que fue asesinado por los nazis decía que el hombre se rebela contra su Creador y como no es Dios termina sumido en la miseria. Las creaciones del hombre se rebelan contra su creador y como el hombre no es Dios termina siendo esclavo de estas. Lo constatamos a diario. Cuantas personas son esclavas de distintos objetos inanimados creados por el hombre o terminan idolatrando la tecnología, el dinero y tantas otras invenciones que deberían servir para facilitar nuestra vida, pero terminan haciéndola más complicada.

Permítanme ilustrar lo que digo con dos ejemplos cinematográficos. En la película “2001 Odisea del espacio”, la computadora Hal intenta tomar control de la nave y dominar a los tripulantes humanos. A veces pareciera que eso es lo que nos pasa en nuestro tiempo. En “El imperio contraataca”, justamente cuando Luke Skywalker contempla su brazo que ya no es el de un ser humano, sino el de una máquina y mira a su padre, se da cuenta que se está convirtiendo en una máquina y por eso rechaza el lado oscuro de la fuerza resistiendo a la tentación.

Cuenta el cardenal Pell en su diario de prisión que una de las cosas que se dio cuenta durante su injusto cautiverio era hasta qué punto él y todos los católicos nos hemos olvidado de la importancia de la penitencia en nuestra vida. El mundo nos ofrece tantas cosas y tan buenas, llevamos una vida de tanto confort que, con gran facilidad, poco a poco, lentamente, nos vamos dejando dominar por los bienes. El desapego a los bienes nos ayuda a dominarlos. Para cultivar el desapego es muy importante la penitencia, que por otra parte ayuda a fortalecer la voluntad. Esto es clave para poder reconocer las múltiples tentaciones y llegado el caso poder resistir. Así también crecemos en libertad interior, que como dijo el papa Benedicto en su visita a Cuba, es indispensable para alcanzar la verdadera libertad que el Señor nos ofrece.

Finalmente, a través de las obras de misericordia corporales y espirituales diseminamos el amor que hemos encontrado en Jesucristo, de manera que otros puedan gustarlo y abrazarlo en sus vidas.

Oración, penitencia y obras de misericordia deben ser constantes en la vida del cristiano. Durante la Cuaresma las practicamos con mayor intensidad. Es un tiempo en el que, a imitación del Señor, impulsados por el Espíritu, nos adentramos en el desierto, dejamos a un lado las tentaciones, nos ponernos a la escucha de Dios para poder vivir más intensamente el Evangelio como ciudadanos del Reino que en Jesucristo ya está presente entre nosotros.

Fr. Roberto M. Cid