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Tradición y tradiciones

VI domingo del tiempo ordinario

Queridos hermanos en Cristo:

La Tradición es una de las fuentes de la vida cristiana. Como explica el Catecismo,  “la Tradición de que hablamos aquí es la que viene de los apóstoles y transmite lo que éstos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el Espíritu Santo. En efecto, la primera generación de cristianos no tenía aún un Nuevo Testamento escrito, y el Nuevo Testamento mismo atestigua el proceso de la Tradición viva.

Es preciso distinguir de ella las “tradiciones” teológicas, disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en las Iglesias locales. Estas constituyen formas particulares en las que la gran Tradición recibe expresiones adaptadas a los diversos lugares y a las diversas épocas. Sólo a la luz de la gran Tradición aquéllas pueden ser mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.”

Desde la época apostólica, la Iglesia siempre ha examinado las tradiciones con “t” minúscula y ha abandonado aquellas que no contribuían a la proclamación del Evangelio e incluso, a veces, debido a los cambios en la sociedad y las costumbres podían convertirse en un verdadero obstáculo para la vida cristiana. A veces incluso esto ha generado controversias en la vida de la Iglesia, como se advierte en la primera lectura de este domingo o en la carta a los Gálatas.

La Tradición apostólica, en cambio, así como la ley natural o la ley divina son inmutables.

Es importante entender la diferencia y tener el pensamiento claro, para poder separar la paja del trigo. De lo contrario se corren varios peligros que pueden llegar a poner a prueba nuestra fe, ya sea porque estamos muy aferrados a costumbres y al abandonarlas nos parece que ponemos en peligro la integridad del mensaje Evangélico o bien porque nos dejamos llevar por la cultura de nuestro tiempo y pensamos que todo, incluso los dogmas y la ley natural deben ser abandonados por la Iglesia.

Hay una frase célebre atribuida a Gustav Mahler que dice: “la tradición consiste en la transmisión de una antorcha, no es el culto de las cenizas.” O como decía Chesterton, la tradición impide que quienes viven en este tiempo impongan sus ideas a todas las generaciones. Por eso el papa Benedicto decía que la Iglesia es una democracia diacrónica, todas las generaciones de cristianos participan en su vida y en sus decisiones. La Tradición apostólica es garantía de fidelidad al Evangelio, pero eso no significa que las costumbres que se van desarrollando en la vida de la Iglesia o la disciplina de la Iglesia que es útil para la proclamación del Evangelio en un momento dado en un lugar determinado, sea inmutable o deba ser preservada contra viento y marea.

Justamente, en estos días, el Papa Francisco abordó el tema en una alocución a un grupo de estudiantes rumanos. Con el estilo poético que lo caracteriza afirmó que “sin nutrir las raíces toda tradición religiosa pierde fecundidad. De hecho, ocurre un proceso peligroso: con el paso del tiempo uno se enfoca cada vez más en sí mismo, en la pertenencia, perdiendo el dinamismo de los orígenes. Entonces nos enfocamos en aspectos institucionales, externos, en la defensa de nuestro grupo, de nuestra historia y de nuestros privilegios, perdiendo, quizás sin darnos cuenta, el sabor del don. Quedarse en la metáfora, es como detenerse a mirar el tronco, las ramas y las hojas, olvidando que todo se sustenta en las raíces. Pero solo si las raíces están bien regadas, el árbol puede continuar creciendo exuberantemente; de lo contrario, se pliega sobre sí mismo y muere. Esto sucede cuando uno se asienta y es afectado por el virus de la mundanalidad espiritual, que es el peor mal que puede pasar en la Iglesia: la mundanalidad espiritual. Luego se marchita en una vida mediocre, autorreferencial, hecha de arribismo, escalada, búsqueda de satisfacción personal y placeres fáciles. La actitud que trata de escalar, de tener poder, de tener dinero, de tener fama, de estar cómodo, de hacer carrera. Esto es querer crecer sin raíces. Es verdad que hay otros que van a las raíces para esconderse ahí, porque tienen miedo al crecimiento. Es cierto. Vas a las raíces para coger fuerza, sacar jugo y seguir creciendo. No puedes vivir en las raíces y no puedes vivir en el árbol sin las raíces. La tradición es un poco el mensaje que recibimos de las raíces: es lo que te da la fuerza para seguir adelante hoy, sin repetir las cosas de ayer, pero con la misma fuerza que la primera inspiración.

Aquí en Roma, además de profundizar en las raíces, tenéis la oportunidad de pensar en cómo actualizarlas, para que vuestro ministerio no sea una repetición estéril del pasado o un mantenimiento del presente, sino que sea fecundo, mirando hacia delante. Y este es el secreto de la fecundidad, es el mismo que el de aquellos Obispos y sacerdotes: es decir, el don de la vida, el Evangelio para ser puesto en práctica con corazón de pastores. Pienso en el cardenal Mureşan, que dentro de unos días cumplirá 91 años: años de servicio en el sacerdocio, que comenzaron hace casi sesenta años en un humilde sótano, tras la liberación de los obispos supervivientes de la prisión. Pastores pobres en cosas, pero ricos en Evangelio. Sed, pues, apóstoles gozosos de la fe que habéis heredado, dispuestos a no guardaros nada y dispuestos a reconciliaros con todos, a perdonar y a tejer la unidad, superando toda ira y victimismo. Entonces vuestra semilla también será evangélica y dará fruto. Sin olvidar el pasado, pero viviendo el presente, con fecundidad.”

Arraigados en la Tradición, los cristianos nos adentramos en los mares de la historia, remamos mar adentro, siguiendo el mandato misionero del Señor Jesús, para transformar la realidad, para que la cultura de nuestro tiempo sea fecundada por el Evangelio.

Como decía san Juan Pablo II, este es el tiempo de remar mar adentro. “Se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús, después de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó al Apóstol a « remar mar adentro » para pescar: « Duc in altum ». Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Cristo y echaron las redes. « Y habiéndolo hecho, recogieron una cantidad enorme de peces ».

¡Duc in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: « Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre »”

Fr. Roberto M. Cid