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Un santo para estos tiempos

VI domingo de Pascua

Queridos hermanos en Cristo:

El Señor exalta el valor de la amistad en el capítulo 15 del Evangelio según san Juan llevándola a niveles insospechados cuando se declara amigo nuestro y nos enseña que dar la vida por el otro es la forma más elevada del amor.

La amistad es una forma del amor. El amor verdadero busca siempre el bien del amado, aún a costa del sacrificio personal. Luego, aquel que está dispuesto a morir por el que ama, por su amigo, vive el amor en su forma más elevada y radical.

El Señor no solo enseña con su palabra, sino que lo demuestra con su propia vida. La da por nosotros, sus criaturas, sus siervos, a quienes nos llama amigos. Como señalaba hace unas semanas el Papa Francisco, incluso llama amigo a aquel que lo traiciona en el momento mismo que se consuma la traición. Jesús da la vida por todos, absolutamente por todos, incluso por quienes lo torturan y lo condenan a muerte.

¡Hasta ese extremo llega el amor de Dios por nosotros!

Ese es el amor que nos ha creado, que se encarna, que se nos ofrece, en el que se nos invita a participar y también a imitar.

Los santos lo han vivido, los mártires lo han manifestado con la entrega incluso de su vida.

El próximo lunes 10 de mayo, la Iglesia recuerda al padre Damián de Veuster. Su vida admirable por el testimonio de amor y entrega a los leprosos ha hecho que incluso se lo reconozca en el Capitolio de los EE.UU., pues su estatua es una de las que representan al estado de Hawai en el Hall de estatuas.

El padre Damián, quien fue canonizado por Benedicto XVI, había nacido en Bélgica en 1840 y falleció en Hawaii en 1889. Había ido allí como misionero.

Desembarcó en Honolulú el 19 de marzo de 1864 y allí fue ordenado sacerdote el 21 de mayo siguiente. Sin esperar más, se entregó en cuerpo y alma a la áspera vida de misionero por los poblados de Hawai, la mayor de las islas del archipiélago.

Por aquellos días, para frenar la propagación de la lepra, el Gobierno de Hawai decidió deportar a Molokai, una isla cercana, a cuantos estuviesen afectados por la enfermedad, entonces incurable. El obispo, monseñor Louis Maigret, habló de ello con sus sacerdotes. A nadie quería enviar allí por obediencia, sabiendo que una orden semejante era una condena a muerte. Se ofrecieron cuatro misioneros: irían por turno a visitar y asistir a los leprosos en su desamparo. Damián fue el primero en partir: era el 10 de mayo de 1873.

A petición propia y de los mismos enfermos, se quedó definitivamente en Molokai. Impulsado por el deseo de aliviar el sufrimiento de los leprosos, se interesó por los progresos de la ciencia. Experimentó en sí mismo nuevos tratamientos, que compartía con sus enfermos. Día tras día, cuidaba de los enfermos, vendaba sus heridas hediondas, reconfortaba a los moribundos, enterraba a quienes habían terminado su calvario. “Hago lo imposible —decía— por mostrarme siempre alegre, para levantar el ánimo de mis enfermos”. Su fe, su optimismo, su disponibilidad conmovían los corazones. Todos se sentían invitados a compartir su alegría de vivir, a superar, con la fe, los límites de su miseria y angustia.

“El infierno de Molokai”, impregnado de egoísmos, de desesperación y de inmoralidad, se transformó gracias a él en una comunidad que causaba admiración incluso al Gobierno.

Orfanato, iglesia, viviendas, equipamientos colectivos: todo se realizaba con la ayuda de los menos impedidos. Se amplió el hospital, se acondicionaron el desembarcadero y sus caminos de acceso, al mismo tiempo que se tendía una conducción de agua. San Damián abrió un almacén en el que los enfermos podían aprovisionarse gratuitamente. Alentaba a su gente a cultivar la tierra y plantar flores. Para entretenimiento de sus leprosos, organizó incluso una banda de música. Así, san Damián hacía redescubrir a los leprosos que a los ojos de Dios todo hombre es algo precioso, porque nos ama como un padre.

San Damián concebía su presencia en medio de los leprosos como la de un padre entre sus hijos. Conocía los riesgos del trato cotidiano con sus enfermos. Tomando todas las precauciones razonables, consiguió durante más de una década escapar al contagio. Sin embargo, acabó enfermando también él. Con plena confianza en Dios, declaró en esos momentos: “Estoy feliz y contento, y si me dieran a escoger la salida de este lugar a cambio de la salud, respondería sin dudarlo: Me quedo con mis leprosos toda mi vida”.”

La vida y el ejemplo del padre Damián es particularmente relevante para estos tiempos de pandemia, en los que tantos, aún sin conocerlo, imitan su ejemplo de manera abnegada y silenciosa cuidando a los infectados.

La semana pasada celebramos a san Florián, el patrono de los bomberos. Una vez escuché decir al Jefe de Bomberos de Miami Beach, Virgilio Fernández, que la vocación del bombero lo lleva a correr hacia lugares de los que la gente se aleja corriendo.

Esta semana se observa en los Estados Unidos la semana de la enfermería, pues se conmemora un nuevo aniversario del nacimiento de Florencia Nightingale. La presencia entre nosotros del coronavirus puso de manifiesto los riesgos a los que se exponen los trabajadores de la salud para cuidarnos a nosotros.

Bomberos, enfermeras, trabajadores de la salud, encarnan cotidianamente el capítulo 15 del Evangelio según san Juan. Arriesgan la vida no solamente por sus amigos, sino por completos desconocidos con quienes lo único que comparten es nuestra común humanidad. Esa misma humanidad que Dios asumió por amor a nosotros.

Si existimos, podemos amar y ser amados es justamente por ese amor primordial que nos amó primero, el amor de Dios, quien nos invita a participar de su misma vida divina al ofrecerse por nosotros en la cruz, que por su resurrección se ha transformado en el verdadero árbol de la vida.

¡Que el ejemplo del padre Damián nos ayude a todos a discurrir estos días de pandemia en el amor de Dios, imitando su entrega a imagen de Aquel que se entregó por nosotros! ¡En este mes de mayo, sigamos rezando el rosario con el Papa Francisco, pidiéndole a la Santísima Virgen y a san Damián que interceden para que acabe esta pandemia que se ha cobrado y sigue cobrándose tantas vidas!

Fr. Roberto M. Cid