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Una carta

XIX domingo del tiempo ordinario

Queridos hermanos en Cristo:

Hace unos días leí una carta del actual Arzobispo de Buenos Aires, sucesor del Papa Francisco, y sus auxiliares dirigida a quienes cuidan enfermos graves o personas aisladas por la pandemia. Se trata de un texto conmovedor que comienza con una cita de la Segunda Carta a los Corintios que comparto con Uds.

“…tristes siempre alegres (2 Co. 6, 10)

Todo ser humano es irrepetible; también lo es el transcurso de su existencia; también el modo de llegar al final del camino.

En estos días, ese final se nos ha hecho presente no sólo en la reflexión, sino que se ha insinuado con inesperada cercanía en la vida cotidiana. Es la muerte. Hay que decirlo con todo lo que tiene de inquietante, de misterioso, de injusto, de doloroso; también de terrible. Uno contempla la propia muerte y la medita, y también la de sus seres queridos.

Lo que decimos aquí no quiere ser melancólico. Al contrario, quiere fortalecer los corazones, ya que la muerte, mirada con honestidad y percibida con toda su carga dramática, es algo que permite mejorar las preguntas acerca de la propia vida y la vida de todos. Es más, no sólo se trata de preguntas y reflexiones sino de un hecho real que le da un valor extraordinario a la existencia humana. La muerte nos hace ver de modo más nítido cuánto queremos la vida de los que amamos, y nos ayuda a palpar qué admirable es para uno mismo la vida recibida.

En la juventud nos hacemos muchas preguntas. El tiempo irá acercando algunas respuestas. Pero hay una especial entre todas, que no es la menor: la vida que uno haya vivido.

La muerte es el último trazo que completa la figura de una vida. Por eso, un moribundo es alguien digno del más alto respeto: está terminando de labrar su sentido, de saber quién es.

Sin duda, este último paso es sumamente difícil. Por eso se lo llama “agonía”, que es una palabra que originariamente significa “lucha”. Cuando la agonía se atraviesa de la mano de los seres queridos, el consuelo y el amor fortalecen para esa última pelea. Pero cuando ella se libra en la soledad todo se hace más árido, más extremo.

Hay algunos signos que van advirtiendo y preparando el final: la declinación de las fuerzas físicas, el debilitamiento de las facultades mentales, las enfermedades que hay que pasar y las secuelas que dejan… Se desdibuja la forma humana. Ahora, cuando todo esto es vivido lejos de los seres queridos, se suma, a todo este deterioro físico y mental, un hondo vacío espiritual, un sentimiento, sobre todo, de abandono, que ya no consiste sólo en la ausencia de los afectos, sino en la manifestación de algo más profundo y definitivo. Se ha llegado al límite.

¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Es el grito de Cristo en la Cruz cuando no puede percibir a su Padre. Es el grito que compendia todos los gritos y todos los abandonos. Sólo él pudo llegar, con toda la humanidad en su corazón, a confrontar con el mismo Dios la catástrofe de su Ausencia. No obstante, en su más absoluto abandono, también él pudo decir, abrazando a toda la humanidad: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Por eso, los cristianos, cuando llegamos al extremo, dirigimos nuestra mirada al Crucificado, a quien la Biblia describe así: Tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía humano. No tenía apariencia ni presencia, ni belleza que pudiéramos apreciar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores experimentado en quebrantos, como ante quien se da vuelta el rostro.

Jesús, en cuya resurrección se manifestará la belleza del destino de la forma humana, muestra ahora esa belleza de un modo misterioso: hasta ese extremo ha llegado el amor del Padre por nosotros.

Los cristianos besamos la cruz. No besamos la muerte, sino el amor con que Jesús muere. Es la gran paradoja de la herida: allí se siente el dolor, pero también el alivio y la cura. Sin herida no se siente nada, sólo hay impasibilidad. ¿Cómo es la belleza de una herida? Jesús quiso conservarlas en su cuerpo glorioso de Cristo resucitado. Por eso la fe en la resurrección jamás debe devaluar la dignidad del momento último del dolor. Los cristianos creemos en la belleza de la flor marchita.

¿Dios puede hacer que el dolor pase? Ciertamente. Recordemos los milagros. Pero no es el camino ordinario, que él ha dejado en manos de nuestra libertad. La principal respuesta del Dios cristiano al sufrimiento es ir a situarse en él. Cristo no se bajó de la cruz, como ningún hombre puede bajarse. Por eso, donde haya dolor y sufrimiento, donde haya una cruz, ahí está Dios antes que en ningún otro lugar. En la cruz es cuando uno es más hijo. Aquí, la dignidad humana del moribundo asciende a dignidad sagrada.

Es por esto por lo que hoy queremos decirles, a quienes asisten a los enfermos graves y solos, que están en una tarea única, muy bella y que nadie más puede hacer: amparar. Con todas las cautelas que se requieran y que estén indicadas, amparen. Hagan sentir al enfermo que hay una presencia, que no es tan absoluta su soledad. Toda persona, también en ese momento extremo, tiene necesidad de ser valorada, de ser reconocida, de ser amada.

Cuando se trate de enfermos cristianos, y los que los asisten también lo sean, sepan que pueden hacer ustedes muchas cosas: pueden bendecir al enfermo, pueden bendecir agua para que lo acompañe en su oración. Pueden hacer la señal de la cruz sobre el enfermo o el agua y pedir a Dios sus dones, la salud y su bendición. También lo pueden hacer sobre otros objetos: un rosario, una estampa… Sepan que están facultados para hacerlo, todo bautizado lo está. Pero en ningún momento lo hagan si no ven que es un deseo del enfermo. Tampoco hace falta abrumar con palabras. La presencia silenciosa es a veces una comunión mucho más íntima y profunda. (Todo esto, por supuesto, depende del estado del enfermo, del nivel de gravedad de su situación). Hagan uso de su imaginación. También los de otras confesiones religiosas sabrán cómo consolar con su fe. (Quizás, a veces, se pueda hacer llegar alguna noticia a los parientes o amigos, para quienes la situación también resulta muy dura; o de ellos al enfermo).

Cuando el enfermo o el que asiste no son creyentes, la presencia y el afecto valen tanto como en el otro caso. Y, siempre según el respeto a los procedimientos que cuidan la salud, quizás se le pueda acercar al paciente alguna foto de sus seres queridos, o de un lugar amado o significativo, o una música preferida por él.

Sabemos que muchos de ustedes ya hacen estas cosas; sólo queremos reanimarlos, avivar el impulso. No se nos escapa que la tarea es dura, sacrificada, que puede desgastar, insensibilizar, producir disgusto, enojo por cosas que no están bien… Si uno logra atravesar todas estas cosas y no perder de vista lo esencial, el amparo al enfermo, sentirá una alegría muy profunda que nadie le podrá quitar. Y la única manera de atravesar todos esos obstáculos es poniendo por delante el corazón, con toda su capacidad de amar, de hacer el bien.”

Fr. Roberto M. Cid